tienes cuerpo y aspecto dignos de admiración y espíritu prudente,
y naciste de padres
felices.
378 Díjole a su vez el mensajero Argicida:
379 -Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero, ea, habla
y dime con
sinceridad: ¿mandas a gente extraña tantas y tan preciosas riquezas
a fin de ponerlas en
cobro; o ya todos abandonáis, amedrentados, la sagrada Ilio, por haber
muerto el varón
más fuerte, to hijo, que a ninguno de los aqueos cedía en el combate?
386 Contestóle el anciano Príamo, semejante a un dios:
387 -¿Quién eres, hombre excelente, y cuáles los padres
de que naciste, que con tanta
oportunidad has mencionado la muerte de mi hijo infeliz?
389 Replicó el mensajero Argicida:
390 -Me quieres probar, oh anciano, y por eso me hablas del divino Héctor.
Muchas
veces le vieron estos ojos en la batalla, donde los varones se hacen ilustres,
y también
cuando llegó a las naves matando argivos, a quienes hería con
el agudo bronce. Nosotros
le admirábamos sin movernos, porque Aquiles estaba irritado contra el
Atrida y no nos
dejaba pelear. Pues yo soy servidor de Aquiles, con quien vine en la misma nave
bien
construida; desciendo de mirmidones y tengo por padre a Políctor, que
es rico y anciano
como tú. Soy el más joven de sus siete hijos y, como lo decidiéramos
por suerte, tocóme
a mí acompañar al héroe. Y ahora he venido de las naves
a la llanura, porque mañana los
aqueos, de ojos vivos, presentarán batalla en los contornos de la ciudad:
se aburren de
estar ociosos, y los reyes aqueos no pueden contener su impaciencia por entrar
en
combate.
405 Respondióle el anciano Príamo, semejante a un dios:
406 -Si eres servidor del Pelida Aquiles, ea, dime toda la verdad: ¿mi
hijo yace aún
cerca de las naves, o Aquiles lo ha desmembrado y entregado a sus perros?
410 Contestóle el mensajero Argicida:
411 -¡Oh anciano! Ni los perros ni las aves lo han devorado, y todavía
yace junto a la
nave de Aquiles, dentro de la tienda. Doce días lleva de estar tendido,
y ni el cuerpo se
pudre, ni lo comen los gusanos que devoran a los hombres muertos en la guerra.
Cuando
apunta la divinal aurora, Aquiles lo arrastra sin piedad alrededor del túmulo
de su compa-
ñero querido; pero ni aun así lo desfigura, y tú mismo,
si a él te acercaras, lo admirarías
de ver cuán fresco está: la sangre le ha sido lavada, no presenta
mancha alguna, y cuantas
heridas recibió -pues fueron muchos los que le envasaron el bronce- todas
se han cerrado.
De tal modo los bienaventurados dioses cuidan de to buen hijo, aun después
de muerto,
porque era muy caro a su corazón.
424 Así habló. Alegróse el anciano, y respondió
diciendo:
425 -¡Oh hijo! Bueno es ofrecer a los inmortales los debidos dones. jamás
mi hijo, si no
ha sido un sueño que haya existido, olvidó en el palacio a los
dioses que moran en el
Olimpo, y por esto se acordaron de él en el fatal trance de la muerte.
Mas, ea, recibe de
mis manos esta linda copa, para que la guardes, y guíame con el favor
de los dioses hasta
que llegue a la tienda del Pelida.
432 Díjole a su vez el mensajero Argicida:
433 -Quieres tentarme, anciano, porque soy más joven; pero no me persuadirás
con tus
ruegos a que acepte el regalo sin saberlo Aquiles. Le temo y me da mucho miedo
de-
fraudarle: no fuera que después se me siguiese algún daño.
Pero te acompañaría
cuidadosamente en una velera nave o a pie, aunque fuera hasta la famosa Argos,
y nadie
osaría acometerte, despreciando al guía.
440 Dijo; y, subiendo el benéfico Hermes al carro, recogió al
instante el látigo y las
riendas a infundió gran vigor a los corceles y mulas. Cuando llegaron
al foso y a las
torres que protegían las naves, los centinelas comenzaban a preparar
la cena, y el
mensajero Argicida los adormeció a todos; en seguida abrió la
puerta, descorriendo los
cerrojos, a introdujo a Príamo y el carro que llevaba los espléndidos
regalos. Llegaron,
por fin, a la elevada tienda que los mirmidones habían construido para
el rey con troncos
de abeto, cubriéndola con un techo inclinado de frondosas cañas
que cortaron en la
pradera; rodeábala una gran cerca de muchas estacas y tenía la
puerta asegurada por una
barra de abeto que quitaban o ponían tres aqueos juntos, y sólo
Aquiles la descorna sin
ayuda. Entonces el benéfico Hermes abrió la puerta a introdujo
al anciano y los presentes
