que el héroe es
mortal; pero Zeus Cronida le da gloria.
571 Esto, pues, se decía; y, encogiéndose, aguardó a Aquiles,
porque su corazón
esforzado estaba impaciente por luchar y combatir. Como la pantera, cuando oye
el
ladrido de los perros, sale de la poblada selva y va al encuentro del cazador,
sin que
arrebaten su ánimo ni el miedo ni el espanto, y si aquél se le
adelanta y la hiere desde
cerca o desde lejos, no deja de luchar, aunque esté atravesada por la
jabalina, hasta venir
con él a las manos o sucumbir, de la misma suerte, el divino Agenor,
hijo del preclaro
Anténor, no quería huir antes de entrar en combate con Aquiles.
Y, cubriéndose con el
liso escudo, le apuntaba la lanza, mientras decía con fuertes voces:
583 -Grandes esperanzas concibe tu ánimo, esclarecido Aquiles, de tomar
en el día de
hoy la ciudad de los altivos troyanos. ¡Insensato! Buen número
de males habrán de pa-
decerse todavía por causa de ella. Estamos dentro muchos y fuertes varones
que,
peleando por nuestros padres, esposas e hijos, salvaremos a Ilio; y tú
recibirás aquí
mismo la muerte, a pesar de ser un terrible y audaz guerrero.
590 Dijo. Con la robusta mano arrojó el agudo dardo, y no erró
el tiro; pues acertó a dar
en la pierna del héroe, debajo de la rodilla. La greba de estaño
recién construida resonó
horriblemente, y el bronce fue rechazado sin que lograra penetrar, porque lo
impidió la
armadura, regalo del dios. El Pelida arremetió a su vez con Agenor, igual
a una deidad;
pero Apolo no le dejó alcanzar gloria, pues, arrebatando al troyano,
le cubrió de espesa
niebla y le mandó a la ciudad para que saliera tranquilo de la batalla.
599 Luego el que hiere de lejos apartó del ejército al Pelión,
valiéndose de un engaño.
Tomó la figura de Agenor, y se puso delante del héroe, que se
lanzó a perseguirlo. Mien-
tras Aquiles iba tras de Apolo, por un campo paniego, hacia el río Escamandro,
de
profundos vórtices, y corría muy cerca de él, pues el odio
le engañaba con esta astucia a
fin de que tuviera siempre la esperanza de darle alcance en la carrera, los
demás troyanos,
huyendo en tropel, llegaron alegres a la ciudad, que se llenó con los
que a11í se
refugiaron. Ni siquiera se atrevieron a esperarse los unos a los otros, fuera
de la ciudad y
del muro, para saber quiénes habían escapado y quiénes
habían muerto en la batalla, sino
que afluyeron presurosos a la ciudad cuantos, merced a sus pies y a sus rodillas,
lograron
salvarse.
CANTO XXII*
Muerte de Héctor
* Aquiles, después de decirle que se vengaría de él si
pudiera, torna al campo de batalla y delante de las
puertas de la ciudad encuentra a Héctor, que le esperaba; huye éste,
aquél le persigue y dan tres vueltas a
la ciudad de Troya; Zeus coge la balanza de oro y ve que el destino condena
a Héctor, el cual, engañado
por Atenea se detiene y es vencido y muerto por Aquiles, no obstante saber éste
qu e ha de sucumbir poco
después que muera el caudillo troyano.
1 Los troyanos, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los
hermosos
baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto
los aqueos se iban
acercando a la muralla, con los escudos levantados encima de los hombros. La
Parca
funesta sólo detuvo a Héctor para que se quedara fuera de Ilio,
en las puertas Esceas. Y
Febo Apolo dijo al Pelión:
8 -¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz carrera, siendo
tú mortal, a un dios
inmortal? Aún no conociste que soy una deidad, y no cesa to deseo de
alcanzarme. Ya no
te cuidas de pelear con los troyanos, a quienes pusiste en fuga; y éstos
han entrado en la
población, mientras to extraviabas viniendo aquí. Pero no me matarás,
porque el hado no
me condenó a morir.
14 Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
15 -¡Oh tú, que hieres de lejos, el más funesto de todos
los dioses! Me engañaste,
trayéndome acá desde la muralla, cuando todavía hubieran
mordido muchos la tierra
antes de llegar a Ilio. Me has privado de alcanzar una gloria no pequeña,
y has salvado
con facilidad a los troyanos, porque no temías que luego me vengara.
Y ciertamente me
vengaría de ti, si mis fuerzas to permitieran.
21 Dijo y, muy alentado, se encaminó apresuradamente a la ciudad; como
el corcel
vencedor en la carrera de carros trota veloz por el campo, tan ligeramente movía
Aquiles
pies y rodillas.
