Menelao, belicoso hijo de Atreo, que defiende el cadáver de Patroclo,
ha muerto a uno de
los más esforzados troyanos, a Euforbo Pantoida, acabando con el impetuoso
valor de
este caudillo.
82 El dios, habiendo hablado así, volvió a la batalla. Héctor
sintió profundo dolor en las
negras entrañas, ojeó las hileras y vio en seguida al Atrida que
despojaba de la espléndida
armadura a Euforbo, y a éste tendido en el suelo y vertiendo sangre por
la herida. Acto
continuo, armado como se hallaba de luciente bronce y dando agudos gritos, abrióse
paso
por los combatientes delanteros cual si fuese una llama inextinguible encendida
por
Hefesto. No le pasó inadvertido al hijo de Atreo, que gimió al
oír las voces, y a su
magnánimo espíritu así le dijo:
91 -¡Ay de mí! Si abandono estas magníficas armas y a Patrocio,
que por vengarme
yace aquí tendido, temo que se irritará cualquier dánao
que to presencie. Y si por
vergüenza peleo con Héctor y Los troyanos, como ellos son muchos
y yo estoy solo,
quizás me cerquen; pues Héctor, el de tremolaiite casco, trae
aquí a todos Los troyanos.
Mas ¿por qué el corazón me hace pensar en tales cosas?
Cuando, oponiéndose a la
divinidad, el hombre lucha con un guerrero protegido por algún dios,
pronto le
sobreviene grave daño. Así, pues, ninguno de Los dánaos
se irritará conmigo porque me
vean ceder a Héctor, que combate amparado por Las deidades. Pero, si
a mis oídos
llegara la voz de Ayante, valiente en la pelea, volvería aquí
con él y sólo pensaríamos en
luchar, aunque fuese contra un dios, para ver si lográbamos arrastrar
el cadáver y
entregarlo al Pelida Aquiles. Sería esto to mejor para hacer llevaderos
los presentes
males.
106 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón,
llegaron las
huestes de los troyanos, acaudilladas por Héctor. Menelao dejó
el cadáver y retrocedió,
volviéndose de cuando en cuando. Como el melenudo león, a quien
alejan del establo los
canes y los hombres con gritos y venablos, siente que el corazón audaz
se le encoge y
abandona de mala gana el redil; de la misma suerte apartábase de Patroclo
el rubio
Menelao, quien, al juntarse con sus amigos, se detuvo, volvió la cara
a los troyanos y
buscó con los ojos al gran Ayante, hijo de Telamón. Pronto le
distinguió a la izquierda de
la batalla, donde animaba a sus compañeros y les incitaba a pelear, pues
Febo Apolo les
había infundido un gran terror. Corrió a encontrarle; y, poniéndose
a su lado, le dijo estas
palabras:
120 -¡Ayante! Ven, amigo; apresurémonos a combatir por Patroclo
muerto, y quizás
podamos llevar a Aquiles el cadáver desnudo, pues las armas las tiene
Héctor, el de
tremolante casco.
123 Así dijo; y conmovió el corazón del aguerrido Ayante,
que atravesó al momento las
primeras filas junto con el rubio Menelao. Héctor había despojado
a Patroclo de las mag-
níficas armas y se lo llevaba arrastrando, para separarle con el agudo
bronce la cabeza de
los hombros y entregar el cadáver a los perros de Troya. Pero acercósele
Ayante con su
escudo como una torre; y Héctor, retrocediendo, llegó al grupo
de sus amigos, saltó al
carro y entregó las magníficas armas a los troyanos para que las
llevaran a la ciudad,
donde habían de causarle inmensa gloria. Ayante cubrió con su
gran escudo al Menecíada
y se mantuvo firme. Como el león anda en torno de sus cachorros cuando
llevándolos por
el bosque le salen al encuentro los cazadores, y, haciendo gala de su fuerza,
baja los
párpados ocultando sus ojos, de aquel modo corría Ayante alrededor
del héroe Patroclo.
En la parte opuesta hallábase el Atrida Menelao, caro a Ares, en cuyo
pecho el dolor iba
creciendo.
140 Glauco, hijo de Hipóloco, caudillo de los licios, dirigió
entonces la torva faz a
Héctor, y le increpó con estas palabras:
142 -¡Héctor, el de más hermosa figura, muy falto estás
del valor que la guerra
demanda! Inmerecida es tu buena fama, cuando solamente sabes huir. Piensa cómo
en
adelante defenderás la ciudad y sus habitantes, solo y sin más
auxilio que los hombres
nacidos en Ilio. Ninguno de los licios ha de pelear ya con los dánaos
en favor de la
ciudad, puesto que para nada se agradece el combatir siempre y sin descanso
