talentos de oro; y
para el quinto, un vaso con dos asas no puesto al fuego todavía. Y, estando
en pie, dijo a
los argivos:
272 -¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! Estos premios que
en medio he
colocado son para los aurigas. Si los juegos se celebraran en honor de otro
difunto, me
llevaría a mi tienda los mejores. Ya sabéis cuánto mis
caballos aventajan en ligereza a los
demás, porque son inmortales: Posidón se los regaló a mi
padre Peleo, y éste me los ha
dado a mí. Pero yo me quedaré, y también los solípedos
corceles, porque perdieron al
ilustre y benigno auriga que tantas veces derramó aceite sobre sus crines,
después de
lavarlos con agua pura. Ambos, habiéndose quedado quietos, sienten soledad
de él; y con
las crines colgando hasta tocar la tierra permanecen en pie y afligidos en su
corazón.
¡Adelantaos, pues, los aqueos que confiéis en vuestros corceles
y sólidos carros!
287 Así hablo el Pelida, y los veloces aurigas se reunieron. Levantóse
mucho antes que
nadie el rey de hombres Eumelo, hijo amado de Admeto, que descollaba en el arte
de
guiar el carro. Presentóse después el fuerte Diomedes Tidida,
el cual puso el yugo a los
corceles de Tros, que había quitado a Eneas cuando Apolo salvó
a este héroe. Alzóse
luego el rubio Menelao Atrida, del linaje de Zeus, y unció al carro una
yegua y un caballo
veloces: Eta, propia de Agamenón, y Podargo, que era suyo. Había
dado la yegua a
Agamenón, como presente, Equepolo, hijo de Anquises, por no seguirle
a la ventosa Ilio
y gozar tranquilo en la vasta Sición, donde moraba, de la abundante riqueza
que Zeus le
había concedido; ésta fue la yegua que Menelao unció al
yugo, la cual estaba deseosa de
corren- Fue el cuarto en aparejar los corceles de hermoso pelo Antíloco,
hijo ilustre del
magnánimo rey Néstor Nelida: de su carro tiraban caballos de Pilos,
de pies ligeros. Y su
padre se le acercó y empezó a darle buenos consejos, aunque no
le faltaba inteligencia:
306 -¡Antíloco! Si bien eres joven, Zeus y Posidón to quieren
y to han enseñado todo el
arte del auriga. No es preciso, por tanto, que yo lo instruya. Sabes perfectamente
cómo
los caballos deben dar la vuelta en torno de la meta, pero tus corceles son
los más lentos
en correr, y temo que algún suceso desagradable ha de ocurrirte. Empero,
si otros
caballos son más veloces, sus conductores no to aventajan en obrar sagazmente.
Ea, pues,
querido, piensa en emplear toda clase de habilidades para que los premios no
se to
escapen. El leñador más hace con la habilidad que con la fuerza;
con su habilidad el
piloto gobierna en el vinoso ponto la veloz nave combatida por los vientos;
y con su
habilidad puede un auriga vencer a otro. El que confía en sus caballos
y en su carro les
hace dar vueltas imprudentemente acá y acullá, y luego los corceles
divagan en la carrera
y no los puede sujetar, mas el que conoce los arbitrios del arte y guía
caballos inferiores
clava los ojos continuamente en la meta, da la vuelta cerca de la misma, y no
le pasa
inadvertido cuándo debe aguijar a aquéllos con el látigo
de piel de buey: así los domina
siempre, a la vez que observa a quien le precede. La meta de ahora es muy fácil
de
conocer, y voy a indicártela para que no dejes de verla. Un tronco seco
de encina o de
pino, que la lluvia no ha podrido aún, sobresale un codo de la tierra;
encuéntranse a uno y
otro lado del mismo, cuando el camino acaba, sendas piedras blancas; y luego
el terreno
es llano por todas partes y propio para las carreras de carros: el tronco debe
de haber
pertenecido a la tumba de un hombre que ha tiempo murió, o fue puesto
como mojón por
los antiguos; y ahora el divino Aquiles, el de los pies ligeros, to ha elegido
por meta.
Acércate a ésta y den la vuelta casi tocándola carro y
caballos; y tú inclínate en el fuerte
asiento hacia la izquierda y anima con imperiosas voces al corcel del otro lado
afojándole
las riendas. El caballo izquierdo se aproxime tanto a la meta, que parezca que
el cubo de
la bien construida rueda haya de llegar al tronco, pero guárdate de chocar
con la piedra:
no sea que hieras a los corceles, rompas el carro y causes el regocijo de los
demás y la
confusión de ti mismo. Procura, oh querido, ser cauto y prudente. Pero,
si aguijando los
caballos, logras dar la vuelta a la meta, ya nadie se to podrá anticipar
ni alcanzarte
