Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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la divinidad le
impuso un mal: que no tuviese hijos que reinaran luego en el palacio. Tan sólo engendró
uno, a mí, cuya vida ha de ser breve; y no le cuido en su vejez, porque permanezco en
Troya, muy lejos de la patria, para contristarte a ti y a tus hijos. Y dicen que también tú,
oh anciano, fuiste dichoso en otro tiempo; y que en el espacio que comprende Lesbos,
donde reinó Mácar, y más arriba la Frigia hasta el Helesponto inmenso, descollabas entre
todos por tu riqueza y por to prole. Mas, desde que los dioses celestiales to trajeron esta
plaga, sucédense alrededor de la ciudad las batallas y las matanzas de hombres. Súfrelo
resignado y no dejes que de to corazón se apodere incesante pesar, pues nada conseguirás
afligiéndote por to hijo, ni lograrás que se levante, antes tendrás que padecer un nuevo
mal.
552 Respondió en seguida el anciano Príamo, semejante a un dios:
553 -No me hagas sentar en esta silla, alumno de Zeus, mientras Héctor yace insepulto
en la tienda. Entrégamelo cuanto antes para que lo contemple con mis ojos, y tú recibe el
cuantioso rescate que te traemos. Ojalá puedas disfrutar de él y volver al patrio suelo, ya
que ahora me has dejado vivir y ver la luz del sol.
559 Mirándole con torva faz, le dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
56o -¡No me irrites más, oh anciano! Tengo acordado entregarte a Héctor, pues para
ello Zeus me envió como mensajera la madre que me dio a luz, la hija del anciano del
mar. Comprendo también, oh Príamo, y no se me oculta, que un dios te trajo a las veleras
naves de los aqueos; porque ningún mortal, aunque estuviese en la flor de la juventud, se
atrevería a venir al ejército, ni entraría sin ser visto por los centinelas, ni desatrancana con
facilidad nuestras puertas. Absténte, pues, de exacerbar los dolores de mi corazón; no sea
que a ti, oh anciano, no to respete en mi tienda, aunque siendo mi suplicante, y viole las
órdenes de Zeus.
571 Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. El Pelida, saltando como
un león, salió de la tienda, y no se fue solo, pues le siguieron dos de sus servidores: el
héroe Automedonte y Álcimo, que eran los compañeros a quienes más apreciaba desde
que había muerto Patroclo. En seguida desengancharon caballos y mulas, introdujeron el
heraldo, vocero del anciano, haciéndole sentar en una silla, y quitaron del lustroso carro
los inmensos rescates de la cabeza de Héctor. Tan sólo dejaron dos mantos y una túnica
bien tejida, para envolver el cadáver antes que lo entregara para que lo llevasen a casa.
Aquiles llamó entonces a las esclavas y les mandó que lo lavaran y ungieran,
trasladándolo a otra parte para que Príamo no viese a su hijo; no fuera que, afligiéndose
al verlo, no pudiese reprimir la cólera en su pecho a irritase el corazón de Aquiles, y éste
lo matara, quebrantando las órdenes de Zeus. Lavado ya y ungido con aceite, las esclavas
lo cubrieron con la túnica y el hermoso palio, después el mismo Aquiles lo levantó y colocó en un lecho, y por fin los compañeros lo subieron al lustroso carro. Y el héroe
suspiró y dijo, nombrando a su amigo:
592 -No te enojes conmigo, oh Patroclo, si en el Hades te enteras de que he entregado
el divino Héctor a su padre; pues me ha traído un rescate digno, y de él te dedicaré la
debida parte.
596 Habló así el divino Aquiles y volvió a la tienda. Sentóse en la silla, labrada con
mucho arte, de que antes se había levantado y que se hallaba adosada al muro, y en
seguida dirigió a Príamo estas palabras:
599 -Tu hijo, oh anciano, rescatado está, como pedías: yace en un lecho, y al despuntar
la aurora podrás verlo y llevártelo. Ahora pensemos en cenar, pues hasta Níobe, la de
hermosas trenzas, se acordó de tomar alimento cuando en el palacio murieron sus dos
vástagos: seis hijas y seis hijos florecientes. A éstos Apolo, airado contra Níobe, los mató
disparando el arco de plata; a aquéllas dioles muerte Ártemis, que se complace en tirar
flechas; porque la madre osaba compararse con Leto, la de hermosas mejillas, y decía que
ésta sólo había dado a luz dos hijos, y ella había tenido muchos; y los de la diosa, no
siendo más que dos, acabaron con todos los de Níobe. Nueve días permanecieron
tendidos en su sangre, y no hubo quien los enterrara porque el Cronión a la gente la había
vuelto de piedra; pero, al llegar el décimo, los dioses celestiales los


 

 
 

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