que lleva
arco de oro y ama el bullicio de la caza; el benéfico Hermes subió
en seguida al aposento
de la joven, uniéronse clandestinamente y ella le dio un hijo ilustre,
Eudoro, ligero en el
correr y belicoso. Cuando Ilitía, que preside los partos, sacó
a luz al infante y éste vio los
rayos del sol, el fuerte Equecles Actórida la tomó por esposa,
constituyéndole una gran
dote, y el anciano Filante crió y educó al niño con tanto
amor como si hubiera sido hijo
suyo.- Estaba al frente de la tercera división el belicoso Pisandro Memálida,
que, después
del compañero del Pelión, era entre todos los mirmidones quien
descollaba más en com-
batir con la lanza.- La cuarta línea estaba a las órdenes de Fénix,
aguijador de caballos; y
la quinta tenía por jefe al eximio Alcimedonte, hijo de Laerces. Cuando
Aquiles los hubo
puesto a todos en orden de batalla con sus respectivos capitanes, les dijo con
voz pujante:
200 -¡Mirmidones! Ninguno de vosotros olvide las amenazas que en las veleras
naves
dirigíais a los troyanos mientras duró mi cólera, ni las
acusaciones con que todos me
acriminabais: «¡Inflexible hijo de Peleo! Sin duda tu madre te nutrió
con hiel.
¡Despiadado, pues retienes a tus compañeros en las naves contra
su voluntad!
Embarquémonos en las naves surcadoras del ponto y volvamos a la patria,
ya que la
cólera funesta anidó de tal suerte en to corazón.»
Así acostumbrabais hablarme cuando os
reuníais. Pues a la vista tenéis la gran empresa del combate que
tanto habéis anhelado. Y
ahora cada uno pelee con valeroso corazón contra los troyanos.
210 Así diciendo, les excitó a todos el valor y la fuerza; y ellos,
al oír a su rey, cerraron
más las filas. Como el obrero junta grandes piedras al construir la pared
de una elevada
casa, para que resista el ímpetu de los vientos, así, tan unidos,
estaban los cascos y los
abollonados escudos: la rodela se apoyaba en la rodela, el yelmo en el yelmo,
cada
hombre en su vecino, y los penachos de crines de caballo y los lucientes conos
de los
cascos se juntaban cuando alguien inclinaba la cabeza. ¡Tan apretadas
eran las filas! De-
lante de todos se pusieron dos hombres armados, Patroclo y Automedonte; los
cuales
tenían igual ánimo y deseaban combatir al frente de los mirmidones.
Aquiles entró en su
tienda y alzó la tapa de un arca hermosa y labrada que Tetis, la de argentados
pies, había
puesto en la nave del héroe después de llenarla de túnicas
y mantos, que le abrigasen
contra el viento, y de afelpados cobertores. A11í tenía una copa
de primorosa labor que
no usaba nadie para beber el negro vino ni para ofrecer libaciones a otro dios
que al padre
Zeus. Sacóla del arca, y, purificándola primero con azufre, la
limpió con agua cristalina;
acto continuo lavóse las manos, llenó la copa, y, puesto en medio
del recinto con los ojos
levantados al cielo, libó el negro vino y oró a Zeus, que se complace
en lanzar rayos, sin
que al dios le pasara inadvertido:
233 -¡Zeus soberano, Dodoneo, Pelásgico, que vives lejos y reinas
en Dodona, de frío
invierno, donde moran los selos, tus intérpretes, que no se lavan los
pies y duermen en el
suelo! Escuchaste mis palabras cuando to invoqué, y para honrarme oprimiste
duramente
al pueblo aqueo. Pues también ahora cúmpleme este voto: Yo me
quedo donde están reu-
nidas las naves y mando al combate a mi compañero con muchos mirmidones:
haz que le
siga la victoria, largovidente Zeus, a infúndele valor en el corazón
para que Héctor vea si
mi escudero sabe pelear solo, o si sus manos invictas únicamente se mueven
con furia
cuando va conmigo a la contienda de Ares. Y cuando haya apartado de los bajeles
la
gritería y la pelea, vuelva incólume con todas las armas y con
los compañeros que de
cerca combaten.
249 Así dijo rogando. El próvido Zeus le oyó; y de las
dos cosas el padre le otorgó una:
concedióle que apartase de las naves el combate y la pelea, y nególe
que volviera ileso de
la batalla. Hecha la libación y la rogativa al padre Zeus, entró
Aquiles en la tienda, dejó la
copa en el arca y apareció otra vez delante de la tienda, porque deseaba
en su corazón
presenciar la terrible lucha de troyanos y aqueos.
257 Los mirmidones seguían con armas y en buen orden al magnánimo
Patroclo, hasta
que alcanzaron a los troyanos y les arremetieron con grandes bríos, esparciéndose
como
las avispas que moran en el camino, cuando los muchachos, siguiendo su costumbre
