y, sin atreverse
a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio,
sintió que se le
recrudecía la cólera; los ojos le centellearon terriblemente,
como una llama, debajo de los
párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos el espléndido
presente de la deidad.
Y, cuando bubo deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada
armadura, dirigió
a su madre estas aladas palabras:
21 -¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que
sean las obras de
los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré,
pero temo
que mientras tanto penetren las moscas por las heridas que el bronce causó
al esforzado
hijo de Menecio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo -pues le falta la vida-
y co-
rrompan todo el cadáver.
28 Respondióle Tetis, la diosa de argénteos pies:
29 -Hijo, no te turbe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar
los importunos
enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos en la guerra.
Y,
aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservaría
igual que ahora o mejor
todavía. Tú convoca al ágora a los héroes aqueos,
renuncia a la cólera contra Agamenón,
pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete
de valor.
37 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas
de ambrosía y rojo
néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.
40 El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y, dando horribles
voces, convocó
a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de
las naves, y hasta los pilo-
tos que las gobernaban, y como despenseros distribuían los víveres,
fueron entonces al
ágora, porque Aquiles se presentaba, después de haber permanecido
alejado del triste
combate durante mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Ulises,
servidores de
Ares, acudieron cojeando, apoyándose en el arrimo de la lanza -aún
no tenían curadas las
graves heridas-, y se sentaron delante de todos. Agamenón, rey de hombres,
Ilegó el
último y también estaba herido, pues Coón Antenórida
habíale clavado su broncínea pica
durante la encarnizada lucha. Cuando todos los aqueos se hubieron congregado,
levantándose entre ellos dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
56 -¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos, para ti y para mí,
continuar unidos que
sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una joven. Así
la hubiese muerto
Ártemis en las naves con una de sus flechas el mismo día que
la cautivé al tomar a
Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aqueos como sucumbieron
a
manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor
y los troyanos fue el beneficio,
y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra disputa.
Mas dejemos lo
pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor
del pecho.
Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre
irritado. Mas, ea,
incita a los melenudos aqueos a que peleen; y veré, saliendo al encuentro
de los troyanos,
si querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo que con gusto se
entregará al descanso
el que logre escapar del feroz combate, puesto en fuga por mi lanza.
74 Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse
de que el magnánimo
Pelión renunciara a la cólera. Y el rey de hombres, Agamenón,
les dijo desde su asiento,
sin levantarse en medio del concurso:
78 -¡Oh amigos, héroes dánaos, servidores de Ares! Bueno
será que escuchéis sin
interrumpirme, pues lo contrario molesta hasta al que está ejercitado
en hablar. ¿Cómo se
podría oír o decir algo en medio del tumulto producido por muchos
hombres? Turbaríase
el orador aunque fuese elocuente. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros,
los demás
argivos, prestadme atención y cada uno penetre bien mis palabras. Muchas
veces los
aqueos me han dirigido las mismas Palabras, increpándome por to ocurrido,
y yo no soy
el culpable, sino Zeus, la Parca y Erinia, que vaga en las tinieblas; los cuales
hicieron
padecer a mi alma, durante el ágora, cruel ofuscación el día
en que le arrebaté a Aquiles
la recompensa. Mas, ¿qué podía hacer? La divinidad es quien
lo dispone todo. Hija
veneranda de Zeus es la perniciosa Ofuscación, a todos tan funesta: sus
pies son
delicados y no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres,
a
quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que contienden.
