Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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magnánimo Patroclo, y cayó de pechos, junto al cadáver, lejos de la fértil Larisa; y así no
pudo pagar a sus progenitores la crianza, ni fue larga su vida, porque sucumbió vencido
por la lanza del magnánimo Ayante. A su vez, Héctor arrojó la reluciente lanza a Ayante,
pero éste, al notarlo, hurtó un poco el cuerpo, y la broncínea arma alcanzó a Esquedio,
hijo del magnánimo ífito y el más valiente de los focios, que tenía su casa en la célebre
Panopeo y reinaba sobre muchos hombres: clavóse la broncínea punta debajo de la
clavícula y, atravesándola, salió por la extremidad del hombro. El guerrero cayó con
estrépito, y sus armas resonaron.
312 Ayante hirió en medio del vientre al aguerrido Forcis, hijo de Fénope, que defendía
el cadáver de Hipótoo; y el bronce rompió la cavidad de la coraza y desgarró las entrañas: el troyano, caído en el polvo, cogió el suelo con las manos. Arredráronse los
combatientes delanteros y el esclarecido Héctor; y los argivos dieron grandes voces,
retiraron los cadáveres de Forcis y de Hipótoo, y quitaron de sus hombros las respectivas
armaduras.
319 Entonces los troyanos hubieran vuelto a entrar en Ilio, acosados por los belicosos
aqueos y vencidos por su cobardía; y los argivos hubiesen alcanzado gloria, contra la vo-
luntad de Zeus, por su fortaleza y su valor; pero el mismo Apolo instigó a Eneas,
tomando la figura del heraldo Perifante Epítida, que había envejecido ejerciendo de
pregonero en la casa del padre del héroe y sabía dar saludables consejos. Así
transfigurado, habló Apolo, hijo de Zeus, diciendo:
327 -¡Eneas! ¿De qué modo podríais salvar la excelsa Ilio, hasta si un dios se opusiera?
Como he visto hacerlo a otros varones que confiaban en su fuerza y vigor, en su bravura
y en la muchedumbre de tropas formadas por un pueblo intrépido. Mas, al presente, Zeus
desea que la victoria quede por vosotros y no por los dánaos; y vosotros huís temblando,
sin combatir.
333 Así dijo. Eneas, como viera delante de sí a Apolo, el que hiere de lejos, le
reconoció, y a grandes voces dijo a Héctor:
335 -¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus aliados! Es una vergüenza que
entremos en Ilio, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por nuestra cobardía. Una
deidad ha venido a decirme que Zeus, el árbitro supremo, será aún nuestro auxiliar en la
batalla. Marchemos, pues, en derechura a los dánaos, para que no se lleven
tranquilamente a las naves el cadáver de Patroclo.
342 Así habló; y, saltando mucho más allá de los combatientes delanteros, se detuvo.
Los troyanos volvieron la cara y afrontaron a los aqueos. Entonces Eneas dio una lanzada
a Leócrito, hijo de Arisbante y compañero valiente de Licomedes. Al verlo derribado en
tierra, compadecióse Licomedes, caro a Ares; y, parándose muy cerca del enemigo, arrojó
la reluciente lanza, hirió en el hígado, debajo del diafragma, a Apisaón Hipásida, pastor
de hombres, y le dejó sin vigor las rodillas: este guerrero procedía de la fértil Peonia, y
era, después de Asteropeo, el que más descollaba en el combate. Vioto caer el belicoso
Asteropeo, y, apiadándose, corrió hacia él, dispuesto a pelear con los dánaos. Mas no le
fue posible; pues cuantos rodeaban por todas partes a Patroclo se cubrían con los escudos
y calaban las lamas. Ayante recorría las filas y daba muchas órdenes: mandaba que
ninguno retrocediese, abandonando el cadáver, ni combatiendo se adelantara a los demás
aqueos, sino que todos rodearan al muerto y pelearan de cerca. Así se lo encargaba el
ingente Ayante. La tierra estaba regada de purpúrea sangre y caían muertos, unos en pos
de otros, muchos troyanos, poderosos auxiliares, y dánaos; pues estos últimos no
peleaban sin derramar sangre, aunque perecían en mucho menor número porque cuidaban
siempre de defenderse recíprocamente en medio de la turba, para evitar la cruel muerte.
366 Así combatían, con el ardor del fuego. No hubieras dicho que aún subsistiesen el
sol y luna, pues hallábanse cubiertos por la niebla todos los guerreros ilustres que
peleaban alrededor del cadáver del Menecíada. Los restantes troyanos y aqueos, de
hermosas grebas, libres de la obscuridad, luchaban al cielo sereno: los vivos rayos del sol
herían el campo, sin que apareciera ninguna nube sobre la tierra ni en las montañas, y
ellos combatían y descansaban alternativamente, hallándose a gran


 

 
 

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