Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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En otro
tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que es tenido por el más poderoso de los hombres
y de los dioses; pues Hera, no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de
parir al fornido Heracles en Teba, ceñida de hermosas murallas. El dios, gloriándose, dijo
así ante todas las deidades: «Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que
en el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos, sacará a luz un
varón que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinará
sobre todos sus vecinos.» Y hablándole con astucia, le replicó la venerable Hera:
«Mentirás, y no llevarás al cabo to que dices. Y si no, ea, Olímpico, jura solemnemente
que reinará sobre todos sus vecinos el niño que, perteneciendo a la familia de los hombres
engendrados de to sangre, caiga hoy entre los pies de una mujer.» Así dijo; Zeus, no
sospechando el dolo, prestó el gran juramento que tan funesto le había de ser. Pues Hera
dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto llegó a Argos de Acaya, donde vivía la
esposa ilustre de Esténelo Persida; y, como ésta se hallara encinta de siete meses
cumplidos, la diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto de
Alcmena, deteniendo a las Ilitias. Y en seguida participóselo a Zeus Cronida, diciendo:
«¡Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón que
reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Persida, descendiente tuyo. No es
indigno de reinar sobre aquéllos.» Así dijo, y un agudo dolor penetró el alma del dios,
que, irritado en su corazón, cogió a Ofuscación por los nítidos cabellos y prestó solemne
juramento de que Ofuscación, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo
estrellado. Y, volteándola con la mano, la arrojó del cielo. En seguida llegó Ofuscación a
los campos cultivados por los hombres. Y Zeus gemía por causa de ella, siempre que
contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le iba imponiendo.
Por esto, cuando el gran Héctor, el de tremolante casco, mataba a los argivos junto a las
popas de las naves, yo no podía olvidarme de Ofus cación, cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y
hacerte muchos regalos, y tú ve al combate y anima a los demás guerreros. Voy a darte
cuanto ayer lo ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres, aguarda, áunque estés
impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la nave los presentes para que veas
si son capaces de apaciguar tu ánimo los que te brindo.
14s Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
146 -¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón! Luego podrás regalarme estas
cosas, como es justo, o retenerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso es
que no perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la acción -la gran empresa está aún por
acabar-, para que vean nuevamente a Aquiles entre los combatientes delanteros,
aniquilando con su broncínea lanza las falanges teucras. Y vosotros pensad también en
combatir con los enemigos.
154 Contestó el ingenioso Ulises:
155 -Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no exhortes a los aqueos a que peleen en
ayunas con los troyanos, cerca de Ilio; que no durará poco tiempo la batalla cuando las
falanges vengan a las manos y la divinidad excite el valor de ambos ejércitos. Ordénales,
por el contrario, a los aqueos que en las veleras naves se harten de manjares y vino, pues
esto da fuerza y valor. Estando en ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta la
puesta del sol, con el enemigo; aunque su corazón lo desee, los miembros se le en-
torpecen sin que él lo advierta, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan al
andar. Pero el que pelea todo el día con los enemigos, saciado de vino y de manjares,
tiene en el pecho un corazón audaz y sus miembros no se cansan hasta que todos se han
retirado de la lid. Ea, despide las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey de
hombres, Agamenón, traiga los regalos en medio del ágora para que los vean todos los
aqueos con sus propios ojos y to regocijes en el corazón; jure el Atrida, de pie entre los
argivos, que nunca subió al lecho de Briseide ni se juntó con ella, como es costumbre, oh
rey, entre hombres y mujeres; y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno.
Que luego se te ofrezca en el campamento un espléndido banquete de reconciliación,


 

 
 

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