Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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combate.
217 Contestó el anciano Príamo, semejante a un dios:
218 -No te opongas a mi resolución, ni me seas ave de mal agüero en el palacio. No me
persuadirás. Si me diese la orden uno de los que viven en la tierra, aunque fuera adivino,
arúspice o sacerdote, la creeríamos falsa y desconfiaríamos aún más; pero ahora, como yo
mismo he oído a la diosa y la he visto delante de mí, iré y no serán ineficaces sus pa-
labras. Y si mi destino es morir en las naves de los aqueos, de broncíneas corazas, to
acepto: máteme Aquiles tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo de llorarle.
228 Dijo, y, levantando las hermosas tapas de las arcas, cogió doce magníficos peplos,
doce mantos sencillos, doce tapetes, doce palios blancos, y otras tantas túnicas. Pesó
luego diez talentos de oro. Y, por fin, sacó dos trípodes relucientes, cuatro calderas y una magnífica copa que los tracios le dieron cuando fue, como embajador, a su país, y era un
soberbio regalo; pues el anciano no quiso dejarla en el palacio a causa del vehemente
deseo que tenía de rescatar a su hijo. Y volviendo al pórtico, echó afuera a los troyanos,
increpándolos con injuriosas palabras:
239 -¡Idos ya, hombres infames y vituperables! ¿Por ventura no hay llanto en vuestra
casa, que venías a afligirme? ¿O creéis que son pocos los pesares que Zeus Cronida me
envía, con hacerme perder un hijo valiente? También los probaréis vosotros. Muerto él,
será mucho más fácil que los argivos os maten. Pero antes que con estos ojos vea la
ciudad tomada y destruida, descienda yo a la mansión de Hades.
247 Dijo, y con el cetro echó a los hombres. Éstos salieron apremiados por el anciano.
Y en seguida Príamo reprendió a sus hijos Héleno, Paris, Agatón divino, Pamón,
Antífono, Polites valiente en la pelea, Deífobo, Hipótoo y el conspicuo Dío; a los nueve
los increpó y les dio órdenes, diciendo:
253 -¡Daos prisa, malos hijos, ruines! Ojalá que en lugar de Héctor hubieseis muerto
todos en las veleras naves. ¡Ay de mí, desventurado, que engendré hijos valentísimos en
la vasta Troya, y ya puedo decir que ninguno me queda! Al divino Méstor, a Troilo, que
combatía en carro, y a Héctor, que era un dios entre los hombres y no parecía hijo de un
mortal, sino de una divinidad, Ares les dio muerte; y restan los que son indignos,
embusteros, danzarines, señalados únicamente en los coros y hábiles en robar al pueblo
corderos y cabritos. Pero ¿no me prepararéis al instante el carro, poniendo en él todas
estas cosas, para que emprendamos el camino?
263 Así dijo. Ellos, temiendo la reconvención del padre, sacaron un carro de mulas, de
hermosas ruedas, magnífico, recién construido; pusieron encima el arca, que ataron bien;
descolgaron del clavo el corvo yugo de madera de boj, provisto de anillos, y tomaron una
correa de nueve codos que servía para atarlo. Colgaron después el yugo sobre la parte
anterior de la lanza, metieron el anillo en su clavija, y sujetaron a aquél, atándolo con la
correa, a la cual hicieron dar tres vueltas a cada lado y cuyos extremos reunieron en un
nudo. Luego fueron sacando de la cámara y acomodando en el pulimentado carro los
innumerables dones para el rescate de Héctor; uncieron las mulas de tiro, de fuertes
cascos, que en otro tiempo habían regalado los misios a Príamo como espléndido
presente, y acercaron al yugo dos corceles, a los cuales el anciano en persona daba de
comer en pulimentado pesebre.
281 Mientras el heraldo y Príamo, prudentes ambos, uncían los caballos en el alto
palacio, acercóseles Hécuba, con ánimo abatido, llevando en su diestra una copa de oro,
llena de dulce vino, para que hicieran la libación antes de partir; y, deteniéndose delante
del carro, dijo a Príamo:
287 Toma, haz la libación al padre Zeus y suplícale que puedas volver del campamento
de los enemigos a to casa; ya que tu ánimo lo incita a ir a las naves contra mi deseo. Rue-
ga, pues, al Cronión Ideo, el dios de las sombrías nubes que desde lo alto contempla a
Troya entera, y pídele que haga aparecer a tu derecha su veloz mensajera, el ave que le es
más querida y cuya fuerza es inmensa, para que, en viéndola con tus propios ojos, vayas,
alentado por el agüero, a las naves de los dánaos, de rápidos corceles. Y si el largovidente
Zeus no te enviase su mensajera, yo no te aconsejaría que fueras a las naves de los
argivos por mucho que lo desees.


 

 
 

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