Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Y el héroe acometió de
nuevo a los troyanos, para hacer en ellos gran destrozo.
34 Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida; el cual, huyendo,
iba a salir del río. Ya anteriormente le había hecho prisionero encaminándose de noche a
un campo de Príamo: Licaón cortaba con el agudo bronce los ramos nuevos de un
cabrahígo para hacer los barandales de un carro, cuando el divinal Aquiles, presentándose
cual imprevista calamidad, se to llevó mal de su grado. Transportóle luego en una nave a
la bien construida Lemnos, y a11í to puso en venta: el hijo de Jasón pagó el precio.
Después Eetión de Imbros, que era huésped del troyano, dio por él un cuantioso rescate y
enviólo a la divina Arisbe. Escapóse Licaón, y, volviendo a la casa paterna, estuvo
celebrando con sus amigos durance once días su regreso de Lemnos; mas, al duodécimo,
un dios le hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía mandarle al Hades, sin
que Licaón to deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies ligeros, le viera inerme -sin
casco, escudo ni lanza, porque todo to había tirado al suelo- y que salía del río con el cuerpo abatido por el sudor y las rodillas vencidas por el cansancio, sorprendióse, y a su
magnánimo espíritu así le habló:
54 -¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vista se ofrece. Ya es posible que los
troyanos a quienes maté resuciten de las sombrías tinieblas; cuando éste, librándose del
día cruel, ha vuelto de la divina Lemnos, donde fue vendido, y las olas del espumoso mar
que a tantos detienen no han impedido su regreso. Mas, ea, haré que pruebe la punta de
mi lanza para ver y averiguar si volverá nuevamente o se quedará en el seno de la fértil
tierra que hasta a los fuertes retiene.
64 Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inmóvil. Licaón, asustado, se le acercó
a tocarle las rodillas; pues en su ánimo sentía vivo deseo de lfbrarse de la triste muerte y
de la negra Parca. El divino Aquiles levantó en seguida la enorme lanza con intención de
herirlo, pero Licaón se encogió y corriendo le abrazó las rodillas; y aquélla, pasándole
por cima del dorso, se clavó en el suelo, codiciosa de cebarse en el cuerpo de un hombre.
En tanto Licaón suplicaba a Aquiles; y, abrazando con una mano sus rodillas y
sujetándole con la otra la aguda lanza, sin que la soltara, estas aladas palabras le decía:
74 -Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Aquiles: respétame y apiádate de mí. Has de
tenerme, oh alumno de Zeus, por un suplicante digno de consideración; pues comí en to
tienda el fruto de Deméter el día en que me hiciste prisionero en el campo bien cultivado,
y, llevándome lejos de mi padre y de mis amigos, me vendiste en Lemnos: cien bueyes te
valió mi persona. Ahora te daría el triple por rescatarme. Doce días ha que, habiendo
padecido mucho, volví a Ilio; y otra vez el hado funesto me pone en tus manos. Debo de
ser odioso al padre Zeus, cuando nuevamente me entrega a ti. Para darme una vida corta,
me parió Laótoe, hija del anciano Altes, que reina sobre los belicosos léleges y posee la
excelsa Pédaso junto al Satnioente. A la hija de aquél la tuvo Príamo por esposa con otras
muchas; de la misma nacimos dos varones y a entrambos nos habrás dado muerte. Ya
hiciste sucumbir entre los infantes delanteros al deiforme Polidoro, hiriéndole con la
aguda pica; y ahora la desgracia llegó para mí, pues no espero escapar de tus manos
después que un dios me ha echado en ellas. Otra cosa to diré que fijarás en la memoria:
No me mates; pues no soy del mismo vientre que Héctor, el que dio muerte a to dulce y
esforzado amigo.
97 Con tales palabras el preclaro hijo de Príamo suplicaba a Aquiles, pero fue amarga
la respuesta que escuchó:
99 -¡Insensato! No me hables del rescate, ni to menciones siquiera. Antes que a
Patroclo le llegara el día fatal, me era grato abstenerme de matar a los troyanos y fueron
muchos los que cogí vivos y vendí luego; mas ahora ninguno escapará de la muerte, si un
dios lo pone en mis manos delante de Ilio y especialmente si es hijo de Príamo. Por Can-
to, amigo, muere tú también. ¿Por qué te lamentas de este modo? Murió Patroclo, que
tanto te aventajaba. ¿No ves cuán gallardo y alto de cuerpo soy yo, a quien engendró un
padre ilustre y dio a luz una diosa? Pues también me aguardan la muerte y la Parca cruel.


 

 
 

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