Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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siquiera, aunque guíe al divino Arión -el veloz caballo de Adrasto, que descendía de un
dios- o sea arrastrado por los corceles de Laomedonte, que se criaron aquí tan excelentes.
349 Así dijo Néstor Nelida, y volvió a sentarse cuando hubo enterado a su hijo de to
más importante de cada cosa.
351 Meriones fue el quinto en aparejar los caballos de hermoso pelo. Subieron los
aurigas a los carros y echaron suertes en un casco que agitaba Aquiles. Salió primero la
de Antíloco Nestórida; después, la del rey Eumelo; luego, la de Menelao Atrida, famoso
por su lanza; en seguida, la de Meriones; y por último, la del Tidida, que era el más hábil.
Pusiéronse en fila, y Aquiles les indicó la meta a to lejos, en el terreno llano; y encargó a
Fénix, escudero de su padre, que se sentara cerca de aquélla como observador de la
carrera, a fin de que, reteniendo en la memoria cuanto ocurriese, les dijese luego la
verdad.
362 Todos a un tiempo levantaron el látigo, dejáronlo caer sobre los caballos y los
animaron con ardientes voces. Y éstos, alejándose de las naves, corrían por la llanura con
suma rapidez; la polvareda que levantaban envolvíales el pecho como una nube o un
torbellino, y las crines ondeaban al soplo del viento. Los carros unas veces tocaban al
fértil suelo, y otras daban saltos en el aire; los aurigas permanecían en los asientos con el corazón palpitante por el deseo de la victoria; cada cual animaba a sus corceles, y éstos
volaban, levantando polvo, por la llanura.
373 Mas, cuando los veloces caballos llegaron a la segunda mitad de la carrera y ya
volvían hacia el espumoso mar, entonces se mostró la pericia de cada conductor, pues
todos aquéllos empezaron a galopar. Venían delante las yeguas, de pies ligeros, de
Eumelo Feretíada. Seguíanlas los caballos de Diomedes, procedentes de los de Tros; y
estaban tan cerca del primer carro, que parecía que iban a subir en él: con su aliento
calentaban la espalda y anchos hombros de Eumelo, y volaban poniendo la cabeza sobre
el mismo. Diomedes le hubiera pasado delante, o por to menos hubiera conseguido que la
victoria quedase indecisa si Febo Apolo, que estaba irritado con el hijo de Tideo, no le
hubiese hecho caer de las manos el lustroso látigo. Afligióse el héroe, y las lágrimas
humedecieron sus ojos al ver que las yeguas corrían más que antes, y en cambio sus
caballos aflojaban, porque ya no sentían el azote. No le pasó inadvertido a Atenea que
Apolo jugara esta treta al Tidida; y, corriendo hacia el pastor de hombres, devolvióle el
látigo, a la vez que daba nuevos bríos a sus caballos. Y la diosa, irritada, se encaminó al
momento hacia el hijo de Admeto y le rompió el yugo: cada yegua se fue por su lado,
fuera de camino; el timón cayó a tierra, y el héroe vino al suelo, junto a una rueda, hirióse
en los codos, boca y narices, se rompió la frente por encima de las cejas, se le arrasaron
los ojos de lágrimas, y la voz, vigorosa y sonora, se le cortó. El Tidida guió los solípedos
caballos, desviándolos un poco, y se adelantó un gran espacio a todos los demás; porque
Atenea dio vigor a sus corceles y le concedió a él la gloria del triunfo. Seguíale el rubio
Menelao Atrida. E inmediato a él iba Antíloco, que animaba a los caballos de su padre:
403 -Corred y alargad el paso cuanto podáis. No os mando que compitáis con aquéllos,
con los caballos del aguerrido Tidida, a los cuales Atenea dio ligereza, concediéndole a él
la gloria del triunfo. Mas alcanzad pronto a los corceles del Atrida y no os quedéis
rezagados para que no os avergüence Eta con ser hembra. ¿Por qué os atrasáis, excelentes
caballos? Lo que os voy a decir se cumplirá: se acabarán para vosotros los cuidados en el
palacio de Néstor, pastor de hombres, y éste os matará en seguida con el agudo bronce si
por vuestra desidia nos llevamos el peor premio. Seguid y apresuraos cuanto podáis. Y yo
pensaré cómo, valiéndome de la astucia, me adelanto en el lugar donde se estrecha el
camino; no se me escapará la ocasión.
417 Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su señor, corrieron más
diligentemente un breve rato. Pronto el belicoso Antíloco alcanzó a descubrir el punto
más estrecho del camino -había allí una hendedura de la tierra, producida por el agua
estancada durante el invierno, la cual robó parte de la senda y cavó el suelo-, y por aquel


 

 
 

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