Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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los atadores. Tres eran éstos, y unos rapaces cogían los manojos y se los llevaban a
brazados. En medio, de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el
corazón alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos preparaban para
el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban la comida
de los trabajadores, haciendo abundantes puches de blanca harina.
561 También entalló una hermosa viña de oro, cuyas cepas, cargadas de negros
racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de negruzco
acero y un seto de estaño, y conducía a ella un solo camino por donde pasaban los
acarreadores ocupados en la vendimia. Doncellas y mancebos, pensando en cosas tiernas,
llevaban el dulce fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la
harmoniosa cítara y entonaba con tenue voz un hermoso lino, y todos le acompañaban
cantando, profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.
573 Puso luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los animales eran de oro y
estaño, y salían del establo, mugiendo, para pastar a orillas de un sonoro río, junto a un
flexible cañaveral. Cuatro pastores de oro guiaban a las vacas y nueve canes de pies
ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones habían sujetado y
conducían a un toro que daba fuertes mugidos. Perseguíanlos mancebos y perros. Pero los
leones lograban desgarrar la piel del corpulento toro y tragaban los intestinos y la negra
sangre; mientras los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbario, y azuzaban a los
ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos, ladraban desde cerca y
rehuían el encuentro de las fieras.
587 Hizo también el ilustre cojo de ambos pies un gran prado en hermoso valle, donde
pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas y apriscos.
590 El ilustre cojo de ambos pies puso luego una danza como la que Dédalo concertó
en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas trenzas. Mancebos v doncellas de
rico dote, cogidos de las manos, se divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino
y bonitas guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como frotadas con
aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes. Unas veces, moviendo los
diestros pies, daban vueltas a la redonda con la misma facilidad con que el alfarero,
sentándose, aplica su mano al torno y to prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se
colocaban por hileras y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile y se
holgaba en contemplarlo. Entre ellos un divino aedo cantaba, acompañándose con la
cítara; y así que se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la
muchedumbre.
606 En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.
609 Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles una coraza
más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea
cimera, y que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño. 614 Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado todas las armas, entrególas a
la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán desde el nevado Olimpo, llevando la
reluciente armadura que Hefesto había construido.
CANTO XIX*
Renunciamiento de la cólera
* Penrechado con la armadura que le había fabricado Hefesto, Aquiles se remncilia con Agamen ón.
Briseide lamenta la muerte de Patroclo y el ejército aqueo se prepara para la batalla que va a tener lugar. 1 La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la
luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que
Hefesto le había entregado. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo,
Ilorando ruidosamente y en torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La di-
vina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles y hablóle de este modo:
8 -¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga, ya que sucumbió por
la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan excelente y
bella como jamás varón alguno la haya Ilevado para proteger sus hombros.
12 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de Aquiles las labradas
armas, y éstas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor;


 

 
 

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