141 De este modo, dentro del recinto de las naves, pasaban de madre a hijo muchas
aladas palabras. Y en tanto, el Cronida envió a Iris a la sagrada Ilio:
144 -¡Anda, ve, rápida Iris! Deja to asiento del Olimpo, entra
en Ilio y di al magnánimo
Príamo que se encamine a las naves de los aqueos y rescate al hijo, Ilevando
a Aquiles
Bones que aplaquen su enojo. Vaya solo, sin que ningún troyano se le
junte, y
acompáñele un heraldo más viejo que él, para que
guíe los mulos y el carro de hermosas
ruedas y conduzca luego a la población el cadáver de aquél
a quien mató el divino
Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe su ánimo,
pues le daremos
por guía el Argicida, el cual le llevará hasta muy cerca de Aquiles.
Y cuando haya
entrado en la tienda del héroe, éste no to matará, a impedirá
que los demás to hagan. Pues
Aquiles no es insensato, ni temerario ni perverso, y tendrá buen cuidado
de respetar a un
suplicante.
159 Así dijo. Levantóse Iris, la de pies rápidos como el
huracán, para llevar el mensaje;
y, en llegando al palacio de Príamo, oyó llantos y alaridos. Los
hijos, sentados en el patio
alrededor del padre, bañaban sus vestidos con lágrimas, y el anciano
aparecía en medio,
envuelto en un manto muy ceñido, y tenía en la cabeza y en el
cuello abundante estiércol
que al revolcarse por el suelo había recogido con sus manos. Las hijas
y nueras se
lamentaban en el palacio, recordando los muchos varones esforzados que yacían
en la
llanura por haber dejado la vida en manos de los argivos. Detúvose la
mensajera de Zeus
cerca de Príamo, y hablándole quedo, mientras al anciano un temblor
le ocupaba los
miembros, así le dijo:
171 -Cobra ánimo, Príamo Dardánida, y no te espantes; que
no vengo a presagiarte
males, sino a participarte cosas buenas: soy mensajera de Zeus, que, aun estando
lejos, se
interesa mucho por ti y te compadece. El Olímpico te manda rescatar al
divino Héctor,
llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ve solo, sin que ningún
troyano se te
junte, acompañado de un heraldo más viejo que tú, para
que guíe los mulos y el carro de
hermosas ruedas, y conduzca luego a la población el cadáver de
aquél a quien mató el
divino Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe to ánimo,
pues
tendrás por guía el Argicida, el cual te llevará hasta
muy cerca de Aquiles. Y cuando
hayas entrado en la tienda del héroe, éste no te matará
a impedirá que los demás lo hagan.
Pues Aquiles no es insensato, ni temerario, ni perverso, y tendrá buen
cuidado de respetar
a un suplicante.
188 Cuando esto hubo dicho, fuese Iris, la de los pies ligeros. Príamo
mandó a sus hijos
que prepararan un carro de mulas, de hermosas ruedas, pusieran encima un arca
y la su-
jetaran con sogas. Bajó después al perfumado tálamo, que
era de cedro, tenía elevado
techo y guardaba muchas preciosidades; y, llamando a su esposa Hécuba,
hablóle en
estos términos:
194 -¡Oh infeliz! La mensajera del Olimpo ha venido, por orden de Zeus,
a encargarme
que vaya a las naves de los aqueos y rescate al hijo, llevando a Aquiles dones
que apla-
quen su enojo. Ea, dime: ¿qué piensas acerca de esto? Pues mi
mente y mi corazón me
instigan vivamente a ir a11á, a las naves, al campamento vasto de los
aqueos.
200 Así dijo. La mujer prorrumpió en sollozos y respondió
diciendo:
201 -¡Ay de mí! ¿Qué es de la prudencia que antes
to hizo célebre entre los extranjeros
y entre aquéllos sobre los cuales reinas? ¿Cómo quieres
ir solo a las naves de los aqueos
y presentarte ante los ojos del hombre que te mató tantos y tan valientes
hijos? De hierro
tienes el corazón. Si ese guerrero cruel y pérfido llega a verte
con sus propios ojos y te
coge, ni se apiadará de ti, ni te respetará en lo más mínimo.
Lloremos a Héctor desde
lejos, sentados en el palacio; ya que, cuando le di a luz, el hado poderoso
hiló de esta
suerte el estambre de su vida: que habría de saciar con su carne a los
veloces perros, lejos
de sus padres y junto al hombre violento cuyo hígado ojalá pudiera
yo comer hincándole
los dientes. Entonces quedarían vengados los insultos que ha hecho a
mi hijo; que éste,
cuando aquél to mató, no se portaba cobardemente, sino que a pie
firme defendía a los
troyanos y a las troyanas de profundo seno, no pensando ni en huir ni en evitar
el
