Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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¿Acaso tu espíritu ya
no se cuida de Aquiles? Hállase junto a las naves de altas popas, llorando a su compañero
amado; los demás se fueron a comer, y él sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y
derrama en su pecho un poco de néctar y ambrosía para que el hambre no le atormente.
349 Con tales palabras instigóle a hacer to que ella misma deseaba. Atenea emprendió
el vuelo, cual si fuese un halcón de anchas alas y aguda voz, desde el cielo a través del
éter. Ya los aqueos se armaban en el ejército, cuando la diosa derramó en el pecho de
Aquiles un poco de néctar y de ambrosía deliciosa, para que el hambre molesta no hiciera
flaquear las rodillas del héroe; y en seguida regresó al sólido palacio del prepotente
padre. Los guerreros afluyeron a un lugar algo distante de las veleras naves. Cuan
numerosos caen los copos de nieve que envía Zeus y vuelan helados al impulso del Bóreas, nacido en el éter, en tan gran número veíanse salir del recinto de las naves los
refulgentes cascos, los abollonados escudos, las fuertes corazas y las lanzas de fresno. El
brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra se mostraba risueña por los rayos que el bronce
despedía, y un gran ruido se levantaba de los pies de los guerreros. Armábase entre éstos
el divino Aquiles: rechinándole los dientes, con los ojos centelleantes como encendida
llama y el corazón traspasado por insoportable dolor, lleno de ira contra los troyanos,
vestía el héroe la armadura regalo del dios Hefesto, que la había fabricado. Púsose en las
piernas elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la coraza;
colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con argénteos clavos y embrazó el
grande y fuerte escudo cuyo resplandor semejaba desde lejos al de la luna. Como aparece
el fuego encendido en un sitio solitario en to alto de un monte a los navegantes que vagan
por el mar, abundante en peces, porque las tempestades los alejaron de sus amigos; de la
misma manera, el resplandor del hermoso y labrado escudo de Aquiles llegaba al éter.
Cubrió después la cabeza con el fornido yelmo de crines de caballo que brillaba como un
astro; y a su alrededor ondearon las áureas y espesas crines que Hefesto había colocado
en la cimera. El divino Aquiles probó si la armadura se le ajustaba, y si, Ilevándola
puesta, movía con facilidad los miembros; y las armas vinieron a ser como alas que
levantaban al pastor de hombres. Sacó del estuche la lanza paterna, pesada, grande y
robusta, que entre todos los aqueos solamente él podía manejar: había sido cortada de un
fresno de la cumbre del Pelio y regalada por Quirón al padre de Aquiles para que con ella
matara héroes. En tanto, Automedonte y Álcimo se ocupaban en uncir los caballos:
sujetáronlos con hermosas correas, les pusieron el freno en la boca y tendieron las riendas
hacia atrás, atándolas al fuerte asiento. Sin dilación cogió Automedonte el magnífico
látigo y saltó al carro. Aquiles, cuya armadura relucía como el fúlgido Hiperión, subió
también y exhortó con horribles voces a los caballos de su padre:
400-¿Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo a la muchedumbre
de los dánaos al que hoy os guía cuando nos hayamos saciado de combatir, y no le dejéis
muerto a11á como a Patroclo.
404 Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza -sus crines, cayendo en torno de la
extremidad del yugo, llegaban al suelo, y, habiéndole dotado de voz Hera, la diosa de los
níveos brazos, respondió desde debajo del yugo:
408 -Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está cercano el día de tu muerte,
y los culpables no seremos nosotros, sino un dios poderoso y la Parca cruel. No fue por
nuestra lentitud ni por nuestra pereza que los troyanos quitaron la armadura de los
hombros de Patroclo; sino que el más fuerte de los dioses, a quien parió Leto, la de
hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y dio gloria a Héctor.
Nosotros correríamos tan veloces como el soplo del Céfiro, que es tenido por el más
rápido. Pero también tú estás destinado a sucumbir a manos de un dios y de un hombre.
418 Dichas estas palabras, las Erinias le cortaron la voz. Y muy indignado, Aquiles, el
de los pies ligeros, le dijo:
420 -¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Ya
sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y de mi madre;


 

 
 

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