Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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sepultaron. Y Níobe,
cuando se hubo cansado de llorar, pensó en el alimento. Hállase actualmente en las rocas
de los montes yermos de Sípilo, donde, según dice, están las grutas de las ninfas que
bailan junto al Aqueloo, y aunque convertida en piedra, devora aún los dolores que las
deidades le causaron. Mas, ea, divino anciano, cuidemos también nosotros de comer, y
más tarde, cuando hayas transportado el hijo a Ilio, podrás hacer llanto sobre el mismo, y
será por ti muy llorado.
626 En diciendo esto, el veloz Aquiles levantóse y degolló una blanca oveja; sus
compañeros la desollaron y prepararon bien como era debido; la descuartizaron con arte,
y, cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los retiraron del fuego.
Automedonte repartió pan en hermosas cestas, y Aquiles distribuyó la carne. Ellos
alargaron la diestra a los manjares que tenían delante; y, cuando hubieron satisfecho el
deseo de comer y de beber, Príamo Dardánida admiró la estatura y el aspecto de Aquiles,
pues el héroe parecía un dios; y, a su vez, Aquiles admiró a Príamo Dardánida, con-
templando su noble rostro y escuchando sus palabras. Y, cuando se hubieron deleitado,
mirándose el uno al otro, el anciano Príamo, semejante a un dios, dijo el primero:
635 -Mándame ahora, sin tardanza, a la cama, oh alumno de Zeus, para que,
acostándonos, gocemos del dulce sueño. Mis ojos no se han cerrado desde que mi hijo
murió a tus manos, pues continuamente gimo y devoro innumerables congojas,
revolcándome por el estiércol en el recinto del patio. Ahora he probado la comida y
rociado con el negro vino la garganta, pues desde entonces nada había probado.
643 Dijo. Aquiles mandó a sus compañeros y a las esclavas que pusieran camas debajo
del pórtico, las proveyesen de hermosos cobertores de púrpura, extendiesen sobre ellos
tapetes y dejasen encima afelpadas túnicas para abrigarse. Las esclavas salieron de la
tienda llevando antorchas en sus manos, y aderezaron diligentemente dos lechos. Y
Aquiles, el de los pies ligeros, chanceándose, dijo a Príamo:
650 -Acuéstate fuera de la tienda, anciano querido; no sea que alguno de los caudillos
aqueos venga, como suelen, a consultarme sobre sus proyectos; si alguno de ellos lo viera
durante la veloz y obscura noche, podría decirlo en seguida a Agamenón, pastor de
pueblos, y quizás se diferina la entrega del cadáver. Mas, ea, habla y dime con sinceridad
durante cuántos días quieres hacer honras al divino Héctor, para, mientras tanto,
permanecer yo mismo quieto y contener el ejército. 659 Respondióle en seguida el anciano Príamo, semejante a un dios:
660 -Si quieres que yo pueda celebrar los funerales del divino Héctor, haciendo lo que
voy a decirte, oh Aquiles, me dejarías complacido. Ya sabes que vivimos encerrados en
la ciudad; y la leña hay que traerla de lejos, del monte, y los troyanos tienen mucho
miedo. Durante nueve días to lloraremos en el palacio, el décimo to sepultaremos y el
pueblo celebrará el banquete fúnebre, el undécimo le erigiremos un túmulo y el
duodécimo volveremos a pelear, si necesario fuere.
668 Contestóle el divino Aquiles, el de los pies ligeros:
669 -Se hará como dispones, anciano Príamo, y suspenderé la guerra tanto tiempo como
me pides.
671 Así, pues, diciendo, estrechó por el puño la diestra del anciano para que no sintiera
en su alma temor alguno. El heraldo y Príamo, prudentes ambos, se acostaron, a11í en el
vestíbulo de la mansión. Aquiles durmió en el interior de la tienda, sólidamente
construida, y a su lado descansó Briseide, la de hermosas mejillas.
677 Las demás deidades y los hombres que combaten en carros durmieron toda la
noche, vencidos del dulce sueño; pero éste no se apoderó del benéfico Hermes, que
meditaba cómo sacaría del recinto de las naves al rey Príamo sin que lo advirtiesen los
sagrados guardianes de las puertas. E, inclinándose sobre la cabeza del rey, así le dijo:
683 -¡Oh anciano! No te inquieta el peligro cuando duermes así, en medio de los
enemigos, después que Aquiles te ha respetado. Acabas de rescatar a tu hijo, dando
muchos presentes; pero los otros hijos que a11á se quedaron tendrían que dar tres veces
más para redimirte vivo, si llegaran a descubrirte Agamenón Atrida y los aqueos todos.
689 Así dijo. El anciano sintió temor y despertó al heraldo. Hermes unció caballos y


 

 
 

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