bajaron cuestas, y
recorrieron atajos y veredas. Mas, cuando llegaron a los bosques del Ida, abundante
en
manantiales, se apresuraron a cortar con el afilado bronce encinas de alta copa
que caían
con estrépito. Los aqueos las partieron en rajas y las cargaron sobre
los mulos. En
seguida éstos, midiendo con sus pasos la tierra, volvieron atrás
por los espesos matorra-
les, deseosos de regresar a la llanura. Todos los leñadores llevaban
troncos, porque así to
había ordenado Meriones, escudero del valeroso Idomeneo. Y los fueron
dejando su-
cesivamente en un sitio de la orilla del mar, que Aquiles indicó para
que a11í se erigiera
el gran túmulo de Patroclo y de sí mismo.
127 Después que hubieron descargado la inmensa cantidad de leña,
se sentaron todos
juntos y aguardaron. Aquiles mandó en seguida a los belicosos mirmidones
que tomaran
las armas y uncieran los caballos; y ellos se levantaron, vistieron la armadura,
y los
caudillos y sus aurigas montaron en los carros. Iban éstos al frente,
seguíales la nube de la
copiosa infantería, y en medio los amigos llevaban a Patroclo, cubierto
de cabello que en
su honor se habían cortado. El divino Aquiles sosteníale la cabeza,
y estaba triste porque
despedía para el Hades al eximio compañero.
138 Cuando llegaron al lugar que Aquiles les señaló, dejaron el
cadáver en el suelo, y
en seguida amontonaron abundante leña. Entonces el divino Aquiles, el
de los pies
ligeros, tuvo otra idea: separándose de la pira, se cortó la rubia
cabellera, que conservaba
espléndida para ofrecerla al río Esperqueo; y exclamó apenado,
fijando los ojos en el
vinoso ponto:
144 -¡Esperqueo! En vano mi padre Peleo te hizo el voto de que yo, al
volver a la tierra
patria, me cortaría la cabellera en tu honor y te inmolaría una
sacra hecatombe de cin-
cuenta carneros cerca de tus fuentes, donde están el bosque y el perfumado
altar a ti
consagrados. Tal voto hizo el anciano, pero tú no has cumplido su deseo.
Y ahora, como
no he de volver a la tierra patria, daré mi cabellera al héroe
Patrocio para que se la lleve
consigo.
152 Habiendo hablado así, puso la cabellera en las manos del compañero
querido, y a
todos les excitó el deseo de llorar. Y entregados al llanto los dejara
el sol al ponerse, si
Aquiles no se hubiese acercado a Agamenón para decirle:
156 -¡Atrida! Puesto que la gente aquea to obedecerá más
que a nadie, y tiempo habrá
para saciarse de llanto, aparta de la pira a los guerreros y mándales
que preparen la cena;
y de to que resta nos cuidaremos nosotros, a quienes corresponde de un modo
especial
honrar al muerto. Quédense tan sólo los caudillos.
161 Al oírlo, el rey de hombres, Agamenón, despidió la
gente para que volviera a las
naves bien proporcionadas; y los que cuidaban del funeral amontonaran leña,
levantaron
una pira de cien pies por lado, y, con el corazón alligido, pusieron
en lo alto de ella el
cuerpo de Patrocio. Delante de la pira mataron y desollaron muchas pingües
ovejas y
flexípedes bueyes de curvas astas; y el magnánimo Aquiles tomó
la grasa de aquéllas y
de éstos, cubrió con la misma el cadáver de pies a cabeza,
y hacinó alrededor los cuerpos
desollados. Llevó también a la pira dos ánforas, llenas
respectivamente de miel y de
aceite, y las abocó al lecho; y, exhalando profundos suspiros, arrojó
a la hoguera cuatro
corceles de erguido cuello. Nueve perros tenía el rey que se alimentaban
de su mesa, y,
degollando a dos, echólos igualmente en la pira. Siguiéronles
doce hijos valientes de
troyanos ilustres, a quienes mató con el bronce, pues el héroe
meditaba en su corazón
acciones crueles. Y entregando la pira a la violencia indomable del fuego para
que la
devorara, gimió y nombró al compañero amado:
179 -¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades! Ya
te cumplo cuanto te prometí.
El fuego devora contigo a doce hijos valientes de troyanos ilustres; y a Héctor
Priámida
no le entregaré a la hoguera para que to consuma, sino a los perros.
184 Así dijo en son de amenaza. Pero los canes no se acercaron a Héctor.
La diosa
Afrodita, hija de Zeus, los apartó día y noche, y ungió
el cadáver con un divino aceite
rosado para que Aquiles no lo lacerase al arrastrarlo. Y Febo Apolo cubrió
el espacio
ocupado por el muerto con una sombna nube que hizo pasar del cielo a la llanura,
a fin de
que el ardor del sol no secara el cuerpo, con sus nervios y miembros.
