el anhelo de alcanzar la
victoria, y sabréis cuáles corceles argivos son los delanteros
y cuáles los rezagados.
499 Así dijo; el Tidida, que ya se había acercado un buen trecho,
aguijaba a los
corceles, y constantemente les azotaba la espalda con el látigo, y ellos,
levantando en alto
los pies, recorrían velozmente el camino y rociaban de polvo al auriga.
El carro,
guarnecido de oro y estaño, corría arrastrado por los veloces
caballos y las llantas casi no
dejaban huella en el tenue polvo. ¡Con tal ligereza volaban los corceles!
Cuando
Diomedes llegó al circo, detuvo el luciente carro; copioso sudor corría
de la cerviz y del
pecho de los corceles hasta el suelo, y el héroe, saltando a tierra,
dejó el látigo colgado
del yugo. Entonces no anduvo remiso el esforzado Esténelo, sino que al
instante tomó el
premio y to entregó a los magnánimos compañeros; y mientras
éstos conducían la cautiva
a la tienda y se llevaban el trípode con asas, desunció del carro
a los corceles.
514 Después de Diomedes llegó Antíloco, descendiente de
Neleo, el cual se había
anticipado a Menelao por haber usado de fraude y no por la mayor ligereza de
su carro;
pero, así y todo, Menelao guiaba muy cerca de él los veloces caballos.
Cuando el corcel
dista de las ruedas del carro en que lleva a su señor por la llanura
(las últimas cerdas de la
cola tocan la llanta y un corto espacio los separa mientras aquél corre
por el campo
inmenso): tan rezagado estaba Menelao del eximio Antíloco; pues, si bien
al principio se
quedó a la distancia de un tiro de disco, pronto volvió a alcanzarle
porque el fuerte vigor
de la yegua de Agamenón, de Etá, de hermoso pelo, iba aumentando.
Y si la carrera
hubiese sido más larga, el Atrida se le habría adelantado, sin
dejar dudosa la victoria.-
Meriones, el buen escudero de Idomeneo, seguía al ínclito Menelao,
como a un tiro de
lanza; pues sus corceles, de hermoso pelo, eran más tardos y él
muy poco diestro en guiar
el carro en un certamen.- Presentóse, por último, el hijo de Admeto
tirando de su hermoso
carro y conduciendo por delante los caballos. Al verlo, el divino Aquiles, el
de los pies
ligeros, se compadeció de él, y dirigió a los argivos estas
aladas palabras:
536 -Viene el último con los solípedos caballos el varón
que más descuella en guiarlos.
Ea, démosle, como es justo, el segundo premio, y llévese el primero
el hijo de Tideo.
539 Así habló y todos aplaudieron lo que proponía. Y le
hubiese entregado la yegua
-pues los aqueos lo aprobaban-, si Antíloco, hijo del magnánimo
Néstor, no se hubiera
levantado para decir con razón al Pelida Aquiles:
544 -¡Oh Aquiles! Mucho me irritaré contigo si llevas a cabo to
que dices. Vas a
quitarme el premio, atendiendo a que recibieron daño su carïo y
los veloces corceles y él
es esforzado, pero tenía que rogar a los inmortales y no habría
llegado el último de todos.
Si le compadeces y es grato a to corazón, como hay en tu tienda abundante
oro y posees
bronce, rebaños, esclavas y solípedos caballos, entrégale,
tomándolo de estas cosas, un
premio aún mejor que éste, para que los aqueos to alaben. Pero
la yegua no la daré, y
pruebe de quitármela quien desee llegar a las manos conmigo.
555 Así habló. Sonrióse el divino Aquiles, el de los pies
figeros, holgándose de que
Antíloco se expresara en tales términos, porque era amigo suyo;
y en respuesta, díjole
estas aladas palabras:
558 -¡Antíloco! Me ordenas que dé a Eumelo otro premio,
sacándolo de mi tienda, y así
lo haré. Voy a entregarle la coraza de bronce que quité a Asteropeo,
la cual tiene en sus
orillas una franja de luciente estaño, y constituirá para él
un presente de valor.
563 Dijo, y mandó a Automedonte, el compañero querido, que la
sacara de la tienda;
fue éste y llevósela; y Aquiles la puso en las manos de Eumelo,
que la recibió alegre-
mente.
566 Pero levantóse Menelao, afligido en su corazón y muy irritado
contra Antíloco. El
heraldo le dio el cetro, y ordenó a los argivos que callaran. Y el varón
igual a un dios
habló diciendo:
570 -¡Antíloco! Tú, que antes eras sensato, ¿qué
has hecho? Desluciste mi habilidad y
atropellaste mis corceles, haciendo pasar delante a los tuyos, que son mucho
peores. ¡Ea,
capitanes y príncipes de los argivos! Juzgadnos imparcialmente a entrambos:
no sea que
