en el
campamento; y los aqueos pasaron la noche dando gemidos y llorando a Patroclo.
El
Pelida, poniendo sus manos homicidas sobre el pecho del amigo, dio comienzo
a las
sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes sollozos. Como el melenudo
león a
quien un cazador ha quitado los cachorros en la poblada selva, cuando vuelve
a su
madriguera se aflige y, poseído de vehemente cólera, recorre
los valles en busca de aquel
hombre, de igual modo, y despidiendo profundos suspiros, dijo Aquiles entre
los
mirmidones:
324 -¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que pronuncié un día
en el palacio para
tranquilizar al héroe Menecio, diciendo que a su ilustre hijo le llevaría
otra vez a Opunte
tan pronto como, tomada Ilio, recibiera su parte de botín. Zeus no les
cumple a los
hombres todos sus deseos; y el hado ha dispuesto que nuestra sangre enrojezca
una
misma tierra, aquí en Troya; porque ya no me recibirán en su palacio
ni el anciano
caballero Peleo, ni Tetis, mi madre, sino que esta tierra me contendrá
en su seno. Ahora,
ya que tengo de penetrar en la tierra, oh Patroclo, después que tú,
no to haré las honras
fúnebres hasta que traiga las armas y la cabeza de Héctor, tu
magnánirno matador.
Degollaré ante la pira, para vengar to muerte, doce hijos de ilustres
troyanos. Y en tanto
permanezcas tendido junto a las corvas naves, te rodearán, llorando noche
y día, las
troyanas y dardanias de profundo seno que conquistamos con nuestro valor y la
ingente
lanza, al entrar a saco opulentas ciudades de hombres de. voz articulada.
343 Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles mandó a sus compañeros
que pusieran
al fuego un gran trípode para que cuanto antes le lavaran a Patroclo
las manchas de san-
gre. Y ellos colocaron sobre el ardiente fuego una caldera propia para baños,
sostenida
por un trípode; llenáronla de agua, y metiendo leña debajo
la encendieron: el fuego rodeó
la caldera y calentó el agua. Cuando ésta hirvió en la
caldera de bronce reluciente,
lavaron el cadáver, ungiéronlo con pingüe aceite y taparon
las heridas con un unguento
que tenía nueve años; después, colocándolo en el
lecho, lo envolvieron de pies a cabeza
en fina tela de lino y lo cubrieron con un velo blanco. Los mirmidones pasaron
la noche
alrededor de Aquiles, el de los pies ligeros, dando gemidos y llorando a Patroclo.
Y Zeus
habló de este modo a Hera, su hermana y esposa:
357 -Lograste al fin, Hera veneranda, la de ojos de novilla, que Aquiles, ligero
de pies,
volviera a la batalla. Sin duda nacieron de ti los melenudos aqueos.
360 Respondió Hera veneranda, la de ojos de novilla:
361 -¡Terribilísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste!
Si un hombre, no obstante su
condición de mortal y no saber Canto, puede realizar su propósito
contra otro hombre,
¿cómo yo, que me considero la primera de las diosas por mi abolengo
y por llevar el
nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre los inmortales todos, no había
de causar
males a los troyanos estando irritada contra ellos?
368 Así éstos conversaban. Tetis, la de argénteos pies,
llegó al palacio imperecedero de
Hefesto, que brlllaba como una estrella, lucía entre los de las deidades,
era de bronce y
habíalo edificado el cojo en persona. Halló al dios bañado
en sudor y moviéndose en
torno de los fuelles, pues fabricaba veinte trípodes que debían
permanecer arrimados a la
pared del bien construido palacio y tenían ruedas de oro en los pies
para que de propio
impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver a la casa.
¡Cosa
admirable! Estaban casi terminados, faltándoles tan sólo las labradas
asas, y el dios
preparaba los clavos para pegárselas. Mientras hacía tales obras
con sabia inteligencla,
llegó Tetis, la diosa de argénteos pies. La bella Caris, que llevaba
luciente diadema y era
esposa del ilustre cojo, viola venir, salió a recibirla, y, asiéndola
por la mano, le dijo:
385 -¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y cara,
vienes a nuestro palacio?
Antes no solías frecuentarlo. Pero sígueme, y to ofreceré
los dones de la hospitalidad.
388 Dichas estas palabras, la divina entre las diosas introdujo a Tetis y la
hizo sentar en
un hermoso trono labrado, tachonado con clavos de plata y provisto de un escabel
para
los pies. Y, llamando a Hefesto, ilustre artífice, le dijo:
392 -¡Hefesto! Ven acá, pues Tetis to necesita para algo.
393 Respondió el ilustre cojo de ambos pies:
