el versátil escudo, pero
no lograban hacerle mover de su sitio por más tiros que le enderezaban.
Ayante estaba
abrumado por continuo y fatigoso jadeo, abundance sudor manaba de todos sus
miembros
y apenas podía respirar: por todas partes a una desgracia sucedía
otra.
112 Decidme, Musas, que poseéis olímpicos palacios, cómo
por vez primera cayó el
fuego en las naves aqueas.
114 Héctor, que se hallaba cerca de Ayante, le dio con la gran espada
un golpe en la
pica de fresno y se la quebró por la juntura del asta con el hierro.
Quiso Ayante blandir la
truncada pica, y la broncínea punta cayó a to lejos con gran ruido.
Entonces el eximio
Ayante reconoció en su espíritu irreprensible la intervención
de los dioses, estremecióse
porque Zeus altitonante les frustraba todos los medios de combate y quería
dar la victoria
a los troyanos, y se puso fuera del alcance de los tiros. Los troyanos arrojaron
voraz
fuego a la velera nave, y pronto se extendió por la misma una llama inextinguible.
Así
que el fuego rodeó la popa, Aquiles, golpeándose el muslo, dijo
a Patroclo:
126 -¡Sus, Patroclo, del linaje de Zeus, hábil jinete! Ya veo en
las naves la impetuosa
llama del fuego destructor: no sea que se apoderen de ellas, y ni medios para
huir ten-
gamos. Apresúrate a vestir las armas, y yo entre tanto reuniré
la gente.
130 Así dijo, y Patroclo vistió la armadura de luciente bronce:
púsose en las piernas
elegantes grebas, ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con
la coraza labrada,
refulgente, del Eácida, de pies ligeros; colgó al hombro una espada
de bronce, guarnecida
de argénteos clavos; embrazó el grande y fuerte escudo; cubrió
la fuerte cabeza con un
hermoso casco, cuyo penacho, de crines de caballo, ondeaba terriblemente en
la cimera, y
asió dos lanzas fuertes que su mano pudiera blandir. Solamente dejó
la lanza pesada,
grande y fornida del eximio Eácida, porque Aquiles era el único
aqueo capaz de
manejarla: había sido cortada de un fresno de la cumbre del Pelio y
regalada por Quirón
al padre de Aquiles, para que con ella matara héroes. Luego, Patroclo
mandó a
Automedonte -el amigo a quien más honraba después de Aquiles,
destructor de hombres.
y el más fiel en resistir a su lado la acometida del enemigo en las batallas-
que
enganchara en seguida los caballos. Automedonte unció debajo del yugo
a Janto y Balio,
corceles ligeros que volaban como el viento y tenían por madre a la harpía
Podarga, la
cual, paciendo en una pradera junto a la corriente del Océano, los concibió
del Céfiro. Y
con ellos puso al excelente Pédaso, que Aquiles se llevó de la
ciudad de Eetión cuando la
tomó; corcel que, no obstante su condición de mortal, seguía
a los caballos inmortales.
155 Aquiles, recorriendo las tiendas, hacía tomar las armas a todos los
mirmidones.
Como carniceros lobos dotados de una fuerza inmensa despedazan en el monte un
grande
cornígero ciervo que han matado y sus mandíbulas aparecen rojas
de sangre, luego van en
tropel a lamer con las tenues lenguas el agua de un profundo manantial, eructando
por la
sangre que han bebido, y su vientre se dilata, pero el ánimo permanece
intrépido en el
pecho, de igual manera los jefes y príncipes de los mirmidones se reunían
presurosos
alrededor del valiente servidor del Eácida, de pies ligeros. Y en medio
de todos el
belicoso Aquiles animaba así a los que combatían en carros, como
a los peones armados
de escudos.
168 Cincuenta fueron las veleras naves en que Aquiles, caro a Zeus, condujo
a Ilio sus
tropas; en cada una embarcáronse cincuenta hombres; y el héroe
nombró cinco jefes para
que los rigieran, reservándose el mando supremo. Del primer cuerpo era
caudillo
Menestio, el de labrada coraza, hijo del río Esperqueo, que las celestiales
lluvias
alimentan: habíale dado a luz la bella Polidora, hija de Peleo, que siendo
mujer se acostó
con una deidad, con el infatigable Esperqueo; aunque se creyera que to había
tenido de
Boro, hijo de Perieres, el cual se desposó públicamente con ella
y le constituyó una gran
dote.- Mandaba la segunda sección el belicoso Eudoro, nacido de una soltera,
de la
hermosa Polimela, hija de Filante; de la cual enamoróse el poderoso Argicida
al verla con
sus ojos entre las que danzaban al son del canto en un coro de Artemis, la diosa
