se gloríe de esta manera? Daré fuerza a vuestras rodillas y a
vuestro espíritu, para que
llevéis salvo a Automedonte desde la batalla a las cóncavas naves;
y concederé gloria a
los troyanos, los cuales seguirán matando hasta que lleguen a las naves
de muchos
bancos, se ponga el sol y la sagrada obscuridad sobrevenga.»
456 Así diciendo, infundió gran vigor a los caballos: sacudieron
éstos el polvo de las
crines y arrastraron velozmente el ligero carro hacia los troyanos y los aqueos.
Automedonte, aunque afligido por la suerte de su compañero, quería
combatir desde el
carro, y con los corceles se echaba sobre los enemigos como el buitre sobre
los ánsares; y
con la misma facilidad huía del tumulto de los troyanos, que arremetía
a la gran turba de
ellos para seguirles el alcance. Pero no mataba hombres cuando se lanzaba a
perseguir,
porque, estando solo en el sagrado asiento, no le era posible acometer con la
lanza y
sujetar al mismo tiempo los veloces caballos. Viole al fin su compañero
Alcimedonte,
hijo de Laerces Hemónida; y, poniéndose detrás del carro,
dijo a Automedonte:
469 -¡Automedonte! ¿Qué dios te ha sugerido tan inútil
propósito dentro del pecho y to
ha privado de te buen juicio? ¿Por qué, estando solo, combates
con los troyanos en la pri-
mera fila? Tu compañero recibió la muerte, y Héctor se
vanagloria de cubrir sus hombros
con las armas del Eácida.
474 Respondióle Automedonte, hijo de Diores:
475 -¡Alcimedonte! ¿Cuál otro aqueo podría sujetar
o aguijar estos caballos inmortales
mejor que tú, si no fuera Patroclo, consejero igual a los dioses, mientras
estuvo vivo?
Pero ya la muerte y la parca to alcanzaron. Recoge el látigo y las lustrosas
riendas, y yo
bajaré del carro para combatir.
481 Así dijo. Alcimedonte, subiendo en seguida al veloz carro, empuñó
el látigo y las
riendas, y Automedonte saltó a tierra. Advirtiólo el esclarecido
Héctor; y al momento dijo
a Eneas, que a su lado estaba:
485 -¡Eneas, consejero de los troyanos, de broncíneas corazas!
Advierto que los
corceles del Eácida, ligero de pies, aparecen nuevamente en la lid guiados
por aurigas
débiles. Y creo que me apoderaría de los mismos, si tú
quisieras ayudarme; pues,
arremetiendo nosotros a los aurigas, éstos no se.. atreverán a
resistir ni a pelear frente a
frente.
491 Así dijo; y el valeroso hijo de Anquises no dejó de obedecerle.
Ambos pasaron
adelante, protegiendo sus hombros con sólidos escudos de pieles secas
de buey, cubiertas
con gruesa capa de bronce. Siguiéronles Cromio y el deiforme Areto, que
tenían grandes
esperanzas de matar a los aurigas y llevarse los corceles de erguido cuello.
¡Insensatos!
No sin derramar sangre habían de escapar de Automedonte. Éste,
orando al padre Zeus,
llenó de fuerza y vigor las negras entrañas; y en seguida dijo
a Alcimedonte, su fiel
compañero:
501-¡Alcimedonte! No tengas los caballos lejos de mí; sino tan
cerca, que sienta su
resuello sobre mi espalda. Creo que Héctor Priámida no calmará
su ardor hasta que suba
al carro de Aquiles y gobierne los corceles de hermosas crines, después
de darnos muerte
a nosotros y desbaratar las filas de los guerreros argivos; o él mismo
sucumba, peleando
con los combatientes delanteros.
507 Así habiendo hablado, llamó a los dos Ayantes y a Menelao:
508 -¡Ayantes, caudillos de los argivos! ¡Menelao! Dejad a los más
fuertes el cuidado
de rodear al muerto y defenderlo, rechazando las haces enemigas; y venid a librarnos
del
día cruel a nosotros que aún vivimos, pues se dirigen a esta parte,
corriendo por el
luctuoso combate, Héctor y Eneas, que son los más valientes de
los troyanos. En la mano
de los dioses está to que haya de ocurrir. Yo arrojaré mi lanza,
y Zeus se cuidará del
resto.
516 Dijo; y, blandiendo la ingente lanza, acertó a dar en el escudo
liso de Areto, que no
logró detener a aquélla: atravesólo la punta de bronce,
y rasgando el cinturón se clavó en
el empeine del guerrero. Como un joven hiere con afilada segur a un buey montaraz
por
detrás de las astas, le corta el nervio y el animal da un salto y cae,
de esta manera el
troyano saltó y cayó boca arriba y la lanza aguda, vibrando aún
en sus entrañas, dejóle sin
vigor los miembros.- Héctor arrojó la reluciente lanza contra
Automedonte, pero éste,
como la viera venir, evitó el golpe inclinándose hacia adelante:
