Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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luchado por
tercera vez, si Aquiles, poniéndose en pie, no los hubiese detenido:
735 -No luchéis ya, ni os hagáis más daño. La victoria quedó por ambos. Recibid igual
premio y retiraos para que entren en los juegos otros aqueos.
738 Así dijo. Ellos le escucharon y obedecieron; pues en seguida, después de haberse
limpiado el polvo, vistieron la túnica.
740 El Pelida sacó otros premios para la velocidad en la carrera. Expuso primero una
cratera de plata labrada, que tenía seis medidas de capacidad y superaba en hermosura a
todas las de la tierra. Los sidonios, eximios artífices, la fabricaron primorosa; los fenicios,
después de llevarla por el sombrío ponto de puerto en puerto, se la regalaron a Toante;
más tarde, Euneo Jasónida la dio al héroe Patroclo para rescatar a Licaón, hijo de Príamo;
y entonces Aquiles la ofreció como premio, en honor del difunto amigo, al que fuese más
veloz en correr con los pies ligeros. Para el que llegase el segundo señaló un buey
corpulento y pingüe, y para el último, medio talento de oro. Y estando en pie, dijo a los
argivos:
753 -Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lucha.
754 Así habló. Levantóse al instante el veloz Ayante de 0ileo, después el ingenioso
Ulises, y por fin Antíloco, hijo de Néstor, que en la carrera vencía a todos los jóvenes.
Pusiéronse en fila y Aquiles les indicó la meta. Empezaron a correr desde el sitio
señalado, y el Oilíada se adelantó a los demás, aunque el divino Ulises le seguía de cerca.
Cuanto dista del pecho el huso que una mujer de hermosa cintura revuelve en su mano,
mientras devana el hilo de la trama, y tiene constantemente junto al seno, tan inmediato a
Ayante corría el divinal Ulises: pisaba las huellas de aquél antes de que el polvo cayera
en torno de las mismas y le echaba el aliento a la cabeza, corriendo siempre con suma
rapidez. Todos los aqueos aplaudían los esfuerzos que realizaba Ulises por el deseo de
alcanzar la victoria, y le animaban con sus voces. Mas cuando les faltaba poco para
terminar la carrera, Ulises oró en su corazón a Atenea, la de ojos de lechuza:
770 -Óyeme, diosa, y ven a socorrerme propicia, dando a mis pies más ligereza.
771 Así dijo rogando. Palas Atenea le oyó, y agilitóle los miembros todos y
especialmente los pies y las manos. Ya iban a coger el premio, cuando Ayante, corriendo,
dio un resbalón -pues Atenea quiso perjudicarle- en el lugar que habían llenado de
estiércol los bueyes mugidores sacrificados por Aquiles, el de los pies ligeros, en honor
de Patroclo; y el héroe llenóse de boñiga la boca y las narices. El divino y paciente Ulises
le pasó delante y se llevó la craters; y el preclaro Ayante se detuvo, tomó el buey
silvestre, y, asiéndolo por el asta, mientras escupía el estiércol, habló así a los argivos:
782 -¡Oh dioses! Una diosa me.dañó los pies; aquélla que desde antiguo acorre y
favorece a Ulises cual una madre.
784 Así dijo, y todos rieron con gusto. Antíloco recibió, sonriente, el último premio; y
dirigió estas palabras a los argivos:
787-Os diré, argivos, aunque todos lo sabéis, que los dioses honran a los hombres de
más edad, hasta en los juegos. Ayante es un poco mayor que yo; Ulises pertenece a la ge-
neración precedente, a los hombres antiguos, dicen que es ya de edad provecta, pero vigoroso, y contender con él en la carrera es muy difícil para cualquier aqueo que no sea
Aquiles.
793 Así dijo, ensalzando al Pelida, de pies ligeros. Aquiles respondióle con estas
palabras:
795 -¡Antíloco! No en balde me habrás elogiado, pues añado a tu premio medio talento
de oro.
797 Así diciendo, se to puso en la mano, y Antíloco lo recibió con alegría. Acto
continuo el Pelida sacó y colocó en el circo una larga pica, un escudo y un casco, que
eran las armas que Patroclo había quitado a Sarpedón. Y puesto en pie, dijo a los argivos:
802 Invitemos a los dos varones que sean más esforzados, a que, vistiendo las armas y
asiendo el tajante bronce, pongan a prueba su valor ante el concurso. A1 primero que
logre tocar el gallardo cuerpo de su adversario, le rasguñe el vientre atrevesándole la
armadura y le haga brotar la negra sangre, daréle esta magnífica espada tracia, tachonada
con clavos de plata, que quité a Asteropeo. Ambos campeones se llevarán


 

 
 

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