alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, exclame: "Menelao,
violentando con
mentiras a Antíloco, ha conseguido llevarse la yegua, a pesar de la inferioridad
de sus
corceles, por ser más valiente y poderoso." Y si queréis,
yo mismo lo decidiré; y creo que
ningún dánao me podrá reprender, porque el fallo será
justo. Ea, Antíloco, alumno de
Zeus, ven aquí y, puesto, como es costumbre, delante de los caballos
y el carro, teniendo
en la mano el flexible látigo con que los guiabas y tocando los corceles,
jura, por el que
ciñe y sacude la tierra, que si detuviste mi carro fue involuntariamente
y sin dolo.
586 Respondióle el prudente Antíloco:
587 -Perdóname, oh rey Menelao, pues soy más joven y tú
eres mayor y más valiente.
No te son desconocidas las faltas que comete un mozo, porque su pensamiento
es rápido
y su juicio escaso. Apacígüese, pues, tu corazón: yo mismo
te cedo la yegua que he
recibido; y, si de cuanto tengo me pidieras algo de más valor que este
premio, preferina
dártelo en seguida, oh alumno de Zeus, a perder para siempre tu afecto
y ser culpable
delante de los dioses.
596 Así habló el hijo del magnánimo Néstor, y, conduciendo
la yegua adonde estaba el
Atrida, se la puso en la mano. A éste se le alegró el alma: como
el rocío cae en torno de
las espigas cuando las mieses crecen y los campos se erizan, del mismo modo,
oh
Menelao, tu espíritu se bañó en gozo. Y, respondiéndole,
pronunció estas aladas palabras:
602 -¡Antíloco! Aunque estaba irritado, seré yo quien ceda;
porque hasta aquí no has
sido imprudente ni ligero y ahora la juventud venció a la razón.
Absténte en lo sucesivo
de querer engañar a los que to son superiores. Ningún otro aqueo
me ablandaría tan
pronto, pero has padecido y trabajado mucho por mi causa, y tu padre y tu hermano
también; accederé, pues, a tus súplicas y te daré
la yegua, que es mía, para que éstos
sepan que mi corazón no fue nunca ni soberbio ni cruel.
612 Dijo; entregó a Noemón, compañero de Antíloco,
la yegua para que se la llevara, y
tomó la reluciente caldera. Meriones, que había llegado el cuarto,
recogió los dos talentos
de oro. Quedaba el quinto premio, el vaso con dos asas; y Aquiles levantólo,
atravesó el
circo y lo ofreció a Néstor con estas palabras:
618 -Toma, anciano; sea tuyo este presente como recuerdo de los funerales de
Patroclo,
a quien no volverás a ver entre los argivos. Te doy el premio porque
no podrás ser parte
ni en el pugilato, ni en la lucha, ni en el certamen de los dardos, ni en la
carrera, que ya to
abruma la vejez penosa.
624 Así diciendo, se to puso en las manos. Néstor recibiólo
con alegría, y respondió
con estas aladas palabras:
626 -Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Ya mis miembros no
tienen el vigor
de antes, ni mis pies, ni mis brazos se mueven ágiles a partir de los
hombros. Ojalá fuese
tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando los epeos enterraron en Buprasio
al
poderoso Amarinceo, y los hijos de éste sacaron premios para los juegos
que debían
celebrarse en honor del rey. Allí ninguno de los epeos, ni de los pilios,
ni de los
magnánimos etolios, pudo igualarse conmigo. Vencí en el pugilato
a Clitomedes, hijo de
Énope, y en la lucha a Anceo Pleuronio, que osó afrontarme; en
la carrera pasé delante de
Ificlo, que era robusto; y en arrojar la lanza superé a Fileo y a Polidoro.
Sólo los hijos de
Áctor mé dejaron atrás con su carro porque eran dos; y
me disputaron la victoria a causa
de haberse reservado los mejores premios para este juego. Eran aquéllos
hermanos
gemelos, y el uno gobernaba con firmeza los caballos, sí, gobernaba con
firmeza los
caballos, mientras el otro con el látigo los aguijaba. Así era
yo en aquel tiempo. Ahora los
más jóvenes entren en las luchas; que ya debo ceder a la triste
senectud, aunque entonces
sobresaliera entre los héroes. Ve y continúa celebrando los juegos
fúnebres de tu amigo.
Acepto gustoso el presente, y se me alegra el corazón al ver que to acuerdas
siempre del
buen Néstor y nó dejas de advertir con qué honores he de
ser honrado entre los aqueos.
Las deidades to concedan por ello abundantes gracias.
651 Así habló; y el Pelida, oído todo el elogio que de
él hizo el Nelida, fuese por entre
la muchedumbre de los aqueos. En seguida sacó los premios del duro pugilato:
condujo al
circo y ató en medio de él una mula de seis años, cerril,
difícil de domar, que había de ser
