distancia unos de
otros y procurando librarse de los dolorosos tiros que les dirigían los
contrarios. Y en
tanto, los del centro padecían muchos males a causa de la niebla y del
combate, y los más
valientes estaban dañados por el cruel bronce. Dos varones insignes,
Trasimedes y An-
tíloco, ignoraban aún que el eximio Patroclo hubiese muerto y
creían que, vivo aún,
luchaba con los troyanos en la primera fila. Ambos, aunque estaban en la cuenta
de que
sus compañeros eran muertos o derrotados, peleaban separadamente de
los demás; que
así se to había ordenado Néstor, cuando desde las negras
naves los envió a la batalla.
384 Todo el día sostuvieron la gran contienda y el cruel combate. Cansados
y sudosos
tenían las rodillas, las piernas y más abajo los pies, y manchados
de polvo las manos y los
ojos, cuantos peleaban en torno del valiente servidor del Eácida, de
pies ligeros. Como un
hombre da a los obreros, para que la estiren, una piel grande de toro cubierta
de grasa, y
ellos, cogiéndola, se distribuyen a su alrededor, y tirando todos sale
la humedad, penetra
la grasa y la piel queda perfectamente extendida por todos lados, de la misma
manera
tiraban aquéllos del cadáver acá y acullá, en un
reducido espacio, y tenían grandes
esperanzas de arrastrarlo los troyanos hacia Ilio, y los aqueos a las cóncavas
naves. Un
tumulto feroz se producía alrededor del muerto; y ni Ares, que enardece
a los guerreros,
ni Atenea por airada que estuviera, habrían hallado nada que baldonar,
si to hubiesen
presenciado: tare funesto combate de hombres y caballos suscitó Zeus
aquel día sobre el
cadáver de Patroclo. El divino Aquiles ignoraba aún la muerte
del héroe, porque la pelea
se había empeñado muy lejos de las veleras naves, al pie del muro
de Troya. No se
figuraba que hubiese muerto, sino que después de acercarse a las puertas
volvería vivo;
porque tampoco esperaba que llegara a tomar la ciudad, ni solo, ni con él
mismo. Así se
to había oído muchas veces a su madre cuando, hablándole
separadamente de los demás,
le revelaba el pensamiento del gran Zeus. Pero entonces la diosa no le anunció
la gran
desgracia que acababa de ocurrir: la muerte del compañero a quien más
amaba.
412 Los combatientes, blandiendo afiladas lanzas, se acometían continuamente
alrededor del cadáver; y unos a otros se mataban. Y hubo quien entre
los aqueos, de
broncíneas corazas, habló de esta manera:
415 -¡Oh amigos! No sería para nosotros acción gloriosa
la de volver a las cóncavas
naves. Antes la negra tierra se nos trague a todos; que preferible fuera, si
hemos de
permitir a los troyanos, domadores de caballos, que arrastren el cadáver
a la ciudad y
alcancen gloria.
420 Y a su vez alguno de los magnánimos troyanos así decía:
421 -¡Oh amigos! Aunque la parca haya dispuesto que sucumbamos todos junto
a ese
hombre, nadie abandone la batalla.
423 Con tales palabras excitaban el valor de sus compañeros. Seguía
el combate, y el
férreo estrépito llegaba al cielo de bronce, a través del
infecundo éter.
426 Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo de la batalla, desde que
supieron
que su auriga había sido postrado en el polvo por Héctor, matador
de hombres. Por más
que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible látigo
y les dirigía
palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás,
a las naves y al vasto
Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando. Como la columna
se
mantiene firme sobre el túmulo de un varón difunto o de una matrona,
tan inmóviles
permanecían aquéllos con el magnífico carro. Inclinaban
la cabeza al suelo, de sus
párpados caían a tierra ardientes lágrimas con que lloraban
la pérdida del auriga, y las
lozanas crines estaban manchadas y caídas a ambos lados del yugo.
441 A1 verlos llorar, el Cronión se compadeció de ellos, movió
la cabeza, y, hablando
consigo mismo, dijo:
443 «¡Ah, infelices! ¿Por qué os entregamos al rey
Peleo, a un mortal, estando vosotros
exentos de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que tuvieseis penas entre
los míseros
mortales? Porque no hay un ser más desgraciado que el hombre, entre cuantos
respiran y
se mueven sobre la tierra. Héctor Priámida no será llevado
por vosotros en el labrado
carro; no lo permitiré. ¿Por ventura no es bastante que se haya
apoderado de las armas y
