192 En tanto, la pira en que se hallaba el cadáver de Patroclo no ardía.
Entonces el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra idea: apartóse de la
pira, oró a los vientos
Bóreas y Céfiro y votó ofrecerles solemnes sacrificios;
y, haciéndoles repetidas
libaciones con una copa de oro, les rogó que acudieran para que la leña
ardiese bien y los
cadáveres fueran consumidos prestamente por el fuego. La veloz Iris oyó
las súplicas, y
fue a avisar a los vientos, que estaban reunidos celebrando un banquete en la
morada del
impetuoso Céfiro. Iris llegó corriendo y se detuvo en el umbral
de piedra. Así que la
vieron, levantáronse todos, y cada uno la ¡lamaba a su lado. Pero
ella no quiso sentarse, y
pronunció estas palabras:
205 -No puedo sentarme; porque voy, por cima de la corriente del Océano,
a la tierra de
los etíopes, que ahora ofrecen hecatombes a los inmortales, para entrar
a la parte en los
sacrificios. Aquiles ruega al Bóreas y al estruendoso Céfiro,
prometiéndoles solemnes
sacrificios, que vayan y hagan arder la pira en que yace Patroclo, por el cual
gimen los
aqueos todos.
212 Habló así y fuese. Los vientos se levantaron con inmenso ruido,
esparciendo las
nubes; pasaron por cima del ponto, y las olas crecían al impulso del
sonoro soplo,
llegaron, por fin, a la fértil Troya, cayeron en la pira y el fuego abrasador
bramó
grandemente. Durante toda la noche, los dos vientos, soplando con agudos silbidos,
agitaron la llama de la pira, durante toda la noche, el veloz Aquiles, sacando
vino de una
cratera de oro, con una copa de doble asa, to vertió y regó la
tierra, a invocó el alma del
mísero Patroclo. Como solloza un padre, quemando los huesos del hijo
recién casado,
cuya muerte ha sumido en el dolor a sus progenitores, de igual modo sollozaba
Aquiles al
quemar los huesos del amigo; y, arrastrándose en torno de la hoguera,
gemía sin cesar.
226 Cuando el lucero de la mañana apareció sobre la tierra anunciando
el día, y poco
después la aurora, de azafranado velo, se esparció por el mar,
apagábase la hoguera y
moría la llama. Los vientos regresaron a su morada por el ponto de Tracia,
que gemía a
causa de la hinchazón de las olas alborotadas, y el Pelida, habiéndose
separado un poco
de la pira, acostóse, rendido de cansancio, y el dulce sueño le
venció. Pronto los caudillos
se reunieron en gran número alrededor del Atrida; y el alboroto y ruido
que hacían al
llegar despertaron a Aquiles. Incorporóse el héroe; y, sentándose,
les dijo estas palabras:
236 -¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Primeramente
apagad con negro
vino cuanto de la pira alcanzó la violencia del fuego; recojamos después
los huesos de
Patroclo Menecíada, distinguiéndolos bien -fácil será
reconocerlos, porque el cadáver
estaba en medio de la pira y en los extremos se quemaron confundidos hombres
y
caballos-, y pongámoslos en una urna de oro, cubiertos por doble capa
de grasa donde se
guarden hasta que yo descienda al Hades. Quiero que le erijáis un túmulo
no muy grande,
sino cual corresponde al muerto; y más adelante, aqueos, los que estéis
vivos en las naves
de muchos bancos cuando yo muera, hacedIo anchuroso y alto.
249 Así dijo, y ellos obedecieron al Pelión, de pies ligeros.
Primeramente apagaron con
negro vino la parte de la pira a que alcanzó la llama, y la ceniza cayó
en abundancia; des-
pués recogieron, llorando, los blancos huesos del dulce amigo y los encerraron
en una
urna de oro, cubiertos por doble capa de grasa; dejaron la urna en la tienda,
tendiendo
sobre la misma un sutil velo; trazaron el ámbito del túmulo en
torno de la pira, echaron
los cimientos, a inmediatamente amontonaron la tierra que antes habían
excavado. Y,
erigido el túmulo, volvieron a su sitio. Aquiles detuvo al pueblo y le
hizo sentar,
formando un gran circo; y al momento sacó de las naves, para premio de
los que
vencieren en los juegos, calderas, trípodes, caballos, mulos, bueyes
de robusta cabeza,
mujeres de hermosa cintura y luciente hierro.
262 Empezó exponiendo los premios destinados a los veloces aurigas: el
que primero
llegara se llevaría una mujer diestra en primorosas labores y un trípode
con asas, de vein-
tidós medidas; para el segundo ofreció una yegua de seis años,
indómita, que llevaba en
su vientre un feto de mulo; para el tercero, una hermosa caldera no puesta al
fuego y lu-
ciente aún, cuya capacidad era de cuatro medidas; para el cuarto, dos
