mismas
deidades aborrecen. ¡Tanto estrépito se produjo cuando los dioses
entraron en combate!
A1 soberano Posidón le hizo frente Febo Apolo con sus aladas flechas;
a Enialio, Atenea,
la diosa de ojos de lechuza; a Hera, Ártemis, que lleva arco de oro,
ama el bullicio de la
caza, se complace en tirar saetas y es hermana del que hiere de lejos; a Leto,
el poderoso
y benéfico Hermes; y a Hefesto, el gran río de profundos vórtices,
llamado por los dioses
Janto y por los hombres Escamandro.
75 Así los dioses salieron al encuentro los unos de los otros. Aquiles
deseaba romper
por el gentío en derechura a Héctor Priámida, pues el ánimo
le impulsaba a saciar con la
sangre del héroe a Ares, infatigable luchador. Mas Apolo, que enardece
a los guerreros,
movió a Eneas a oponerse al Pelión, infundiéndole gran
valor y hablándole así, después
de tomar la voz y la figura de Licaón, hijo de Príamo:
83 -¡Eneas, consejero de los troyanos! ¿Qué es de aquellas
amenazas hechas por ti en
los banquetes de los reyes troyanos, de que saldrías a combatir con el
Pelida Aquiles?
86 Y a su vez Eneas le respondió diciendo:
87 -¡Priámida! ¿Por qué me ordenas que luche, sin
desearlo mi voluntad, con el
animoso Pelión? No fuera la primera vez que me viese frente a Aquiles,
el de los pies
ligeros: en otro tiempo, cuando vino adonde pacían nuestras vacas y tomó
a Lirneso y a
Pédaso, persiguióme por el Ida con su lanza; y Zeus me salvó,
dándome fuerzas y
agilizando mis rodillas. Sin su ayuda hubiese sucumbido a manos de Aquiles y
de
Atenea, que le precedía, le daba la victoria y le animaba a matar léleges
y troyanos con la
broncínea lanza. Por eso ningún hombre puede combatir con Aquiles,
porque a su lado
asiste siempre alguna deidad que le libra de la muerte. En cambio, su lanza
vuela recta y
no se detiene hasta que ha atravesado el cuerpo de un enemigo. Si un dios igualara
las
condiciones del combate, Aquiles no me vencería fácilmente; aunque
se gloriase de ser
todo de bronce.
103 Replicóle el soberano Apolo, hijo de Zeus:
104 -¡Héroe! Ruega tú también a los sempiternos dioses,
pues dicen que naciste de
Afrodita, hija de Zeus, y aquél es hijo de una divinidad inferior. La
primera desciende de
Zeus, ésta tuvo por padre al anciano del mar. Levanta el indomable bronce
y no to
arredres por oír palabras duras o amenazas.
110 Apenas acabó de hablar, infundió grandes bríos al pastor
de hombres; y éste, que
llevaba una reluciente armadura de bronce, se abrió paso por los combatientes
delanteros.
Hera, la de los níveos brazos, no dejó de advertir que el hijo
de Anquises atravesaba la
muchedumbre para salir al encuentro del Pelión; y, llamando a otros dioses,
les dijo:
115 -Considerad en vuestra mente, Posidón y Atenea, cómo esto
acabará; pues Eneas,
armado de reluciente bronce, se encamina en derechura al Pelión por excitación
de Febo
Apolo. Ea, hagámosle retroceder, o alguno de nosotros se ponga junto
a Aquiles, le
infunda gran valor y no deje que su ánimo desfallezca; para que conozca
que le quieren
los inmortales más poderosos, y que son débiles los dioses que
en el combate y la pelea
protegen a los troyanos. Todos hemos bajado del Olimpo a intervenir en esta
batalla, para
que Aquiles no padezca hoy ningún daño de parte de los troyanos;
y luego sufrirá to que
la Parca dispuso, hilando el lino, cuando su madre te dio a luz. Si Aquiles
no se entera
por la voz de los dioses, sentirá temor cuando en el combate le salga
al encuentro alguna
deidad; pues los dioses, en dejándose ver, son terribles.
132 Respondióle Posidón, que sacude la tierra:
133 -¡Hera! No te irrites más de to razonable, pues no te es preciso.
Ni yo quisiera que
nosotros, que somos los más fuertes, promoviéramos la contienda
entre los dioses. Vayá-
monos de este camino y sentémonos en aquella altura, y de la batalla
cuidarán los
hombres. Y si Ares o Febo Apolo dieren principio a la pelea o detuvieren a Aquiles
y no
le dejaren combatir, iremos en seguida a luchar con ellos, y me figuro que pronto
tendrán
que retirarse y volver al Olimpo, a la reunión de los demás dioses,
vencidos por la fuerza
de nuestros brazos.
144 Dichas estas palabras, el dios de los cerúleos cabellos llevólos
al alto terraplén que
los troyanos y Palas Atenea habían levantado en otro tiempo para que
el divino Heracles
