Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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de
molestarlas, las irritan y consiguen con su imprudencia que dañen a buen número de per-
sonas, pues, si algún caminante pasa por a11í y sin querer las mueve, vuelan y defienden
con ánimo valeroso a sus hijuelos; con un corazón y ánimo semejantes, se esparcieron los
mirmidones desde las naves, y levantóse una gritería inmensa. Y Patroclo exhortaba a sus
compañeros, diciendo con voz recia:
269 -¡Mirmidones compañeros del Pelida Aquiles! Sed hombres, amigos, y mostrad
vuestro impetuoso valor para que honremos al Pelida, que es el más valiente de cuantos
argivos hay en las naves, como to son también sus guerreros, que de cerca combaten; y
conozca el poderoso Atrida Agamenón la falta que cometió no honrando al mejor de los
aqueos.
273 Con estas palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Los mirmidones cayeron
apiñados sobre los troyanos y en las naves resonaron de un modo horrible los gritos de
los aqueos.
278 Cuando los troyanos vieron al esforzado hijo de Menecio y a su escudero, ambos
con lucientes armaduras, a todos se les conturbó el ánimo y sus falanges se agitaron.
Figurábanse que, junto a las naves, el Pelida, ligero de pies, había renunciado a su cólera
y había preferido volver a la amistad. Y cada uno miraba adónde podría huir para librarse
de una muerte terrible. 284 Patroclo fue el primero que tiró la reluciente lanza en medio de la pelea, a11í donde
más hombres se agitaban en confuso montón, junto a la nave del magnánimo Protesilao; e
hirió a Pirecmes, que había conducido desde Amidón, sita en la ribera del Axio de ancha
corriente, a los peonios, que combatían en carros: la lanza se clavó en el hombro derecho;
el guerrero, dando un gemido, cayó de espaldas en el polvo, y los peonios compañeros
suyos huyeron, porque Patroclo les infundió pavor ál matar a su jefe, que tanto sobresalía
en el combate. De este modo Patroclo los echó de los bajeles y apagó el ardiente fuego.
La nave quedó allí medio quemada, los troyanos huyeron con gran alboroto, los dánaos se
dispersaron por las cóncavas naves, y se produjo un gran tumulto. Como cuando Zeus
fulminador quita una espesa nube de la elevada cumbre de una gran montaña y aparecen
todos los promontorios y las cimas y valles, porque en el cielo se ha abierto la vasta
región etérea; así los dánaos respiraron un poco después de librar a las naves del fuego
destructor; pero no por eso hubo tregua en el combate. Pues los troyanos no huían a
carrera abierta desde las negras naves, perseguidos por los belicosos aqueos; sino que aún
resistían, y sólo cediendo a la necesidad se retiraban de las naves.
306 Entonces, ya extendida la batalla, cada jefe mató a un hombre. El esforzado hijo de
Menecio, el primero, hirió con la aguda lanza a Areílico, que había vuelto la espalda para
huir: el bronce atravesó el muslo y rompió el hueso, y el troyano dio de ojos en el suelo.
El belicoso Menelao hirió a Toante en el pecho, donde éste quedaba sin defensa al lado
del escudo, y dejó sin vigor sus miembros. El Filida, observando que Anficlo iba a
acometerlo, se le adelantó y logró envasarle la pica en la parte superior de la pierna,
donde más grueso es el músculo: la punta desgarró los nervios, y la obscuridad cubrió los
ojos del guerrero. De los Nestóridas, Antíloco traspasó con la broncínea lanza a Atimnio,
clavándosela en el ijar, y el troyano cayó a sus pies; el hermano de Atimnio, Maris,
irritado por tal muerte, se puso delante del cadáver y arremetió con la lanza a Antíloco; y
entonces el otro Nestórida, Trasimedes, igual a un dios, le previno y antes que Maris pu-
diera herir a Antíloco le acertó él en la espalda: la punta desgarró el tendón de la parte
superior del brazo y rompió el hueso; el guerrero cayó con estrépito, y la obscuridad
cubrió sus ojos. De tal suerte, estos dos esforzados compañeros de Sarpedón, hábiles
tiradores, a hijos de Amisodaro, el que alimentó a la indomable Quimera, causa de males
para muchos hombres, fueron vencidos por los dos hermanos y descendieron al Érebo.-
Ayante Oilíada acometió y cogió vivo a Cleobulo, atropellado por la turba, y le quitó la
vida, hiriéndole en el cuello con la espada provista de empuñadura: la hoja entera se
calentó con la sangre, y la purpúrea muerte y la parca cruel velaron


 

 
 

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