en tristísimos
sollozos. El padre suspiraba lastimeramente, y alrededor de él y por
la ciudad el pueblo
gemía y se lamentaba. No parecía sino que toda la excelsa Ilio
fuese desde su cumbre
devorada por el fuego. Los guerreros apenas podían contener al anciano,
que, excitado
por el pesar, quería salir por las puertas Dardanias; y, revolcándose
en el estiércol, les
suplicaba a todos llamando a cada varón por sus respectivos nombres:
416 -Dejadme, amigos, por más intranquilos que estéis; permitid
que, saliendo solo de
la ciudad, vaya a las naves aqueas y ruegue a ese hombre pernicioso y violento:
acaso
respete mi edad y se apiade de mi vejez. Tiene un padre como yo, Peleo, el cual
le
engendró y crió para que fuese una plaga de los troyanos; pero
es a mí a quien ha causado
más pesares. ¡A cuántos hijos míos mató, que
se hallaban en la flor de la juventud! Pero
no me lamento tanto por ellos, aunque su suerte me haya afligido, como por uno
cuya
pérdida me causa el vivo dolor que me precipitará en el Hades:
por Héctor, que hubiera
debido morir en mis brazos, y entonces nos hubiésemos saciado de llorarle
y plañirle la
infortunada madre que le dio a luz y yo mismo.
429 Así habló llorando, y los ciudadanos suspiraron. Y Hécuba
comenzó entre las
troyanas el funeral lamento:
431 -¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué,
después de haber padecido terribles
penas, seguiré viviendo ahora que has muerto tú? Día y
noche eras en la ciudad motivo
de orgullo para mí y el baluarte de todos, de los troyanos y de las troyanas,
que to
saludaban como a un dios. Vivo, constituías una excelsa gloria para ellos;
pero ya la
muerte y la Parca to alcanzaron.
437 Así dijo llorando. La esposa de Héctor nada sabía,
pues ningún veraz mensajero le
llevó la noticia de que su marido se quedara fuera de las puertas; y
en lo más hondo del
alto palacio tejía una tela doble y purpúrea, que adornaba con
labores de variado color.
Había mandado en su casa a las esclavas de hermosas trenzas que pusieran
al fuego un
trípode grande, para que Héctor se bañase en agua caliente
al volver de la batalla.
¡Insensata! Ignoraba que Atenea, la de ojos de lechuza, le había
hecho sucumbir muy
lejos del baño a manos de Aquiles. Pero oyó gemidos y lamentaciones
que venían de la
torre, estremeciéronse sus miembros, y la lanzadera le cayó al
suelo. Y al instante dijo a
las esclavas de hermosas trenzas:
450 -Venid, seguidme dos; voy a ver qué ocurre. Oí la voz de mi
venerable suegra; el
corazón me salta en el pecho hacia la boca y mis rodillas se entumecen:
algún infortunio
amenaza a los hijos de Príamo. ¡Ojalá que tal noticia nunca
llegue a mis oídos! Pero
mucho temo que el divino Aquiles haya separado de la ciudad a mi Héctor
audaz, le
persiga a él solo por la llanura y acabe con el funesto valor que siempre
tuvo; porque
jamás en la batalla se quedó entre la turba de los combatientes,
sino que se adelantaba
mucho y en bravura a nadie cedía.
460 Dicho esto, salió apresuradamente del palacio como una loca, palpitándole
el
corazón, y dos esclavas la acompañaron. Mas, cuando llegó
a la torre y a la multitud de
gente que a11í se encontraba, se detuvo, y desde el muro registró
el campo; en seguida
vio a Héctor arrastrado delante de la ciudad, pues los veloces caballos
lo arrastraban
despiadadamente hacia las cóncavas naves de los aqueos; las tinieblas
de la noche
velaron sus ojos, cayó de espaldas y se le desmayó el alma. Arrancóse
de su cabeza los
vistosos lazos, la diadema, la redecilla, la trenzada cinta y el velo que la
áurea Afrodita le
había dado el día en que Héctor se la llevó del
palacio de Eetión, constituyéndole una
gran dote. A su alrededor hallábanse muchas cuñadas y concuñadas
suyas, las cuales la
sostenían aturdida como si fuera a perecer. Cuando volvió en sí
y recobró el aliento,
lamentándose con desconsuelo dijo entre las troyanas:
477 -¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos con
la misma suerte, tú en Troya, en
el palacio de Príamo; yo en Teba, al pie del selvoso Placo, en el alcázar
de Eetión, el cual
me crió cuando niña para que fuese desventurada como él.
¡Ojalá no me hubiera
engendrado! Ahora tú desciendes a la mansión de Hades, en el seno
de la tierra, y me
dejas en el palacio viuda y sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante,
que
