Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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sitio guiaba Menelao sus corceles, procurando evitar el choque con los demás carros.
Pero Antíloco, torciendo la rienda a sus caballos, sacó el carro fuera del camino, y por un
lado y de cerca seguía a Menelao. El Atrida temió un choque, y le dijo gritando:
426 -¡Antíloco! De temerario modo guías el carro. Detén los corceles; que ahora el
camino es angosto, y en seguida, cuando sea más ancho, podrás ganarme la delantera. No
sea que choquen los carros y seas causa de que recibamos daño.
429 Así dijo. Pero Antíloco, como si no le oyese, hacía correr más a sus caballos
picándolos con el aguijón. Cuanto espacio recorre el disco que tira un joven desde lo alto
de su hombro para probar la fuerza, tanto aquéllos se adelantaron. Las yeguas del Atrida
cejaron, y él mismo, voluntariamente, dejó de avivarlas; no fuera que los solípedos
caballos, tropezando los unos con los otros, volcaran los fuertes carros, y ellos cayeran en
el polvo por el anhelo de alcanzar la victoria. Y el rubio Menelao, reprendiendo a
Antíloco, exclamó: 439 -¡Antíloco! Ningún mortal es más funesto que tú. Ve enhoramala; que los aqueos
no estábamos en to cierto cuando to teníamos por sensato. Pero no te llevarás el premio
sin que antes jures.
442 Después de hablar así, animó a sus caballos con estas palabras:
443 -No aflojéis el paso, ni tengáis el corazón afligido. A aquéllos se les cansarán los
pies y las rodillas antes que a vosotros, pues ya ambos pasaron de la edad juvenil.
446 Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su señor, corrieron más
diligentemente, y pronto se hallaron cerca de los otros.
448 Los argivos, sentados en el circo, no quitaban los ojos de los caballos; y éstos
volaban, levantando polvo por la llanura. Idomeneo, caudillo de los cretenses, fue quien
distinguió antes que nadie los primeros corceles que llegaban; pues era el que estaba en el
sitio más alto por haberse sentado en un altozano, fuera del circo. Oyendo desde lejos la
voz del auriga que animaba a los corceles, la reconoció; y al momento vio que corría,
adelantándose a los demás, un caballo magnífico, todo bermejo, con una mancha en la
frente, blanca y redonda como la luna. Y poniéndose en pie, dijo estas palabras a los
argivos:
457 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Veo los caballos yo solo o
también vosotros? Paréceme que no son los mismos de antes los que vienen delanteros, ni
el mismo el auriga: deben de haberse lastimado en la llanura las yeguas que poco ha eran
vencedoras. Las vi cuando doblaban la meta; pero ahora no puedo distinguirlas, aunque
registro con mis ojos todo el campo troyano. Quizá las riendas se le fueron al auriga, y,
siéndole imposible gobernar las yeguas al llegar a la meta, no dio felizmente la vuelta: me
figuro que habrá caído, el carro estará roto, y las yeguas, dejándose llevar por su ánimo
enardecido, se habrán echado fuera del camino. Pero levantaos y mirad, pues yo no lo
distingo bien: paréceme que el que viene delante es un varón etolio, el fuerte Diomedes,
hijo de Tideo, domador de caballos, que reina sobre los argivos.
473 Y el veloz Ayante de Oileo increpóle con injuriosas voces:
474 -¡ldomeneo! ¿Por qué charlas antes de to debido? Las voladoras yeguas vienen
corriendo a lo lejos por la llanura espaciosa. Tú no eres el más joven de los argivos, ni tu
vista es la mejor, pero siempre hablas mucho y sin substancia. Preciso es que no seas tan
gárrulo, estando presentes otros que to son superiores. Esas yeguas que aparecen las
primeras son las de antes, las de Eumelo, y él mismo viene en el carro y tiene las riendas.
482 El caudillo de los cretenses le respondió enojado:
483 -Ayante, valiente en la injuria, detractor; pues en todo lo restante estás por debajo
de los argivos a causa de tu espíritu perverso. Apostemos un trípode o una caldera y nom-
bremos árbitro al Atrida Agamenón para que manifieste cuáles son las yeguas que vienen
delante y tú lo aprendas perdiendo la apuesta.
488 Así habló. En seguida el veloz Ayante de Oileo se alzó colérico para contestarle
con palabras duras. Y la contienda habría pasado más adelante entre ambos, si el propio
Aquiles, levantándose, no les hubiese dicho:
492 -¡Ayante a Idomeneo! No alterquéis con palabras duras y pesadas, porque no es
decoroso; y vosotros mismos os irritaríais contra el que así to hiciera. Sentaos en el circo
y fijad la. vista en los caballos, que pronto vendrán aquí por


 

 
 

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