los dioses los muchísimos males con que castigan al que, jurando, contra
ellos peca.
266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que Taltibio
arrojó, haciéndole dar
vueltas, a gran abismo del espumoso mar para pasto de los peces. Y Aquiles,
levantándose entre los belicosos argivos, habló en estos términos:
270 -¡Zeus padre! Grandes son los infortunios que mandas a los hombres.
Jamás el
Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni hubiese tenido poder para
arrebatar-
me la joven contra mi voluntad; pero sin duda quería Zeus que muriesen
muchos aqueos.
Ahora id a comer para que luego trabemos el combate.
276 Así se expresó; y al momento disolvió el ágora.
Cada uno volvió a su respectiva
nave. Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo de los presentes, y,
llevándolos
hacia , el bajel del divino Aquiles, dejáronlos en la tienda, dieron
sillas a las mujeres, y
servidores ilustres guiaron a los caballos al sitio en que los demás
estaban.
282 Briseide, que a la áurea Afrodita se asemejaba, cuando vio a Patroclo
atravesado
por el agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió en fuertes
sollozos, mientras
con las manos se golpeaba el pecho, el delicado cuello y el f lindo rostro.
Y, llorando
aquella mujer semejante a una diosa, así decía:
287 -¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta desventurada!
Vivo te dejé al
partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver, oh príncipe de
hombres. ¡Cómo me
persigue una desgracia tras otra! Vi al hombre a quien me entregaron mi padre
y mi
venerable madre, atravesado por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad;
y los
tres hermanos queridos que una misma madre me diera murieron también.
Pero tú,
cuando el ligero Aquiles mató a mi esposo y tomó la ciudad del
divino Mines, no me
dejabas llorar, diciendo que lograrías que yo fuera la mujer legítima
del divino Aquiles,
que éste me llevaría en su nave a Ftía y que allí,
entre los mirmidones, celebraríamos el
banquete nupcial. Y ahora que has muerto no me cansaré de llorar por
ti, que siempre has
sido afable.
301 Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente por Patroclo,
y en
realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se reunieron en torno de
Aquiles y
le suplicaron que comiera; pero él se negó, dando suspiros:
305 -Yo os ruego, si alguno de mis compañeros quiere obedecerme aún,
que no me
invitéis a saciar-el deseo de comer o de beber; porque un grave dolor
se apodera de mí.
Aguardaré hasta la puesta del sol y soportaré la fatiga.
309 Así diciendo, despidió a los demás reyes, y sólo
se quedaron los dos Atridas, el
divino Ulises, Néstor, Idomeneo y el anciano jinete Fénix para
distraer a Aquiles, que
estaba profundamente afligido. Pero nada podía alegrar el corazón
del héroe, mientras no
entrara en sangriento combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos
y frecuentes
suspi ros, y así decía:
315 -En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros,
me servías en esta
tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno cuando los aqueos
se daban prisa por
traba el luctuoso combate con los troyanos, domadores de caba Ilos. Y ahora
yaces,
atravesado por el bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, a pesar de
no faltarme,
por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que supiera
que ha muerto
mi padre, el cual quizás llora allá en Ftía por no tener
a su lado un hijo como yo, mientras
peleo con los troyanos en país extranjero a causa de la odiosa Helena;
ni que falleciera mi
hijo amado que se cría en Esciro, si el deiforme Neoptólemo vive
todavía. Antes el
corazón abrigaba en mi pecho la esperanza de que sólo yo perecería
aquí en Troya, lejos
de Argos, criador de caballos, y de que tú, volviendo a Ftía,
irías en una veloz nave negra
a Esciro, recogerías a mi hijo y le mostrarías todos mis bienes:
las posesiones, los
esclavos y el palacio de elevado techo. Porque me figuro que Peleo ya no existe;
y, si le
queda un poco de vida, estará afligido, se verá abrumado por la
odiosa vejez y temerá
siempre recibir la triste noticia de mi muerte.
338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se
acordaba de
aquéllos a quienes había dejado en su respectivo palacio. El Cronión,
al verlos sollozar,
se compadeció de ellos, y al instante dirigió a Atenea estas aladas
palabras:
342 -¡Hija mía! Desamparas de todo en todo a ese eximio varón.
