Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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394 -Respetable y veneranda es la diosa que ha venido a este palacio. Fue mi salvadora
cuando me tocó padecer, pues vime arrojado del cielo y caí a lo lejos por la voluntad de
mi insolente madre, que me quería ocultar a causa de la cojera. Entonces mi corazón
hubiera tenido que soportar terribles penas, si no me hubiesen acogido en su seno
Eurínome y Tetis; Eurínome, hija del retluente Océano. Nueve años viví con ellas
fabricando muchas piezas de bronce -broches, redondos brazaletes, sortijas y collares- en
una cueva profunda, rodeada por la inmensa, murmurante y espumosa corriente del
Océano. De todos los dioses y los mortales hombres, sólo to sabían Tetis y Eurínome, las
mismas que antes me salvaron. Hoy que Tetis, la de hermosas trenzas, viene a mi casa,
tengo que pagarle el beneficio de haberme conservado la vida. Sírvele hermosos
presentes de hospitalidad, mientras recojo los fuelles y demás herramientas.
410 Dijo; y levantóse de cabe al yunque el gigantesco e infatigable numen que al andar
cojeaba arrastrando sus gráciles piernas. Apartó de la llama los fuelles y puso en un arcón
de plata las herramientas con que trabajaba; enjugóse con una esponja el sudor del rostro,
de las manos, del vigoroso cuello y del velludo pecho, vistió la túnica, tomó el fornido
cetro, y salió cojeando, apoyado en dos estatuas de oro que eran semejantes a vivientes
jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras
propias de los inmortales dioses. Ambas sostenían cuidadosamente a su señor, y éste,
andando, se sentó en un trono reluciente cerca de Tetis, asió la mano de la deidad, y le
dijo:
424 -¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y cara, vienes a nuestro palacio?
Antes no solías frecuentarlo. Di qué deseas; mi corazón me impulsa a ejecutarlo, si puedo
ejecutarlo y es hacedero.
428 Respondióle Tetis, derramando lágrimas:
429 -¡Hefesto! ¿Hay alguna entre las diosas del Olimpo que haya sufrido en su ánimo
tantos y tan graves pesares como a mí me ha enviado el Cronida Zeus? De las ninfas del
mar, únicamente a mí me sujetó a un hombre, a Peleo Eácida, y tuve que tolerar, contra
toda mi voluntad, el tálamo de un hombre que yace ya en el palacio, rendido a la triste
vejez. Ahora me envía otros males: concedióme que pariera y alimentara un hijo insigne
entre los héroes, que creció semejante a un árbol, to crié como a una planta en terreno
fértil y to mandé a Ilio en las corvas naves, para que combatiera con los troyanos; y ya no
le recibiré otra vez, porque no volverá a mi casa, a la mansión de Peleo. Mientras vive y
ve la luz del sol está angustiado, y no puedo, aunque a él me acerque, llevarle socorro.
Los aqueos le habían asignado, como recompensa, una joven, y el rey Agamenón se la
quitó de las manos. Apesadumbrado por tal motivo, consumía su corazón, pero los
troyanos acorralaron a los aqueos junto a los bajeles y no les dejaban salir del
campamento, y los próceres argivos intercedieron con Aquiles y le ofrecieron espléndidos
regalos. Entonces, aunque se negó a librarles de la ruina, hizo que vistiera sus armas
Patroclo y envióle a la batalla con muchos hombres. Combatieron todo el día en las
puertas Esceas; y los aqueos hubieran destruido la ciudad, a no haber sido por Apolo, el
cual mató entre los combatientes delanteros al esforzado hijo de Menecio, que tanto estra-
go causaba, y dio gloria a Héctor. Y yo vengo a abrazar tus rodillas por si quieres dar a
mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas grebas ajustadas con broches,
y coraza; pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo al morir a manos de los
troyanos, y Aquiles yace en tierra con el corazón afligido.
462 Contestóle el ilustre cojo de ambos pies: 463 -Cobra ánimo y no to apures por las armas. Ojalá pudiera ocultarlo a la muerte
horrísona cuando el terrible destino se le presence, como tendrá una hermosa armadura
que admirarán cuantos la vean.
468 Así habló; y, dejando a la diosa, encaminóse a los fuelles, los volvió hacia la llama
y les mandó que trabajasen. Estos soplaban en veinte hornos, despidiendo un aire que avi-
vaba el fuego y era de varias clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de
prisa, y otras al contrario, según Hefesto lo deseaba y la obra to requería. El dios puso al
fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el


 

 
 

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