Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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armas,
oh Aquiles, entregaré el cadáver a los aqueos. Pórtate tú conmigo de la misma manera.
260 Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
261 -¡Héctor, a quien no puedo olvidar! No me hables de convenios. Como no es
posible que haya fieles alianzas entre los leones y los hombres, ni que estén de acuerdo
los lobos y los corderos, sino que piensan continuamente en causarse daño unos a otros,
tampoco puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sacie de sangre a Ares, infatigable combatiente. Revístete de toda clase de valor, porque
ahora te es muy preciso obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya no te puedes
escapar. Palas Atenea te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos
juntos los dolores de mis amigos, a quienes mataste cuando manejabas furiosamente la
pica.
273 En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido Héctor, al verla
venir, se inclinó para evitar el golpe: clavóse la broncínea lanza en el suelo, y Palas
Atenea la arrancó y devolvió a Aquiles, sin que Héctor, pastor de hombres, lo advirtiese.
Y Héctor dijo al eximio Pelión:
279 -¡Erraste el golpe, oh Aquiles, semejante a los dioses! Nada te había revelado Zeus
acerca de mi destino, como afirmabas; has sido un hábil forjador de engañosas palabras,
para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica
en la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y frente a frente to
acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza. ¡Ojalá que
toda ella penetrara en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los troyanos, si tú
murieses; porque eres su mayor azote.
289 Así habló; y, blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar el tiro, pues dio un
bote en medio del escudo del Pelida. Pero la lanza fue rechazada por la rodela, y Héctor
se irritó al ver que aquélla había sido arrojada inútilmente por su brazo; paróse, bajando
la cabeza, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó a Deífobo, el de
luciente escudo, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba a su lado. Entonces
Héctor comprendiólo todo, y exclamó:
297 -¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba
conmigo, pero está dentro del muro, y fue Atenea quien me engañó. Cercana tengo la per-
niciosa muerte, que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea, desde
hace tiempo, a Zeus y a su hijo, el que hiere de lejos; los cuales, benévolos para conmigo,
me salvaban de los peligros. Ya la Parca me ha cogido. Pero no quisiera morir
cobardemente y sin gloria, sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los
venideros.
306 Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado.
Y encogiéndose, se arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando
las pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla o la tímida liebre; de igual manera
arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles embistióle, a su vez, con el
corazón rebosante de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y
movía el luciente casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes
crines de oro que Hefesto había colocado en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero
más hermoso de cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la obscuridad
de la noche, de tal modo brillaba la pica de larga punta que en su diestra blandía Aquiles,
mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo
del héroe ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la excelente armadura
de bronce que quitó a Patroclo después de matarlo, y sólo quedaba descubierto el lugar en
que las clavículas separan el cuello de los hombros, la garganta que es el sitio por donde
más pronto sale el alma: por a11í el divino Aquiles envasóle la pica a Héctor, que ya lo
atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el
garguero con la pica de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar
algo y responderle. Héctor cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo,
diciendo:


 

 
 

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