la fornida lanza se clavó
en el suelo detrás de él, y el regatón temblaba; pero pronto
la impetuosa arma perdió su
fuerza. Y se atacaron de cerca con las espadas, si no les hubiesen obligado
a separarse los
dos Ayantes; los cuales, enardecidos, abriéronse paso por la turba y
acudieron a las voces
de su amigo. Temiéronlos Héctor, Eneas y el deiforme Cromio, y,
retrocediendo, dejaron
a Areto, que yacía en el suelo con el corazón traspasado. Automedonte,
igual al veloz
Ares, despojóle de las armas y, gloriándose, pronunció
estas palabras:
538 -El pesar de mi corazón por la muerte del Menecíada se ha
aliviado un poco;
aunque le es inferior el varón a quien he dado muerte.
540 Así diciendo, tomó y puso en el carro los sangrientos despojos;
y en seguida subió
al mismo, con los pies y las manos ensangrentados como el león que ha
devorado un toro.
543 De nuevo se trabó una pelea encarnizada, funesta, luctuosa, en torno
de Patroclo.
Excitó la lid a Atenea, que vino del cielo, enviada a socorrer a los
dánaos por el
largovidente Zeus, cuya mente había cambiado. De la suerte que Zeus tiende
en el cielo
el purpúreo arco iris, como señal de una guerra o de un invierno
tan frío que obliga a
suspender las labores del campo y entristece a los rebaños, de este modo
la diosa,
envuelta en purpúrea nube, penetró por las tropas aqueas y animó
a cada guerrero.
Primero enderezó sus pasos hacia el fuerte Menelao, hijo de Atreo, que
se hallaba cerca;
y, tomando la figura y voz infatigable de Fénix, le exhortó diciendo:
556 -Sería para ti, oh Menelao, motivo de vergüenza y de oprobio
que los veloces
perros despedazaran cerca del muro de Troya el cadáver de quien fue compañero
fiel del
ilustre Aquiles. ¡Combate denodadamente y anima a todo el ejército!
56o Respondióle Menelao, valiente en la pelea:
561 -¡Padre Fénix, anciano respetable! Ojalá Atenea me infundiese
vigor y me librase
del ímpetu de los tiros. Yo quisiera ponerme al lado de Patroclo y defenderlo,
porque su
muerte conmovió mucho mi corazón; pero Héctor tiene la
terrible fuerza de una llama, y
no cesa de matar con el bronce, protegido por Zeus, que le da gloria.
567 Así dijo. Atenea, la diosa de ojos de lechuza, holgándose
de que aquél la invocara
la primera entre todas las deidades, le vigorizó los hombros y las rodillas,
a infundió en
su pecho la audacia de la mosca, la cual, aunque sea ahuyentada repetidas veces,
vuelve a
picar porque la sangre humana le es agradable; de una audacia semejante llenó
la diosa
las negras entrañas del héroe. Encaminóse Menelao hacia
el cadáver de Patroclo y
despidió la reluciente lanza. Hallábase entre los troyanos Podes,
hijo de Eetión, rico y
valiente, a quien Héctor honraba mucho en la ciudad porque era su compañero
querido en
los festines; a éste, que ya emprendía la fuga, atravesólo
el rubio Menelao con la
broncínea lanza que se clavó en el ceñidor, y el troyano
cayó con estrépito. A1 punto, el
Atrida Menelao arrastró el cadáver desde los troyanos adonde se
hallaban sus amigos.
582 Apolo incitó a Héctor, poniéndose a su lado después
de tomar la figura de Fénope
Asíada; éste tenía la casa en Abides, y era para el héroe
el más querido de sus huéspedes.
Así transfigurado, dijo Apolo, el que hiere de lejos:
586 -¡Héctor! ¿Cuál otro aqueo te temerá,
cuando huyes temeroso ante Menelao, que
siempre fue guerrero débil y ahora él solo ha levantado y se lleva
fuera del alcance de los
troyanos el cadáver de tu fiel amigo a quien mató, del que peleaba
con denuedo entre los
combatientes delanteros, de Podes, hijo de Eetión?
591 Así dijo, y negra nube de pesar envolvió a Héctor,
que en seguida atravesó las
primeras filas, cubierto de reluciente bronce. Entonces el Cronida tomó
la esplendorosa
égida floqueada, cubrió de nubes el Ida, relampagueó y
tronó fuertemente, agitó la égida,
y die la victoria a los troyanos, poniendo en fuga a los aqueos.
597 El primero que huyó fue Penéleo, el beocio, per haber recibido,
vuelto siempre de
cara a los troyanos, una herida leve en el hombre; y Polidamante, acercándose
a él, le
arrojó la lanza, que desgarró la piel y llegó hasta el
hueso.- Héctor, a su vez, hirió en la
muñeca y dejó fuera de combate a Leito, hijo del magnánimo
Alectrión; el cual huyó
espantado y mirando en torno suyo, porque ya no esperaba que con la lanza en
la mano
pudiese combatir con los troyanos.- Contra Héctor, que perseguía
a Leito, arrojó
Idomeneo su lanza y le dio un bote en el peto de la coraza, junto a la tetilla;
