Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



las restantes
armas y les daremos un espléndido banquete en nuestra tienda.
811 Así dijo. Levantóse en seguida el gran Ayante Telamonio y luego el fuerte
Diomedes Tidida. Tan pronto como se hubieron armado, separadamente de la
muchedumbre, fueron a encontrarse en medio del circo, deseosos de combatir y
mirándose con torva faz; y todos los aqueos se quedaron atónitos. Cuando se hallaron
frente a frente, tres veces se acometieron y tres veces procuraron herirse de cerca. Ayante
dio un bote en el escudo liso del adversario, peor no pudo llegar a su cuerpo, porque la
coraza to impidió. El Tidida intentaba alcanzar con la punta de la luciente lanza el cuello
de aquél, por cima del gran escudo. Y los aqueos, temiendo por Ayante, mandaron que
cesara la lucha y ambos contendientes se llevaran igual premio; pero el héroe dio al
Tidida la gran espada, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor.
826 Luego el Pelida sacó la bola de hierro sin bruñir que en otro tiempo lanzaba el
forzudo Eetión: el divino Aquiles, el de los pies ligeros, mató a este príncipe y se llevó en
las naves la bola con otras riquezas. Y, puesto en pie, dijo a los argivos:
831 -¡Levantaos los que hayáis de entrar en esta lucha! La presente bola procurará al
que venciere cuanto hierro necesite durante cinco años, aunque sean muy extensos sus
fértiles campos; y sus pastores y labradores no tendrán que ir por hierro a la ciudad.
836 Así habló. Levantóse en seguida el intrépido Polipetes; después, el vigoroso
Leonteo, igual a un dios; luego, Ayante Telamoníada, y, por fin, el divino Epeo.
Pusiéronse en fila, y el divino Epeo cogió la bola y la arrojó, después de voltearla, y todos
los aqueos se rieron. La tiró el segundo, Leonteo, vástago de Ares. El gran Ayante
Telamonio la despidió también, con su robusta mano, y logró pasar las señales de los
anteriores tiros. Tomóla entonces el intrépido Polipetes y cuanta es la distancia a que
llega el cayado cuando to lanza el pastor y voltea por cima de la vacada, tanto pasó la
bola el espacio del circo; aplaudieron los aqueos, y los amigos del esforzado Polipetes,
levantándose, llevaron a las cóncavas naves el premio que su rey había ganado.
850 Luego sacó Aquiles azulado hierro para los arqueros, colocando en el circo diez
hachas grandes y otras diez pequeñas. Clavó en la arena, a lo lejos, un mástil de navío
después de atar en su punta, por el pie y con delgado cordel, una tímida paloma; a
invitóles a tirarle saetas, diciendo:
855 -El que hiera a la tímida paloma llévese a su casa Codas las hachas grandes; el que
acierte a dar en la cuerda sin tocar al ave, como más inferior, tomará las hachas pequeñas.
859 Así dijo. Levantóse en seguida el robusto caudillo Teucro y luego Meriones,
esforzado escudero de Idomeneo. Echaron dos suertes en un casco de bronce, y,
agitándolas, salió primero la de Teucro. Éste arrojó al momento y con vigor una flecha, sin ofrecer a Apolo una hecatombe perfecta de corderos primogénitos; y, si bien no tocó
al ave -negóselo Apolo-, la amarga saeta rompió el cordel muy cerca de la pata por la
cual se había atado a la paloma: ésta voló al cielo, el cordel quedó colgando y los aqueos
aplaudieron. Meriones arrebató apresuradamente el arco de las manos de Teucro, acercó a
la cuerda la flecha que de antemano tenía preparada, votó a Apolo sacrificarle una
hecatombe de corderos primogénitos; y, viendo a la tímida paloma que daba vueltas a11á
en lo alto del aire, cerca de las nubes, disparó y le atravesó una de las alas. La flecha vino
al suelo, a los pies de Meriones; y el ave, posándose en el mástil del navío de negra proa,
inclinó el cuello y abatió las tupidas alas, la vida huyó veloz de sus miembros y aquélla
cayó del mástil a lo lejos. La gente lo contemplaba con admiración y asombro. Meriones
tomó, por tanto, todas las diez hachas grandes, y Teucro se llevó a las cóncavas naves las
pequeñas.
884 Luego el Pelida sacó y colocó en el circo una larga pica y una caldera no puesta
aún al fuego, que era del valor de un buey y estaba decorada con flores. Dos hombres
diestros en arrojar la lanza se levantaron: el poderoso Agamenón Atrida y Meriones,
escudero esforzado de Idomeneo. Y el divino Aquiles, el de los pies ligeros, les dijo:
890 -¡Atrida! Pues sabemos cuánto aventajas a todos y que así en la fuerza como en
arrojar la lanza eres el más señalado, toma este premio y vuelve a las cóncavas naves. Y


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission