engendramos tú y yo, infortunados... Ni tú serás su amparo,
oh Héctor, pues has fallecido;
ni él el tuyo. Si escapa con vida de la luctuosa guerra de los aqueos,
tendrá siempre
fatigas y pesares; y los demás se apoderarán de sus campos, cambiando
de sitio los
mojones. El mismo día en que un niño queda huérfano, pierde
todos los amigos; y en ade-
lante va cabizbajo y con las mejillas bañadas en lágrimas. Obligado
por la necesidad,
dirígese a los amigos de su padre, tirándoles ya del manto, ya
de la túnica; y alguno,
compadecido, le alarga un vaso pequeño con el cual mojará los
labios, pero no llegará a
humedecer la garganta. El niño que tiene los padres vivos le echa del
festín, dándole
puñadas a increpándole con injuriosas voces: "¡Vete,
enhoramala!, le dice, que tu padre
no come a escote con nosotros". Y volverá a su madre viuda, llorando,
el huérfano
Astianacte, que en otro tiempo, sentado en las rodillas de su padre, sólo
comía medula y
grasa pingüe de ovejas, y, cuando se cansaba de jugar y se entregaba al
sueño, dormía en
blanda cama, en brazos de la nodriza, con el corazón lleno de gozo; mas
ahora que ha
muerto su padre, mucho tendrá que padecer Astianacte, a quien los troyanos
llamaban así
porque sólo tú, oh Héctor, defendías las puertas
y los altos muros. Y a ti, cuando los pe-
rros se hayan saciado con tu carne, los movedizos gusanos te comerán
desnudo, junto a
las corvas naves, lejos de tus padres; habiendo en el palacio vestiduras finas
y hermosas,
que las esclavas hicieron con sus manos. Arrojaré todas estas vestiduras
al ardiente fuego;
y ya que no te aprovechen, pues no yacerás en ellas, constituirán
para ti un motivo de
gloria a los ojos de los troyanos y de las troyanas.
515 Así dijo llorando, y las mujeres gimieron.
CANTO XXIII *
Juegos en honor de Patroclo
* Luego Aquiles celebra unos espléndidos funerales en honor de Patroclo,
mientras ata el cadáver de
Hédor por los pies a su carro y se to lleva arrastrándolo por
el polvo; y desde entonces todos los días, al
aparecer la aurora, to vuelve a arrastrar hasta dar tres vueltas alrededor del
túmulo de Patroclo.
1 Así gemían los troyanos en la ciudad. Los aqueos, una vez llegados
a las naves y al
Helesponto, se fueron a sus respectivos bajeles. Pero a los mirmidones no les
permitió
Aquiles que se dispersaran; y, puesto en medio de los belicosos compañeros,
les dijo:
6 -¡Mirmidones, de rápidos corceles, mis compañeros amados!
No desatemos del yugo
los solípedos corceles; acerquémonos con ellos y los carros a
Patroclo, y llorémoslo, que
éste es el honor que a los muertos se les debe. Y cuando nos hayamos
saciado de triste
llanto, desunciremos los caballos y aquí mismo cenaremos todos.
12 Así habló. Ellos seguían a Aquiles en compacto grupo
y gemían con frecuencia. Y
sollozando dieron tres vueltas alrededor del cadáver con los caballos
de hermoso pelo:
Tetis se hallaba entre los guerreros y les excitaba el deseo de llorar. Regadas
de lágrimas
quedaron las arenas, regadas de lágrimas se veían las armaduras
de los hombres. ¡Tal era
el héroe, causa de fuga para los enemigos, de quien entonces padecían
soledad! Y el
Pelida comenzó entre ellos el funeral lamento colocando sus manos homicidas
sobre el
pecho de su amigo:
19 -¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades! Ya
voy a cumplirte cuanto te
prometiera: he traído arrastrando el cadáver de Héctor,
que entregaré a los perros para
que lo despedacen cruelmente; y degollaré ante tu pira a doce hijos de
troyanos ilustres,
por la cólera que me causó tu muerte.
24 Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, lo tendió
boca abajo en el
polvo, cabe al lecho del Menecíada. Quitáronse todos la luciente
armadura de bronce, de-
suncieron los corceles de sonoros relinchos, y sentáronse en gran número
cerca de la nave
del Eácida, el de los pies ligeros, que les dio un banquete funeral espléndido.
Muchos
bueyes blancos, ovejas y balantes cabras palpitaban al ser degollados con el
hierro; gran
copia de grasos puercos, de albos dientes, se asaban, extendidos sobre la llama
de He-
festo; y en tomo del cadáver la sangre corría en abundancia por
todas partes.
33 Los reyes aqueos llevaron al Pelida, el de los pies ligeros, que tenía
el corazón
afligido por la muerte del compáñero, a la tienda de Agamenón
Atrida, después de
persuadirlo con mucho trabajo; ya en ella, mandaron a los heraldos, de voz sonora,
