Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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esposas y a los tiernos infantes de los troyanos. Con este pensamiento abrumo a mi
pueblo y le exijo dones y víveres para excitar vuestro valor. Ahora cada uno haga frente y
embista al enemigo, ya muera, ya se salve, que tales son los lances de la guerra. Al que
arrastre el cadáver de Patrocio hasta las filas de los troyanos, domadores de caballos, y
haga ceder a Ayante, le daré la mitad de los despojos, reservándome la otra mitad, y su
gloria será tan grande como la mía.
233 Así dijo. Todos arremetieron con las picas levantadas y cargaron sobre los dánaos,
pues tenían grandes esperanzas de arrancar el cuerpo de Patroclo de las manos de Ayante
Telamoníada. ¡Insensatos! Sobre el mismo cadáver, Ayante hizo perecer a muchos de
ellos. Y este héroe dijo entonces a Menelao, valiente en la pelea:
238 -¡Oh amigo, oh Menelao, alumno de Zeus! Ya no espero que salgamos con vida de
esta batalla. Ni temo tanto por el cadáver de Patroclo, que pronto saciará en Troya a los
perros y aves de rapiña, cuanto por tu cabeza y por la mía; pues el nublado de la guerra,
Héctor, todo to cubre, y a nosotros nos espera una muerte cruel. Ea, llama a los más va-
lientes dánaos, por si alguno to oye. 246 Así dijo. Menelao, valiente en la pelea, no desobedeció; y, alzando recio la voz,
dijo a los dánaos:
248 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos, los que bebéis en la tienda de los
Atridas Agamenón y Menelao el vino que el pueblo paga, mandáis las tropas y os viene
de Zeus el honor y la gloria! Me es difícil ver a cada uno de los caudillos. ¡Tan grande es
el combate que aquí se ha empeñado! Pero acercaos vosotros, indignándoos en vuestro
corazón de que Patroclo llegue a ser juguete de los perros troyanos.
256 Así dijo. Oyóle en seguida el veloz Ayante de Oileo, y acudió antes que nadie,
corriendo a través del campo. Siguiéronle Idomeneo y su escudero Meriones, igual al
homicida Enialio. ¿Y quién podría retener en la memoria y decir los nombres de cuantos
aqueos fueron llegando para reanimar la pelea?
262 Los troyanos acometieron apinados, con Héctor a su frente. Como en la
desembocadura de un río que las celestiales lluvias alimentan, las ingentes olas chocan
bramando contra la corriente del mismo, refluyen al mar y las altas orillas resuenan en
torno; con una gritería tan grande marchaban los troyanos. Mientras tanto, los aqueos
permanecían firmes alrededor del cadáver del Menecíada, conservando el mismo ánimo y
defendiéndose con los escudos de bronce; y el Cronión rodeó de espesa niebla sus
relucientes cascos, porque nunca había aborrecido al Menecíada mientras vivió y fue
servidor del Eácida, y entonces veía con desagrado que el cadáver pudiera llegar a ser
juguete de los perros troyanos. Por esto el dios incitaba a los compañeros a que lo
defendieran.
274 En un principio, los troyanos rechazaron a los aqueos, de ojos vivos, y éstos,
desamparando al muerto, huyeron espantados. Y si bien los altivos troyanos no
consiguieron matar con sus lanzas a ningún aqueo, como deseaban, empezaron a arrastrar
el cadáver. Poco tiempo debían los aqueos permanecer alejados de éste, pues los hizo
volver Ayante; el cual, así por su figura, como por sus obras, era el mejor de los dánaos,
después del eximio Pelión. Atravesó el héroe las primeras Filas, y parecido por su
bravura al jabalí que en el monte dispersa fácilmente, dando vueltas por los matorrales, a
los perros y a los florecientes mancebos, de la misma manera el esclarecido Ayante, hijo
del ilustre Telamón, acometió y dispersó las falanges de troyanos que se agitaban en
torno de Patroclo con el decidido propósito de llevarlo a la ciudad y alcanzar gloria.
288 Hipótoo, hijo preclaro del pelasgo Leto, había atado una correa a un tobillo de
Patroclo, alrededor de los tendones; y arrastraba el cadáver por el pie, a través del reñido
combate, para congraciarse con Héctor y los troyanos. Pronto le ocurrió una desgracia, de
que nadie, por más que to deseara, pudo librarlo. Pues el hijo de Telamón, acometiéndole
por entre la turba, le hirió de cerca por el casco de broncíneas carrilleras: el casco,
guarnecido de un penacho de crines de caballo, se quebró al recibir el golpe de la gran
lanza manejada por la robusta mano; el cerebro fluyó sanguinolento por la herida, a lo
largo del asta; el guerrero perdió las fuerzas, dejó escapar de sus manos al suelo el pie del


 

 
 

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