Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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tienes la heredad paterna, junto al Hilo, abundante en peces, y el Hermo voraginoso.
393 Así dijo jactándose. Las tinieblas cubrieron los ojos de Ifitión, y los carros de los
aqueos lo despedazaron con las llantas de sus ruedas en el primer reencuentro. Aquiles
hirió, después, en la sien, atravesándole el casco de broncíneas carrilleras, a Demoleonte,
valiente adalid en el combate, hijo de Anténor; y el casco de bronce no detuvo la lanza,
pues la punta entró y rompió el hueso, conmovióse interiormente el cerebro, y el troyano
sucumbió cuando peleaba con ardor. Luego, como Hipodamante saltara del carro y se
diese a la fuga, le envasó la pica en la espalda: aquél exhalaba el aliento y bramaba como
el toro que los jóvenes arrastran a los altares del soberano Heliconio y el dios que sacude
la tierra se goza al verlo; así bramaba Hipodamante cuando el alma valerosa dejó sus
huesos. Seguidamente acometió con la lanza al deiforme Polidoro Priámida, a quien su
padre no permitía que fuera a las batallas porque era el menor y el predilecto de sus hijos.
Nadie vencía a Polidoro en la carrera; y entonces, por pueril petulancia, haciendo gala de
la ligereza de sus pies, agitábase el troyano entre los combatientes delanteros, hasta que
perdió la vida: al verlo pasar, el divino Aquiles, ligero de pies, hundióle la lanza en medio
de la espalda, donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y era doble la coraza, y la
punta salió al otro lado cerca del ombligo; el joven cayó de rodillas dando lastimeros
gritos; obscura nube le envolvió; e, inclinándose, procuraba sujetar con sus manos los
intestinos, que le salían por la herida.
419 Tan pronto como Héctor vio a su hermano Polidoro cogiéndose las entrañas y
encorvado hacia el suelo, se le puso una nube ante los ojos y ya no pudo combatir a
distancia; sino que, blandiendo la aguda lanza a impetuoso como una llama, se dirigió al
encuentro de Aquiles. Y éste, al advertirlo, saltó hacia él, y dijo muy ufano estas
palabras: 425 -Cerca está el hombre que ha inferido a mi corazón la más grave herida, el que
mató a mi compañero amado. Ya no huiremos asustados, el uno del otro, por los senderos
del combate.
428 Dijo; y mirando con torva faz al divino Héctor, le gritó:
429 -iAcércate para que más pronto llegues de tu perdición al término!
430 Sin turbarse, le respondió Héctor, el de tremolante casco:
431 -¡Pelida! No esperes amedrentarme con palabras como a un niño; también yo sé
proferir injurias y baldones. Reconozco que eres valiente y que te soy muy inferior. Pero
en la mano de los dioses está si yo, siendo inferior, te quitaré la vida con mi lanza; pues
también tiene afilada punta.
438 En diciendo esto, blandió y arrojó su lanza; pero Atenea con un tenue soplo
apartóla del glorioso Aquiles, y el arma volvió hacia el divino Héctor y cayó a sus pies.
Aquiles acometió, dando horribles gritos, a Héctor, con intención de matarlo; pero Apolo
arrebató al troyano, haciéndolo con gran facilidad por ser dios, y to cubrió con densa
niebla. Tres veces el divino Aquiles, ligero de pies, atacó con la broncínea lanza, tres
veces dio el golpe en el aire. Y cuando, semejante a un dios, arremetía por cuarta vez,
increpó el héroe a Héctor con voz terrible, dirigiéndole estas aladas palabras:
449 -¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdición, pero
te salvó Febo Apolo, a quien debes de rogar cuando sales al campo antes de oír el
estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me
ayuda. Y ahora perseguiré a los demás que se me pongan al alcance.
453 Así dijo; y con la lanza hirió en medio del cuello a Dríope, que cayó a sus pies.
Dejóle, y al momento detuvo a Demuco Filetórida, valeroso y alto, a quien pinchó con la
lanza en una rodilla, y luego quitóle la vida con la gran espada. Después acometió a
Laógono y a Dárdano, hijos de Biante: habiéndolos derribado del carro en que iban, a
aquél le hizo perecer arrojándole la lanza, y a éste hiriéndole de cerca con la espada.
También mató a Tros Alastórida, que vino a abrazarle las rodillas por si
compadeciéndose de él, que era de la misma edad del héroe, en vez de matarlo le hacía
prisionero y to dejaba vivo. ¡Insensato! No conoció que no podría persuadirle, pues
Aquiles no era hombre de condición benigna y mansa, sino muy violento. Ya aquél le


 

 
 

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