331 -¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo,
sin duda te creíste salvado y
no me temiste a mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo
como vengador, mu-
cho más fuerte que él, en las cóncavas naves, y te he
quebrado las rodillas. A ti los perros
y las aves te despedazarán ignominiosamente, y a Patroclo los aqueos
le harán honras
fúnebres.
336 Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante
casco:
337 -Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas
que los
perros me despedacen y devoren junto a las naves aqueas! Acepta el bronce y
el oro que
en abundancia te darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega a los
míos el cadáver
para que lo lleven a mi casa, y los troyanos y sus esposas lo entreguen al fuego.
344 Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies
ligeros:
345 -No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas ni por mis padres. Ojalá
el furor y el
coraje me incitaran a cortar tus carnes y a comérmelas crudas. ¡Tales
agravios me has
inferido! Nadie podrá apartar de tu cabeza a los perros, aunque me traigan
diez o veinte
veces el debido rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida
ordene redimirte a
peso de oro; ni, aun así, la veneranda madre que te dio a luz te pondrá
en un lecho para
llorarte, sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán
to cuerpo.
355 Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco:
356 -Bien lo conozco, y no era posible que te persuadiese, porque tienes en
el pecho un
corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera
de los dioses, el día en que
Paris y Febo Apolo te darán la muerte, no obstante tu valor, en las puertas
Esceas.
361 Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto:
el alma voló de los
miembros y descendió al Hades, llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo
vigoroso y
joven. Y el divino Aquiles le dijo, aunque muerto lo viera:
365 -¡Muere! Y yo recibiré la Parca cuando Zeus y los demás
dioses inmortales
dispongan que se cumpla mi destino.
367 Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y, dejándola
a un lado, quitóle de los
hombros las ensangrentadas armas. Acudieron presurosos los demás aqueos,
admiraron
todos el continente y la arrogante figura de Héctor y ninguno dejó
de herirlo. Y hubo
quien, contemplándole, habló así a su vecino:
373 -¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando en dejarse
palpar que cuando
incendió las naves con el ardiente fuego.
375 Así algunos hablaban, y acercándose to herían. El divino
Aquiles, ligero de pies,
tan pronto como hubo despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos
y pronunció
estas aladas palabras:
378 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Ya que los
dioses nos
concedieron vencer a ese guerrero que causó mucho más daño
que todos los otros juntos,
ea, sin dejar las armas cerquemos la ciudad para conocer cuál es el propósito
de los
troyanos: si abandonarán la ciudadela por haber sucumbido Héctor,
o se atreverán a
quedarse todavía a pesar de que éste ya no existe. Mas ¿por
qué en tales cosas me hace
pensar el corazón? En las naves yace Patroclo muerto, insepulto y no
llorado; y no lo
olvidaré, mientras me halle entre los vivos y mis rodillas se muevan;
y si en el Hades se
olvida a los muertos, aun a11í me acordaré del compañero
amado. Ahora, ea, volvamos
cantando el peán a las cóncavas naves, y llevémonos este
cadáver. Hemos ganado una
gran victoria: matamos al divino Héctor, a quien dentro de la ciudad
los troyanos dirigían
votos cual si fuese un dios.
395 Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, le horadó
los tendones de
detrás de ambos pies desde el tobillo hasta el talón; introdujo
correas de piel de buey, y lo
ató al carro, de modo que la cabeza fuese arrastrando; luego, recogiendo
la magnífica
armadura, subió y picó a los caballos para que arrancaran, y éstos
volaron gozosos. Gran
polvareda levantaba el cadáver mientras era arrastrado; la negra cabellera
se esparcía por
el suelo, y la cabeza, antes tan graciosa, se hundía toda en el polvo;
porque Zeus la entre-
gó entonces a los enemigos, para que allí, en su misma patria,
la ultrajaran.
405 Así toda la cabeza de Héctor se manchaba de polvo. La madre,
al verlo, se
arrancaba los cabellos; y, arrojando de sí el blanco velo, prorrumpió
