para el Pelida, el de los pies ligeros. Y apeándose del carro, dijo a
Príamo:
460 -¡Oh anciano! Yo soy un dios inmortal, soy Hermes; y mi padre me envió
para que
fuese tu guía. Me vuelvo antes de llegar a la presencia de Aquiles, pues
sería indecoroso
que un dios inmortal se tomara públicamente tanto interés por
los mortales. Entra tú,
abraza las rodillas del Pelida y suplícale por su padre, por su madre
de hermosa cabellera
y por su hijo, para que conmuevas su corazón.
468 Cuando esto hubo dicho, Hermes se encaminó al vasto Olimpo. Príamo
saltó del
carro a tierra, dejó a Ideo con el fin de que cuidase de los caballos
y mulas, y fue derecho
a la tienda en que moraba Aquiles, caro a Zeus. Hallóle dentro y sus
amigos estaban
sentados aparte; sólo dos de ellos, el héroe Automedonte y Álcimo,
vástago de Ares, le
servían, pues acababa de cenar; y, si bien ya no comía ni bebía,
aun la mesa continuaba
puesta. El gran Príamo entró sin ser visto, acercóse a
Aquiles, abrazóle las rodillas y besó
aquellas manos terribles, homicidas, que habían dado muerte a tantos
hijos suyos. Como
quedan atónitos los que, hallándose en la casa de un rico, ven
llegar a un hombre que,
poseído de la cruel Ofuscación, mató en su patria a otro
varón y ha emigrado a país
extraño, de igual manera asombróse Aquiles de ver al deiforme
Príamo; y los demás se
sorprendieron también y se miraron unos a otros. Y Príamo suplicó
a Aquiles,
dirigiéndole estas palabras:
486 Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene
la misma edad
que yo y ha llegado al funesto umbral de la vejez. Quizá los vecinos
circunstantes le
oprimen y no hay quien te salve del infortunio y de la ruina; pero al menos
aquél,
sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día
en día que ha de ver a su
hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré
hijos excelentes
en la espaciosa Troya, puedo decir que de ellos ninguno me queda. Cincuenta
tenía
cuando vinieron los aqueos: diez y nueve procedían de un solo vientre;
a los restantes
diferentes mujeres los dieron a luz en el palacio. A los más el furibundo
Ares les quebró
las rodillas; y el que era único para mí, pues defendía
la ciudad y sus habitantes, a ése tú
to mataste poco ha, mientras combatía por la patria, a Héctor,
por quien vengo ahora a las
naves de los aqueos, a fin de redimirlo de ti, y traigo un inmenso rescate.
Pero, respeta a
los dioses, Aquiles, y apiádate de mí, acordándote de to
padre; que yo soy todavía más
digno de piedad, puesto que me atreví a lo que ningún otro mortal
de la tierra: a llevar a
mi boca la mano del hombre matador de mis hijos.
507 Así habló. A Aquiles le vino deseo de llorar por su padre;
y, asiendo de la mano a
Príamo, apartóle suavemente. Entregados uno y otro a los recuerdos,
Príamo, caído a los
pies de Aquiles, lloraba copiosamente por Héctor, matador de hombres;
y Aquiles lloraba
unas veces a su padre y otras a Patroclo; y el gemir de entrambos se alzaba
en la tienda.
Mas así que el divino Aquiles se hartó de llanto y el deseo de
sollozar cesó en su alma y
en sus miembros, alzóse de la silla, tomó por la mano al viejo
para que se levantara, y,
mirando compasivo su blanca cabeza y su blanca barba, díjole estas aladas
palabras:
518 -¡Ah, infeliz! Muchos son los infortunios que tu ánimo ha
soportado. ¿Cómo osaste
venir solo a las naves de los aqueos, a los ojos del hombre que te mató
tantos y tan
valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Mas, ea, toma asiento en
esta silla; y, aunque
los dos estamos afligidos, dejemos reposar en el alma las penas, pues el triste
llanto para
nada aprovecha. Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir
en la tristeza, y sólo
ellos están descuitados. En los umbrales del palacio de Zeus hay dos
toneles de dones que
el dios reparte: en el uno están los males y en el otro los bienes. Aquél
a quien Zeus, que
se complace en lanzar rayos, se los da mezclados, unas veces topa con la desdicha
y otras
con la buena ventura; pero el que tan sólo recibe penas vive con afrenta,
una gran hambre
le persigue sobre la divina tierra y va de un lado para otro sin ser honrado
ni por los
dioses ni por los hombres. Así las deidades hicieron a Peleo claros dones
desde su
nacimiento: aventajaba a los demás hombres en felicidad y riqueza, reinaba
sobre los
mirmidones, y, siendo mortal, le dieron por mujer una diosa. Pero también
