mandado a la batalla con
su carro y sus corceles, y ya no podía recibirlo, porque de ella no tornaba
vivo.
239 Hera veneranda, la de ojos de novilla, obligó al sol infatigable
a hundirse, mal de
su grado, en la corriente del Océano. Y una vez puesto, los divinos aqueos
suspendieron
la enconada pelea y el general combate.
243 Los troyanos, por su parte, retirándose de la dura contienda, desuncieron
de los
carros los veloces corceles y se reunieron en el ágora antes de preparar
la cena.
Celebraron el ágora de pie y nadie osó sentarse; pues a todos
les hacía temblar el que
Aquiles se presentara después de haber permanecido tanto tiempo apartado
del funesto
combate. Fue el primero en arengarles el prudente Polidamante Pantoida, el único
que
conocía to futuro y to pasado: era amigo de Héctor, y ambos nacieron
en la misma noche;
pero Polidamante superaba a Héctor en la elocuencia, y éste descollaba
más que él en el
manejo de la lanza. Y arengándoles benévolo, así les dijo:
254 -Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto a volver a la ciudad en vez de
aguardar
a la divinal aurora en la llanura, junto a las naves, y tan lejos del muro como
al presente
nos hallamos. Mientras ese hombre estuvo irritado con el divino Agamenón,
fue más fácil
combatir contra los aqueos; y también yo gustaba de pernoctar junto a
las veleras naves,
esperando que acabaríamos tomando los corvos bajeles. Ahora temo mucho
al Pelida, de
pies ligeros, que con su ánimo arrogante no se contentará con
quedarse en la llanura,
donde troyanos y aqueos sostienen el furor de Ares, sino que luchará
para apoderarse de
la ciudad y de las mujeres. Volvamos a la población; seguid mi consejo,
antes de que
ocurra to que voy a decir. La noche inmortal ha detenido al Pelida, de pies
ligeros; pero,
si mañana nos acomete armado y nos encuentra aquí, conoceréis
quién es, y llegará
gozoso a la sagrada Ilio el que logre escapar, pues a muchos de los troyanos
se los
comerán los perros y los buitres. ¡Ojalá que tal noticia
nunca llegue a mis oídos! Si, aun-
que estéis afligidos, seguís mi consejo, tendremos el ejército
reunido en el ágora durante
la noche, pues la ciudad queda defendida por las torres y las altas puertas
con sus tablas
grandes, labradas, sólidamente unidas. Por la mañana, al apuntar
la aurora, subiremos
armados a las torres; y si aquél viniere de las naves a combatir con
nosotros al pie del
muro, peor para él; pues habrá de volverse después de cansar
a los caballos, de erguido
cuello, con carreras de todas clases, llevándolos errantes en torno de
la ciudad. Pero no
tendrá ánimo para entrar en ella, y nunca podrá destruirla;
antes se to comerán los veloces
perros.
284 Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el de tremolante
casco:
285 -¡Polidamante! No me place lo que propones de volver a la ciudad y
encerrarnos en
ella. ¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los muros?
Antes todos los hombres dotados
de palabra llamaban a la ciudad de Príamo rica en oro y en bronce, pero
ya las hermosas
joyas desaparecieron de las casas: muchas riquezas han sido llevadas a la Frigia
y a la en-
cantadora Meonia para ser vendidas, desde que Zeus se irritó contra nosotros.
Y ahora
que el hijo del artero Crono me ha concedido alcanzar gloria junto a las naves
y acorralar
contra el mar a los aqueos, no des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo.
Ningún troyano to
obedecerá, porque no lo permitiré. Ea, procedamos todos como voy
a decir. Cenad en el
campamento, sin romper las filas; acordaos de la guardia y vigilad todos. Y
el troyano
que sienta gran temor por sus bienes, júntelos y entréguelos al
pueblo para que en común
se consuman; pues es mejor que los disfrute éste que no los aqueos. Mañana,
al apuntar la
aurora, vestiremos la armadura y suscitaremos un reñido combate junto
alas cóncavas na-
ves. Y si verdaderamente el divino Aquiles pretende salir del campamento, le
pesará
tanto más, cuanto más se arriesgue. Porque intento no huir de
él, sino afrontarle en la
batalla horrísona; y alcanzará una gran victoria, o seré
yo quien la consiga. Que Enialio
es a todos común y suele causar la muerte del que matar deseaba.
310 Así se expresó Héctor, y los troyanos le aclamaron,
¡oh necios!, porque Palas
Atenea les quitó el juicio. ¡Aplaudían todos a Héctor
por sus funestos propósitos y ni uno
siquiera a Polidamante, que les daba un buen consejo! Tomaron, pues, la cena
