poderoso
Diomedes Tidida; con la pica Ulises, famoso por su lanza, y Agamenón;
a Eurípilo
flecháronle en el muslo-, y los médicos, que conocen muchas drogas,
ocúpanse en
curarles las heridas. Tú, Aquiles, eres implacable. jamás se apodere
de mí rencor como el
que guardas! ¡Oh tú, que tan mal empleas el valor! ¿A quién
podrás ser útil más tarde, si
ahora no salvas a los argivos de muerte indigna? ¡Despiadado! No fue tu
padre el jinete
Peleo, ni Tetis tu madre; el glauco mar o las escarpadas rocas debieron de engendrarte,
porque tu espíritu es cruel. Si te abstienes de combatir por algún
vaticinio que tu
veneranda madre, enterada por Zeus, te haya revelado, envíame a mí
con los demás
mirmidones, por si llego a ser la aurora de la salvación de los dánaos;
y permite que cubra
mis hombros con tu armadura para que los troyanos me confundan contigo y cesen
de
pelear, los belicosos dánaos que tan abatidos están se reanimen
y la batalla tenga su
tregua, aunque sea por breve tiempo. Nosotros, que no nos hallamos extenuados
de
fatiga, rechazaríamos fácilmente de las naves y de las tiendas
hacia la ciudad a esos
hombres que de pelear están cansados.
46 Así le suplicó el muy insensato; y con ello llamaba a la terrible
muerte y a la parca.
Aquiles, el de los pies ligeros, le contestó muy indignado:
49-¡Ay de mí, Patroclo, del linaje de Zeus, qué dijiste!
No me abstengo por ningún
vaticinio que sepa y tampoco la veneranda madre me dijo nada de parte de Zeus,
sino que
se me oprime el corazón y el alma cuando un hombre, porque tiene más
poder, quiere
privar a su igual de lo que le corresponde y le quita la recompensa. Tal es
el gran pesar
que tengo, a causa de las contrariedades que mi ánimo ha padecido. La
joven que los
aqueos me adjudicaron como recompensa y que había conquistado con mi
lanza, al tomar
una bien murada ciudad, el rey Agamenón Atrida me la quitó como
si yo fuera un
miserable advenedizo. Mas dejemos lo pasado, no es posible guardar siempre la
tra en el
corazón, aunque había resuelto no deponer la cólera hasta
que la gritería y el combate
llegaran a mis bajeles. Cubre tus hombros con mi magnífica armadura,
ponte al frente de
los belicosos mirmidones y llévalos a la pelea; pues negra nube de troyanos
cerca ya las
naves con gran ímpetu, y los argivos, acorralados en la orilla del mar,
sólo disponen de
un corto espacio. Toda la ciudad de los troyanos ha comparecido confiadamente,
porque
no ven mi reluciente casco. Pronto huirían llenando de muertos los fosos,
si el rey
Agamenón fuera justo conmigo; mientras que ahora combaten alrededor de
nuestro
ejército. Ya la mano de Diomedes Tidida no blande furiosamente la lanza
para librar a los
dánaos de la muerte, ni he oído un solo grito que viniera de la
odiosa cabeza del Atrida:
sólo resuena la voz de Héctor, matador de hombres, animando a
los troyanos, que con
voceno ocupan toda la llanura y vencen en la batalla a los aqueos. Pero tú,
Patroclo,
échate impetuosamente sobre ellos y aparta de las naves esa peste; no
sea que, pegando
ardiente fuego a los bajeles, nos priven de la deseada vuelta. Haz cuanto te
voy a decir,
para que me procures mucha honra y gloria ante todos los dánaos, y éstos
me devuelvan
la muy hermosa joven y me hagan además espléndidos regalos. Tan
luego como los
alejes de las naves, vuelve atrás; y, aunque el tonante esposo de Hera
te dé gloria, no
quieras luchar sin mí contra los belicosos troyanos, pues contribuirías
a mi deshonra. Y
tampoco, estimulado por el combate y la pelea, te encamines, matando enemigos,
a Ilio;
no sea que alguno de los sempiternos dioses baje del Olimpo, pues a los troyanos
los
quiere mucho Apolo, el que hiere de lejos. Retrocede tan pronto como hayas hecho
brillar
la luz de la salvación en las naves, y deja que se siga peleando en la
llanura. Ojalá, ¡padre
Zeus, Atenea, Apolo!, ninguno de los troyanos ni de los argivos escape de la
muerte, y
nos libremos de ella nosotros dos, para que podamos derribar las almenas sagradas
de
Troya.
101 Así éstos conversaban. Ayante ya no resistía: vencíanle
el poder de Zeus y los
animosos troyanos que le arrojaban dardos; su refulgence casco resonaba de un
modo
horrible en torno de las sienes, golpeado continuamente en las hermosas abolladuras;
y el
héroe tenía cansado el hombro derecho de sostener con firmeza
