que
pusieron al fuego un gran trípode por si lograban que aquél se
lavase las manchas de
sangre y polvo. Pero Aquiles se negó obstinadamente, a hizo, además,
un juramento:
43 -¡No, por Zeus, que es el supremo y más poderoso de los dioses!
No es justo que el
baño moje mi cabeza hasta que ponga a Patroclo en la pira, le erija un
túmulo y me corte
la cabellera; porque un pesar tan grande no volverá lamas a sentirlo
mi corazón mientras
me cuente entre los vivos. Ahora celebremos el triste banquete; y, cuando se
descubra la
aurora, manda, oh rey de hombres, Agamenón, que traigan leña y
la coloquen como
conviene a un muerto que baja a la región sombría, para que pronto
el fuego infatigable
consuma y haga desaparecer de nuestra vista el cadáver de Patroclo, y
los guerreros
vuelvan a sus ocupaciones.
34 Así dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Dispuesta con prontitud
la cena,
comieron todos, y nadie careció de su respectiva porción. Mas,
después que hubieron
satisfecho de comida y de bebida al apetito, se fueron a dormir a sus tiendas.
Quedóse el
Pelida con muchos mirmidones, dando profundos suspiros, a orillas del estruendoso
mar,
en un lugar limpio donde las olas bañaban la playa; pero no tardó
en vencerlo el sueño,
que disipa los cuidados del ánimo, esparciéndose suave en torno
suyo; pues el héroe
había fatigado mucho sus fornidos miembros persiguiendo a Héctor
alrededor de la
ventosa Ilio. Entonces vino a encontrarle el alma del mísero Patroclo,
semejante en un
todo a éste cuando vivía, tanto por su estatura y hermosos ojos,
como por las vestiduras
que llevaba; y, poniéndose sobre la cabeza de Aquiles, le dijo estas
palabras:
69 -¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí
mientras vivía, y
ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que pueda
pasar las
puertas del Hades; pues las almas, que son imágenes de los difuntos,
me rechazan y no
me permiten que atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo
voy errante por los
alrededores del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la mano, te lo pido
llorando;
pues ya no volveré del Hades cuando hayáis entregado mi cadáver
al fuego. Ni ya,
gozando de vida, conversaremos separadamente de los amigos; pues me devoró
la odiosa
muerte que el hado, cuando nací, me deparara. Y tu destino es también,
oh Aquiles
semejante a los dioses, morir al pie de los muros de los nobles troyanos. Otra
cosa te diré
y encargaré, por si quieres complacerme. No dejes mandado, oh Aquiles,
que pongan tus
huesos separados de los míos: ya que juntos nos hemos criado en tu palacio,
desde que
Menecio me llevó de Opunte a vuestra casa por un deplorable homicidio
-cuando
encolerizándome en el juego de la taba maté involuntariamente
al hijo de Anfidamante-,
y el caballero Peleo me acogió en su morada, me crió con regalo
y me nombró tu
escudero; así también, una misma urna, la ánfora de oro
que te dio tu veneranda madre,
guarde nuestros huesos.
93 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
94 -¿Por qué, cabeza querida, vienes a encargarme estas cosas?
Te obedeceré y lo
cumpliré todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos,
aunque sea por breves
instantes, para saciarnos de triste llanto.
99 En diciendo esto, le tendió los brazos, pero no consiguió asirlo:
disipóse el alma cual
si fuese humo y penetró en la tierra dando chillidos. Aquiles se levantó
atónito, dio una
palmada y exclamó con voz lúgubre:
103 -¡Oh dioses! Cierto es que en la morada de Hades quedan el alma y
la imagen de
los que mueren, pero la fuerza vital desaparece por entero. Toda la noche ha
estado cerca
de mí el alma del mísero Patroclo, derramando lágrimas
y despidiendo suspiros, para
encargarme to que debo hacer; y era muy semejante a él cuando vivía.
108 Así dijo, y a todos les excitó el deseo de llorar. Todavía
se hallaban alrededor del
cadáver, sollozando lastimeramente, cuando despuntó la Aurora
de rosáceos dedos.
Entonces el rey Agamenón mandó que de todas las tiendas saliesen
hombres con mulos
para ir por leña; y a su frente se puso un varón excelente, Meriones,
escudero del valeroso
Idomeneo. Los mulos iban delante; tras ellos caminaban los hombres, llevando
en sus
manos hachas de cortar madera y sogas bien torcidas; y así subieron y
