contra el
enemigo. ¿Cómo, oh cruel, salvarás en la turba a un obscuro
combatiente, si dejas que
Sarpedón, huésped y amigo tuyo, llegue a ser presa y botín
de los argivos? Mientras es-
tuvo vivo, prestó grandes servicios a la ciudad y a ti mismo; y ahora
no to atreves a
apartar de su cadáver a los perros. Por esto, si los licios me obedecieren,
volveríamos a
nuestra patria, y la ruina más espantosa amenazaría a Troya. Mas,
si ahora tuvieran los
troyanos el valor audaz a intrépido que suelen mostrar los que por la
patria sostienen
contiendas y luchas con los enemigos, pronto arrastraríamos el cadáver
de Patroclo hasta
Ilio. Y en seguida que el cuerpo de éste fuera retirado del campo y conducido
a la gran
ciudad del rey Príamo, los argivos nos entregarían, para rescatarlo,
las hermosas armas de
Sarpedón, y también podríamos llevar a Ilio el cadáver
del héroe; pues Patroclo fue
escudero del argivo más valiente que hay en las naves, como asimismo
to son sus tropas,
que combaten cuerpo a cuerpo. Pero tú no osaste esperar al magnánimo
Ayante, ni resistir
su mirada en la lucha, ni combatir con él, porque to aventaja en fortaleza.
169 Mirándole con torva faz, respondió Héctor, el de tremolante
casco:
170 -¡Glauco! ¿Por qué, siendo cual eres, hablas con tanta
soberbia? ¡Oh dioses! Te
consideraba como el hombre de más seso de cuantos viven en la fértil
Licia, y ahora he
de reprenderte por to que pensaste y dijiste al asegurar que no puedo sostener
la
acometida del ingente Ayante. Nunca me espantó la batalla, ni el ruido
de los caballos;
pero siempre el pensamiento de Zeus, que lleva la égida, es más
eficaz que el de los
hombres, y el dios pone en fuga al varón esforzado y le quita fácilmente
la victoria,
aunque él mismo le haya incitado a combatir. Mas, ea, ven acá,
amigo, ponte a mi lado,
contempla mis hechos, y verás si seré cobarde en la batalla, como
has dicho, aunque dure
todo el día; o si haré que alguno de los dánaos, no obstante
su ardimiento y valor, cese de
defender el cadáver de Patroclo.
183 Cuando así hubo hablado, exhortó a los troyanos, dando grandes
voces:
184 -¡Troyanos, licios, dánaos, que cuerpo a cuerpo peleáis!
Sed hombres, amigos, y
mostrad vuestro impetuoso valor, mientras visto las armas hermosas del eximio
Aquiles,
de que despojé al fuerte Patroclo después de matarlo.
188 Dichas estas palabras, Héctor, el de tremolante casco, salió
de la funesta lid, y,
corriendo con ligera planta, alcanzó pronto y no muy lejos a sus amigos
que llevaban
hacia la ciudad las magníficas armas del hijo de Peleo. Allí,
fuera del luctuoso combate
se detuvo y cambió de armadura: entregó la propia a los belicosos
troyanos, para que la
dejaran en la sacra Ilio, y vistió las armas divinas del Pelida Aquiles,
que los dioses
celestiales dieron a Peleo, y éste, ya anciano, cedió a su hijo,
quien no había de usarlas
tanto tiempo que llegara a la vejez llevándolas todavía.
198 Cuando Zeus, que amontona las nubes, vio que Héctor, apartándose,
vestía las
armas del divino Pelida, moviendo la cabeza, habló consigo mismo y dijo:
201 «¡Ah, mísero! No piensas en la muerte, que ya se halla
cerca de ti, y vistes las
armas divinas de un hombre valentísimo a quien todos temen. Has muerto
a su amigo, tan
bueno como fuerte, y le has quitado ignominiosamente la armadura de la cabeza
y de los
hombros. Mas todavía dejaré que alcances una gran victoria como
compensación de que
Andrómaca no recibirá de tus manos, volviendo tú del combate,
las magníficas armas del
Pelión».
209 Dijo el Cronión, y bajó las negras cejas en señal de
asentimiento. La armadura de
Aquiles le vino bien a Héctor, apoderóse de éste un terrible
furor bélico, y sus miembros
se vigorizaron y fortalecieron; y el héroe, dando recias voces, enderezó
sus pasos a los
aliados ilustres y se les presentó con las resplandecientes armas del
magnánimo Pelión. Y
acercándose a cada uno para animarlos con sus palabras -a Mestles, Glauco,
Medonte,
Tersíloco, Asteropeo, Disénor, Hipótoo, Forcis, Cromio
y el augur Énnomo-, los instigó
con estas aladas palabras:
220 -¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que habitáis
alrededor de Troya! No ha sido por
el deseo ni por la necesidad de reunir una muchedumbre por lo que os he traído
de
vuestras ciudades, sino para que defendáis animosamente de los belicosos
aqueos a las
