Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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tocaba las rodillas con intención de suplicarle, cuando le hundió la espada en el hígado:
derramóse éste, llenando de negra sangre el pecho, y las tinieblas cubrieron los ojos del
troyano, que quedó exánime. Inmediatamente Aquiles se acercó a Mulio; y, metiéndole la
lanza en una oreja, la broncínea punta salió por la otra. Más tarde hirió en medio de la
cabeza a Equeclo, hijo de Agenor, con la espada provista de empuñadura: la hoja entera
se calentó con la sangre, y la purpúrea muerte y la parca cruel velaron los ojos del
guerrero. Posteriormente atravesó con la broncínea lanza el brazo de Deucalión, en el
sitio donde se juntan los tendones del codo; y el troyano esperóle, con la mano
entorpecida y viendo que la muerte se le acercaba: Aquiles le cercenó de un tajo la
cabeza, que con el casco arrojó a to lejos, la medula salió de las vértebras y el guerrero
quedó tendido en el suelo. Dirigióse acto seguido contra Rigmo, ilustre hijo de Píroo, què
había llegado de la fértil Tracia, y le hirió en medio del cuerpo: clavóle la broncínea lanza
en el pulmón, y le derribó del carro. Y, como viera que su escudero Areítoo torcía la
rienda a los caballos, envasóle la aguda lanza en la espalda, y también le derribó en tierra,
mientras los corceles huían espantados.
490 De la suerte que, al estallar abrasador incendio en los hondos valles de árida
montaña, arde la poblada selva, y el viento mueve las llamas que giran a todos lados; de
la misma manera, Aquiles se revolvía furioso con la lanza, persiguiendo, cual una deidad,
a los que estaban destinados a morir; y la negra tierra manaba sangre. Como, uncidos al yugo dos bueyes de ancha frente para que trillen la blanca cebada en una era bien
dispuesta, se desmenuzan presto las espigas debajo de los pies de los mugientes bueyes;
así los solípedos corceles, guiados por el magnánimo Aquiles, hollaban a un mismo
tiempo cadáveres y escudos; el eje del carro tenía la parte inferior cubierta de sangre y los
barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los casos de los corceles y las
llantas de las ruedas despedían. Y el Pelida deseaba alcanzar gloria y tenía las invictas
manos manchadas de sangre y polvo.
CANTO XXI *
Batalla junto al río
* Este río pide ayuda al río Simoente y quiere sumergir a Aquiles, pero el dios Hefesto le obliga a volver
a su cauce. Apolo se transfigure en troyano y se hace perseguir por el héroe para que los demás puedan
entrar en la ciudad; conseguido su objeto, el dios se descubre.
1 Así que los troyanos llegaron al vado del vortiginoso Janto, río de hermosa corriente a
quien el inmortal Zeus engendró, Aquiles los dividió en dos grupos. A los del primero
echólos el héroe por la llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos huían espantados el
día anterior, cuando el esclarecido Héctor se mostraba furioso; por allí se derramaron
entonces los troyanos en su fuga, y Hera, para detenerlos, los envolvió en una densa
niebla. Los otros rodaron al caudaloso río de argénteos vórtices, y cayeron en él con gran
estrépito: resonaba la corriente, retumbaban ambas orillas y los troyanos nadaban acá y
acullá, gritando, mientras eran arrastrados en torno de los remolinos. Como las langostas
acosadas por la violencia de un fuego que estalla de repente vuelan hacia el río y se echan
medrosas en el agua, de la misma manera la corriente sonora del Janto de profundos
vórtices se llenó, por la persecución de Aquiles, de hombres y caballos que en el mismo
caían confundidos.
17 Aquiles, vástago de Zeus, dejó su lanza arrimada a un tamariz de la orilla, saltó al
río, cual si fuese una deidad, con sólo la espada y meditando en su corazón acciones
crueles, y comenzó a herir a diestro y a siniestro: al punto levantóse un horrible clamoreo
de los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre. Como los peces huyen
del ingente delfín, y, temerosos, llenan los senos del hondo puerto, porque aquél devora a
cuantos coge, de la misma manera los troyanos iban por la impetuosa corriente del río y
se refugiaban, temblando, debajo de las rocas. Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas
de matar, cogió vivos, dentro del río, a doce mancebos para inmolarlos más tarde en
expiación de la muerte de Patroclo Menecíada. Sacólos atónitos como cervatos, les ató
las manos por detrás con las correas bien cortadas que llevaban en las flexibles túnicas y
encargó a los amigos que los condujeran a las cóncavas naves.


 

 
 

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