Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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siempre pérfido!
64 Replicó Zeus, el que amontona las nubes:
63 -¡Hera! No te irrites tanto contra las deidades. No será el mismo el aprecio en que
los tengamos; pero Héctor era para los dioses, y también para mí, el más querido de
cuantos mortales viven en Ilio, porque nunca se olvidó de dedicamos agradables
ofrendas, jamás mi altar careció ni de libaciones ni de víctimas, que tales son los honores
que se nos deben. Desechemos la idea de robar el cuerpo del audaz Héctor: es imposible
que se haga a hurto de Aquiles, porque siempre, de noche y de día, le acompaña su
madre. Mas, si alguno de los dioses llamase a Tetis para que se me acercara, yo le diría a
ésta lo que fuere oportuno para que Aquiles, recibiendo los dones de Príamo, restituyera
el cadáver.
77 Así se expresó. Levantóse Iris, de pies rápidos como el huracán, para llevar el
mensaje; saltó al negro ponto entre Samos y la escarpada Imbros, y resonó el estrecho. La
diosa se lanzó a lo prófundo, como desciende el plomo asido al cuerno de un buey
montaraz que lleva la muerte a los voraces peces. En la profunda gruta halló a Tetis y a
otras muchas diosas marinas que la rodeaban: la ninfa lloraba, en medio de ellas, la suerte
de su hijo irreprensible, que había de perecer en la fértil Troya, lejos de la patria. Y,
acercándosele Iris, la de los pies ligeros, así le dijo:
88 -Ven, Tetis, pues to llama Zeus, el conocedor de los eternales decretos.
89 Respondióle la diosa Tetis, de argénteos pies:
90 -¿Por qué aquel gran dios me ordena que vaya? Me da vergüenza juntarme con los
inmortales, pues son muchas las penas que conturban mi corazón. Esto no obstante, iré
para que sus palabras no resulten vanas y sin efecto. 93 En diciendo esto, la divina entre las diosas tomó un velo tan obscuro que no había
otro que fuese más negro. Púsose en camino, precedida por la veloz Iris, de pies rápidos
como el viento, y las olas del mar se abrían al paso de ambas deidades. Salieron éstas a la
playa, ascendieron al cielo y hallaron al largovidente Cronida con los demás felices
sempiternos dioses congregados en torno suyo. Sentóse Tetis al lado de Zeus, porque
Atenea le cedió el sitio, y Hera púsole en la mano una copa de oro y la consoló con
palabras. Tetis devolvió la copa después de haber bebido. Y el padre de los hombres y de
los dioses comenzó a hablar de esta manera:
104 -Vienes al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con el ánimo agobiado por vehemente
pesar. Lo sé. Pero, aun así y todo, voy a decirte por qué to he llamado. Hace nueve días
qúe se suscitó entre los inmortales una contienda acerca del cadáver de Héctor, y de
Aquiles, asolador de ciudades, a instigaban al vigilante Argicida a que hurtase el muerto,
pero yo prefiero dar a Aquiles la gloria de devolverlo, y conservar así tu respeto y
amistad. Ve en seguida al ejército y amonesta a tu hijo. Dile que los dioses están muy
irritados contra él y yo más indignado que ninguno de los inmortales, porque enfurecién-
dose retiene a Héctor en las corvas naves y no permite que to rediman; por si,
temiéndome, consiente que el cadáver sea rescatado. Y enviaré la diosa Iris al
magnánimo Príamo para que vaya a las naves de los aqueos y redima a su hijo, llevando a
Aquiles dones que aplaquen su enojo.
120 Así se expresó; y Tetis, la diosa de argénteos pies no fue desobediente. Bajando en
raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, llegó a la tienda de su hijo: éste gemía sin cesar,
y sus compañeros se ocupaban diligentemente en preparar la comida, habiendo inmolado
dentro de la tienda una grande y lanuda oveja. La veneranda madre se sentó muy cerca
del héroe, le acarició con la mano y hablóle en estos términos.
128 -¡Hijo mío! ¿Hasta cuándo dejarás que el llanto y la tristeza roan tu corazón, sin
acordarte ni de la comida ni de la cama? Bueno es que goces del amor con una mujer,
pues ya no has de vivir mucho tiempo; la muerte y el hado cruel se te avecinan. Y ahora
préstame atención, pues vengo como mensajera de Zeus. Dice que los dioses están muy
irritados contra ti, y él más indignado que ninguno de los inmortales, porque
enfureciéndote retienes a Héctor en las corvas naves y no permites que lo rediman. Ea,
entrega el cadáver y acepta su rescate.
138 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
139 -Sea así. Quien traiga el rescate se lleve el muerto, ya que con ánimo benévolo el
mismo Olímpico lo ha dispuesto.


 

 
 

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