el hado que aquél la
cogiese. De igual manera huyó la diosa, vertiendo lágrimas y dejando
allí arco y aljaba. Y
el mensajero Argicida dijo a Leto:
498 -¡Leto! Yo no pelearé contigo, porque es arriesgado luchar
con las esposas de Zeus,
que amontona las nubes. Jáctate muy satisfecha, delante de los inmortales
dioses, de que
me venciste con to poderosa fuerza.
502 Así dijo. Leto recogió el corvo arco y las saetas que habían
caído acá y acullá, en
medio de un torbellino de polvo; y se fue en pos de su hija. Llegó ésta
al Olimpo, a la
morada de Zeus erigida sobre bronce; sentóse llorando en las rodillas
de su padre, y el
divino velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre Cronida cogióla
en el regazo; y,
sonriendo dulcemente, le preguntó:
509-¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te
ha maltratado, como si en
su presencia hubieses cometido alguna falta?
511 Respondióle Ártemis, que se recrea con el bullicio de la caza
y lleva hermosa
diadema:
512 -Tu esposa Hera, la de los níveos brazos, me ha maltratado, padre;
por ella la
discordia y la contienda han surgido entre los inmortales.
514 Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo entró en
la sagrada Ilio, temiendo por
el muro de la bien edificada ciudad: no fuera que en aquella ocasión
lo destruyesen los
dánaos, contra lo ordenado por el destino. Los demás dioses sempiternos
volvieron al
Olimpo, irritados unos y envanecidos otros por el triunfo; y se sentaron junto
a Zeus, el
de las sombrías nubes. Aquiles, persiguiendo a los troyanos, mataba hombres
y solípedos
caballos. De la suerte que cuando una ciudad es presa de las llamas y llega
el humo al
anchuroso cielo, porque los dioses se irritaron contra ella, todos los habitantes
trabajan y
muchos padecen grandes males, de igual modo Aquiles causaba a los troyanos fatigas
y
daños.
526 El anciano Príamo estaba en la sagrada torre; y, como viera al ingente
Aquiles, y a
los troyanos puestos en confusión, huyendo espantados y sin fuerzas para
resistirle,
empezó a gemir y bajó de aquélla para exhortar a los ínclitos
varones que custodiaban las
puertas de la muralla:
531 Abrid las puertas y sujetadlas con la mano hasta que lleguen a la ciudad
los
guerreros que huyen espantados. Aquiles es quien los estrecha y pone en desorden,
y
temo que han de ocurrir desgracias. Mas, tan pronto como aquéllos respiren,
refugiados
dentro del muro, entornad las hojas fuertemente unidas; pues estoy con miedo
de que ese
hombre funesto entre por el muro.
537 Así dijo. Abrieron las puertas, quitando los cerrojos, y a esto se
debió la salvación
de las tropas. Apolo saltó fuera del muro para librar de la ruina a los
troyanos. Éstos,
acosados por la sed y llenos de polvo, huían por el campo en derechura
a la ciudad y su
alta muralla. Y Aquiles los perseguía impetuosamente con la lanza, teniendo
el corazón
poseído de violenta rabia y deseando alcanzar gloria.
544 Entonces los aqueos hubieran tomado a Troya, la de altas puertas, si Febo
Apolo no
hubiese incitado al divino Agenor, hijo ilustre y valiente de Anténor,
a esperar a Aquiles.
El dios infundióle audacia en el corazón, y, para apartar de él
a las crueles Parcas, se
quedó a su lado, recostado en una encina y cubierto de espesa niebla.
Cuando Agenor vio
llegar a Aquiles, asolador de ciudades, se detuvo, y en su agitado corazón
vacilaba sobre
el partido que debería tomar. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu
le decía:
553 -¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles por donde los demás
corren espantados y
en desorden, me cogerá también y me matará sin que me pueda
defender. Si dejando que
éstos sean derrotados por el Pelida Aquiles, me fuese por la llanura
troyana, lejos del
muro, hasta llegar a los bosques del Ida, y me escondiera en los matorrales,
podría volver
a Ilio por la tarde, después de tomar un baño en el río
para refrescarme y quitarme el
sudor. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón?
No sea que aquél advierta
que me alejo de la ciudad por la llanura, y persiguiéndome con ligera
planta me dé
alcance; y ya no podré evitar la muerte y las Parcas, porque Aquiles
es el más fuerte de
todos los hombres. Y si delante de la ciudad le salgo al encuentro... Vulnerable
es su
cuerpo por el agudo bronce, hay en él una sola alma y dicen los hombres
