Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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25 EI anciano Príamo fue el primero que con sus propios ojos le vio venir por la
llanura, tan resplandeciente como el astro que en el otoño se distingue por sus vivos rayos
entre muchas estrellas durante la noche obscura y recibe el nombre de "perro de Orión",
el cual con ser brillantísimo constituye una señal funesta porque trae excesivo calor a los
míseros mortales; de igual manera centelleaba el bronce sobre el pecho del héroe,
mientras éste corría. Gimió el viejo, golpeóse la cabeza con las manos levantadas y profi-
rió grandes voces y lamentos, dirigiendo súplicas a su hijo. Héctor continuaba inmóvil
ante las puertas y sentía vehemence deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano, ten-
diéndole los brazos, le decía en tono lastimero:
38 -¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos de los amigos, a ese hombre, para
que no mueras presto a manos del Pelión, que es mucho más vigoroso. ¡Cruel! Así fuera
tan caro a los dioses, como a mí: pronto se lo comerían, tendido en el suelo, los perros y
los buitres, y mi corazón se libraría del terrible pesar. Me ha privado de muchos y
valientes hijos, matando a unos y vendiendo a otros en remotas islas. Y ahora que los
troyanos se han encerrado en la ciudad, no acierto a ver a mis dos hijos Licaón y
Polidoro, que parió Laótoe, ilustre entre las mujeres. Si están vivos en el ejército, los
rescataremos con bronce y oro, que todavía to hay en el palacio; pues a Laótoe la dotó espléndidamente su anciano padre, el ínclito Altes. Pero, si han muerto y se hallan en la
morada de Hades, el mayor dolor será para su madre y para mí que los engendramos;
porque el del pueblo durará menos, si no mueres tú, vencido por Aquiles. Ven adentro del
muro, hijo querido, para que salves a los troyanos y a las troyanas; y no quieras procurar
inmensa gloria al Pelida y perder tú mismo la existencia. Compadécete también de mí, de
este infeliz y desgraciado que aún conserva la razón; pues el padre Cronida me quitará la
vida en la senectud y con aciaga suerte, después de presenciar muchas desventuras: muer-
tos mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruidos los tálamos, arrojados los niños por el
suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas por las funestas manos de los aqueos.
Y cuando, por fin, alguien me deje sin vida los miembros, hiriéndome con el agudo
bronce o con arma arrojadiza, los voraces perros que con comida de mi mesa crié en el
palacio para que lo guardasen despedazarán mi cuerpo en la puerta exterior, beberán mi
sangre, y, saciado el apetito, se tenderán en el pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido
atravesado en la lid por el agudo bronce, es decoroso para un joven, y cuanto de él pueda
verse todo es bello, a pesar de la muerte; pero que los perros destrocen la cabeza y la
barba encanecidas y las panes verendas de un anciano muerto en la guerra es to más triste
de cuanto les puede ocurrir a los míseros mortales.
77 Así se expresó el anciano, y con las manos se arrancaba de la cabeza muchas canas,
pero no logró persuadir a Héctor. La madre de éste, que en otro sitio se lamentaba llorosa,
desnudó el seno, mostróle el pecho, y, derramando lágrimas, dijo estas aladas palabras:
82 -¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y apiádate de mí. Si en otro tiempo te daba el
pecho para acallar tu lloro, acuérdate de tu niñez, hijo amado; y penetrando en la muralla,
rechaza desde la misma a ese enemigo y no salgas a su encuentro. ¡Cruel! Si te mata, no
podré llorarte en tu lecho, querido pimpollo a quien parí, y tampoco podrá hacerlo tu rica
esposa, porque los veloces perros te devorarán muy lejos de nosotras, junto a las naves
argivas.
90 De esta manera Príamo y Hécuba hablaban a su hijo, llorando y dirigiéndole muchas
súplicas, sin que lograsen persuadirle, pues Héctor seguía aguardando a Aquiles, que ya
se acercaba. Como silvestre dragón que, habiendo comido hierbas venenosas, espera ante
su guarida a un hombre y con feroz cólera echa terribles miradas y se enrosca en la
entrada de la cueva, así Héctor, con inextinguible valor, permanecía quieto, desde que
arrimó el terso escudo a la torre prominente. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu le
decía:
99 -¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro, el primero en dirigirme baldones
será Polidamante, el cual me aconsejaba que trajera el ejército a la ciudad la noche funes-


 

 
 

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