Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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mas, con todo eso, no
he de descansar hasta que harte de combate a los troyanos.
424 Dijo; y, dando voces, dirigió los solípedos caballos por las primeras filas. CANTO XX *
Combate de los dioses
* Los dioses, en asamblea extraordinaria, no se ponen de acuerdo sobre a quién habia que favorecer.
Aquiles, enfurecido, vuelve al combate y mata a tantos troyanos que los cadáveres obstruyen la corriente
del río Janto.
1 Mientras los aqueos se armaban junto a los corvos bajeles, alrededor de ti, oh hijo de
Peleo, incansable en la batalla, los troyanos se apercibían también para el combate en una
eminencia de la llanura.
4 Zeus ordenó a Temis que, partiendo de las cumbres del Olimpo, en valles abundante,
convocase al ágora a los dioses, y ella fue de un lado para otro y a todos les mandó que
acudieran al palacio de Zeus. No faltó ninguno de los ríos, a excepción del Océano; y de
cuantas ninfas habitan los bellos bosques, las fuentes de los nos y los herbosos prados,
ninguna dejó de presentarse. Tan luego como llegaban al palacio de Zeus, que amontona
las nubes, sentábanse en bruñidos pórticos, que para el padre Zeus había construido
Hefesto con sabia inteligencia.
13 Allí, pues, se reunieron. Tampoco el que bate la tierra desobedeció a la diosa, sino
que, dirigiéndose desde el mar a los dioses, se sentó en medio de todos y exploró la
voluntad de Zeus:
16 -¿Por qué, oh tú que lanzas encendidos rayos, llamas de nuevo a los dioses al ágora?
¿Acaso tienes algún propósito acerca de los troyanos y de los aqueos? El combate y la
pelea vuelven a encenderse entre ambos pueblos.
19 Respondióle Zeus, que amontona las nubes:
20 -Entendiste, tú que bates la tierra, el designio que encierra mi pecho y por el cual os
he reunido. Me cuido de ellos, aunque van a perecer. Yo me quedaré sentado en la
cumbre del Olimpo y recrearé mi espíritu contemplando la batalla; y los demás ¡dos hacia
los troyanos y los aqueos y cada uno auxilie a los que quiera. Pues, si Aquiles combatiese
sólo con los troyanos, éstos no resistirían ni un instante la acometida del Pelión, el de los
pies ligeros. Ya antes huían espantados al verlo; y temo que ahora, que tan enfurecido
tiene el ánimo por la muerte de su compañero, destruya el muro de Troya contra la
decisión del hado.
31 Así habló el Cronida y promovió una gran batalla. Los dioses fueron al combate
divididos en dos bandos: encamináronse a las naves Hera, Palas Atenea, Posidón, que
ciñe la tierra, el benéfico Hermes de prudente espíritu, y con ellos Hefesto, que, orgulloso
de su fuerza, cojeaba arrastrando sus gráciles piernas; y enderezaron sus pasos a los
troyanos Ares, el de tremolante casco, el intonso Febo, Ártemis, que se complace en tirar
flechas, Leto, el Janto y la risueña Afrodita.
41 Mientras los dioses se mantuvieron alejados de los hombres, mostráronse los aqueos
muy ufanos porque Aquiles volvía a la batalla después del largo tiempo en que se había
abstenido de tener parte en la triste guerra, y los troyanos se espantaron y un fuerte
temblor les ocupó los miembros, tan pronto como vieron al Pelión, ligero de pies, que con
su reluciente armadura semejaba al dios Ares, funesto a los mortales. Mas, luego que las
olímpicas deidades penetraron por entre la muchedumbre de los guerreros, levantóse la
terrible Discordia, que enardece a los varones; Atenea daba fuertes gritos, unas veces a
orillas del foso cavado al pie del muro, y otras en los altos y sonoros promontorios; y
Ares, que parecía un negro torbellino, vociferaba también y animaba vivamente a los
troyanos, ya desde el punto más alto de la ciudad, ya corriendo por la Bella Colina, a
orillas del Simoente.
54 De este modo los felices dioses, instigando a unos y a otros, los hicieron venir a las
manos y promovieron una reñida contienda. El padre de los hombres y de los dioses tronó horriblemente en las alturas; Posidón, por debajo, sacudió la inmensa tierra y las excelsas
cumbres de los montes; y retemblaron así las laderas y las cimas del Ida, abundante en
manantiales, como la ciudad troyana y las naves aqueas. Asustóse Aidoneo, rey de los
infiernos, y saltó del trono gritando; no fuera que Posidón, que sacude la tierra, la
desgarrase y se hicieran visibles las mansiones horrendas y tenebrosas que las


 

 
 

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