hado condenó a morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.
182 Contestó Zeus, que amontona las nubes:
183 Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo
benigno, pero contigo
quiero ser complaciente. Obra conforme a tus deseos y no desistas.
186 Con tales voces instigóle a hacer lo que ella misma deseaba, y Atenea
bajó en
raudo vuelo de las cumbres del Olimpo.
188 Entre canto; el veloz Aquiles perseguía y estrechaba sin cesar a Héctor.
Como el
perro va en el monte por valles y cuestas tras el cervatillo que levantó
de la cama, y, si
éste se esconde, azorado, debajo de los arbustos, corre aquél rastreando
hasta que
nuevamente lo descubre; de la misma manera, el Pelión, de pies ligeros,
no perdía de
vista a Héctor. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse a las puertas
Dardanias, al
pie de las tomes bien construidas, por si desde arriba le socorrían disparando
flechas;
otras tantas Aquiles, adelantándosele, lo apar taba hacia la llanura,
y aquél volaba sin des-
canso cerca de la ciudad. Como en sueños ni el que persigue puede alcanzar
al
perseguido, ni éste huir de aquél; de igual manera, ni Aquiles
con sus pies podía dar
alcance a Héctor, ni Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo
Héctor se hubiera librado
entonces de las Parcas de la muerte que le estaba destinada, si Apolo, acercándosele
por
la postrera y última vez, no le hubiese dado fuerzas y agilizado sus
rodillas?
205 El divino Aquiles hacía con la cabeza señales negativas a
los guerreros, no
permitiéndoles disparar amargas flechas contra Héctor: no fuera
que alguien alcanzara la
gloria de herir al caudillo y él llegase el segundo. Mas cuando en la
cuarta vuelta llegaron
a los manantiales, el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en la misma
dos suertes de
la muerte que tiende a lo largo -la de Aquiles y la de Héctor, domador
de caballos-, cogió
por el medio la balanza, la desplegó, y tuvo más peso el día
fatal de Héctor, que
descendió hasta el Hades. Al instante Febo Apolo desamparó al
troyano. Atenea, la diosa
de ojos de lechuza, se acercó al Pelión, y le dijo estas aladas
palabras:
216 -Espero, oh esclarecido Aquiles, caro a Zeus, que nosotros dos procuraremos
a los
aqueos inmensa gloria, pues al volver a las naves habremos muerto a Héctor,
aunque sea
infatigable en la batalla. Ya no se nos puede escapar, por más cosas
que haga Apolo, el
que hiere de lejos, postrándose a los pies del padre Zeus, que lleva
la égida. Párate y
respira; a iré a persuadir a Héctor para que luche contigo frente
a frente.
224 Así habló Atenea. Aquiles obedeció, con el corazón
alegre, y se detuvo en seguida,
apoyándose en el arrimo de la pica de asta de fresno y broncínea
punta. La diosa dejóle y
fue a encontrar al divino Héctor. Y tomando la figura y la voz infatigable
de Deífobo,
llegóse al héroe y pronunció estas aladas palabras:
229 -¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz Aquiles, persiguiéndote
con ligero
pie alrededor de la ciudad de Príamo. Ea, detengámonos y rechacemos
su ataque.
232 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco:
233 -¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano predilecto
entre cuantos somos
hijos de Hécuba y de Príamo, pero desde ahora hago cuenta de tenerte
en mayor aprecio,
porque al verme con tus ojos osaste salir del muro y los demás han permanecido
dentro.
238 Contestó Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
239 -¡Mi buen hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme
las
rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos -¡de tal modo tiemblan
todos!-, pero
mi ánimo se sentía atormentado por grave pesar. Ahora peleemos
con brio y sin dar
reposo a la pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos
despojos a las cóncavas naves, o sucumbe vencido por to lanza.
246 Así diciendo, Atenea, para engañarlo, empezó a caminar.
Cuando ambos guerreros
se hallaron frente a frente, dijo el primero el gran Héctor, el de tremolante
casco:
250-No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres
veces di la vuelta,
huyendo, en torno de la gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca a
esperar tu
acometida. Mas ya mi ánimo me impele a afrontarte, ora te mate, ora me
mates tú. Ea,
pongamos a los dioses por testigos, que serán los mejores y los que más
cuidarán de que
se cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si Zeus me
concede la victoria
y logro quitarte la vida; pues tan luego como te haya despojado de las magníficas
