para
que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida sea en adelante más
justo con todos; pues
no se puede reprender que se apacigue a un rey, a quien primero se injurió.
184 Dijo entonces el rey de hombres, Agamenón:
185 -Con agrado escuché tus palabras, Laertíada, pues en todo
lo que narraste y
expusiste has sido oportuno. Quiero hacer el juramento; mi ánimo me lo
aconseja, y no
será para un perjurio mi invocación a la divinidad. Aquiles aguarde,
aunque esté
impaciente por combatir, y los demás continuad reunidos aquí hasta
que traigan de mi
tienda los presentes y consagremos con un sacrificio nuestra fiel amistad. A
ti mismo lo
te encargo y ordeno: escoge entre los jóvenes aqueos los más principales;
y,
encaminándoos a mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos a Aquiles, sin dejar
las mujeres. Y
Taltibio, atravesando el anchuroso campamento aqueo, vaya a buscar y prepare
un jabalí
para inmolarlo a Zeus y al Sol.
198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros:
199 -¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón! Todo
esto debierais hacerlo
cuando se suspenda el combate y no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho.
¡Yacen insepultos los que mató Héctor Priámida cuando
Zeus le dio gloria, y vosotros
nos aconsejáis que comamos! Yo mandana a los aqueos que combatieran en
ayunas, sin
tomar nada; y que a la puesta del sol, después de vengar la afrenta,
celebraran un gran
banquete. Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas,
a causa
de la muerte de mi compañero; el cual yace en la tienda, atravesado por
el agudo bronce,
con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por
esto, aquellas cosas
en nada interesan a mi espíritu, sino tan sólo la matanza, la
sangre y el triste gemir de los
guerreros.
215 Respondióle el ingenioso Ulises:
216 -¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de todos los aqueos!
Eres más fuerte
que yo y me superas no poco en el manejo de la lanza, pero to aventajo mucho
en el
pensar, porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, to
corazón a to que
voy a decir. Pronto se cansan los hombres de pelear, si, haciendo caer el bronce
muchas
espigas al suelo, la mies es escasa, porque Zeus, el árbitro de la guerra
humana, inclina al
otro lado la balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre,
pues
siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los días, ¿cuándo
podríamos
respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo firme al que muere y llorarle
un día, y
luego cuantos hayan escapado del combate funesto piensen en comer y beber para
vestir
otra vez el indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón
aún contra los
enemigos. Ningún guerrero deje de salir aguardando otra exhortación,
que para su daño la
esperará quien se quede junto a las naves argivas. Vayamos todos juntos
y excitemos al
cruel Ares contra los troyanos, domadores de caballos.
238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos del glorioso Néstor,
Meges Filida, Toante,
Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse con ellos
a la tienda de
Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición, ya estaba cumplida.
Lleváronse de la
tienda los siete trípodes que el Atrida había ofrecido, veinte
calderas relucientes y doce
caballos; a hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y
a Briseide, la de
hermosas mejillas, que fue la octava. Al volver, Ulises iba delante con los
diez talentos de
oro que él mismo había pesado, y le seguían los jóvenes
aqueos con los presentes. Pu-
siéronio todo en medio del ágora; alzóse Agamenón,
y al lado del pastor de hombres se
puso Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano
a un jabalí. El
Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto a la gran vaina de
la espada, cortó por
primicias algunas cerdas del jabalí y oró, levantando las manos
a Zeus; y todos los
argivos, sentados en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey.
Éste,
alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:
258 -Sean testigos Zeus, el más excelso y poderoso de los dioses, y luego
la Tierra, el
Sol y las Erinias que debajo de la tierra castigan a los muertos que fueron
perjuros, de que
jamás he puesto la mano sobre la joven Briseide para yacer con ella ni
para otra cosa
alguna, sino que en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare,
envíenme
